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El valor de Silvia

30/12/2013 07:44 CET | Actualizado 28/02/2014 11:12 CET

El sábado 2 de abril de 2011 concluía el Festival de Cine de Málaga pero yo no me quedé hasta el final. A primera hora de la tarde, cogí el tren a Zaragoza. En Málaga había estado con gente muy querida. Por ejemplo, con Silvia Abascal, a la que yo mismo, que colaboro con el festival, había invitado para que formara parte del jurado. Silvia sí se quedó a la clausura. Esa tarde de sábado, en la sala de maquillaje del hotel AC, mientras se preparaba para la gala, Silvia, de repente, sintió un dolor brutal que le cruzaba la cabeza. Una ambulancia la llevó al hospital Carlos Haya de Málaga y la ingresaron en la UCI. El diagnóstico no era bueno: un derrame cerebral derivado de una malformación vascular congénita. Después de unos días en el Carlos Haya, Silvia fue trasladada al hospital Gregorio Marañón de Madrid. Allí, durante ocho horas, le practicaron una cirugía cerebral abierta, la mejor opción para impedir que el derrame se repitiera. La operación salió bien pero las secuelas le iban a exigir un largo y duro proceso de rehabilitación. Entre otras torturas, Silvia veía doble, había perdido audición y equilibrio corporal y padecía acúfenos, es decir, sentía todo el rato en su cabeza ruidos muy intensos que, en realidad, no existían a su alrededor. Como para volverse loca. Sin embargo, Silvia nunca perdió la calma ni siquiera el humor. En un momento dado, incluso, me llegó a responsabilizar de lo ocurrido: "De esto tiene la culpa Luis, por hacerme ver tantas películas".

A Silvia la conocí hacia 1995, alrededor de María Adánez, Verónica Forqué y Manolo Iborra, en la época de la serie Pepa y Pepe. Silvia tenía unos 16 años y había debutado en 1993 como la niña poseída del Un, dos, tres. Silvia era un amor de chica a la que, si cerrabas los ojos y la escuchabas hablar, le echabas diez años más de los que tenía. Silvia brilló luego en películas como El tiempo de la felicidad, La voz de su amo, A mi madre le gustan las mujeres o Vida y color, una película producida por nuestro Gaizka Urresti. Fue candidata al Goya en tres ocasiones y, por La dama boba, ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga, precisamente. A Silvia también le encantaba el teatro. Hace once años interpretó La gaviota en el Teatro Principal de Zaragoza y en 2009 volvió con Días de vino y rosas y Carmelo Gómez. En enero de 2003, cuando vino con La gaviota, comió en casa de mis padres el día de Reyes y me regaló un disco de Concha Piquer.

Ese 2003 fue nombrada embajadora de Unicef. Silvia se ha implicado en múltiples causas relacionadas con la violencia de género, Palestina, el Sáhara, los niños, el cáncer o el síndrome de Down. Su padre murió de cáncer cuando ella tenía 12 años y Natalia, su hermana mayor, es Down. Las dos cosas le empujaron a madurar de forma acelerada. Silvia era inteligente, hipersensible y generosa y había aprendido a plantarle cara a la vida cuando ésta se mostraba airada y cruel. La enfermedad y la muerte de su padre le descubrieron demasiado pronto lo peor de la vida y la discapacidad de Natalia hizo que se convirtiera en hermana mayor de su hermana mayor. En Vida y color Silvia compartió reparto con Natalia -que interpretaba a una chica Down víctima de un abuso-, y eso hizo de la película algo muy particular. Silvia no paraba de aprender cosas de su hermana. Natalia no conocía la vanidad, ni los complejos, ni el deseo obsesivo de gustar, ni los malos sentimientos. Natalia no tenía agendas ni compromisos. Natalia era la pureza, la inocencia, el afecto y la alegría en estado puro.

En abril de 2011 Silvia acababa de cumplir 32 años y vivía un momento espléndido, desde cualquier punto de vista. Y, entonces, exactamente como en una pesadilla, sufrió el derrame cerebral que le atacó a ella y nos dejó temblando a todos los demás. Era muy desconcertante que ese tipo de enfermedad se hubiera ensañado con una mujer tan joven y saludable como Silvia. Nos resistíamos a admitir que la adorable, luminosa y bellísima Silvia había traspasado súbitamente la raya y se había colocado en ese lado en el que la vida parece tan fea. El proceso de recuperación se presentaba muy lento, muy pesado y lleno de zozobra: no estaba claro que Silvia pudiera volver a trabajar como actriz. En todo caso Silvia, de entrada, tendría que aparcar muchas ilusiones.

Silvia insinuaba a menudo que la vida idiota que solemos llevar no nos deja tiempo para detenernos a pensar un poco más. A Silvia le gustaba pensar y escribir sus reflexiones sobre la vida, el amor, el sexo, el arte, la religión o la muerte. Pero le daba pudor enseñar sus escritos. Ahora, qué cosas, iba a tener mucho tiempo por delante para darle vueltas a la cabeza y para escribir todo lo que le viniera en gana. Seis meses después del ictus, Silvia comenzó a recrear por escrito lo que había vivido, sentido y pensado desde aquel sábado de abril. Ese fue el origen de Todo un viaje, una de las grandes sorpresas editoriales del 2013. En ese libro Silvia realiza una reconstrucción minuciosa de sus minutos de dolor y terapia pero eso casi es lo de menos. La grandeza del libro radica en su tono y en cómo Silvia nos hace cómplices de su mirada tan limpia sobre la vida y los seres humanos. Silvia desliza una incomodidad inesperada para una experta en volcarse con los demás: ella no estaba habituada a necesitar que los demás -su "manada", los llama Silvia- se volcaran con ella. Todo un viaje encierra estupendos destellos puramente literarios y, a ratos, golpes de humor: "Creo que (en el hospital) nos ponen esos camisones con el culo al descubierto para que no nos escapemos a ninguna parte". El libro descubre otras maravillas de Silvia: el coraje, la claridad mental, la fortaleza emocional, la incapacidad para arrojar la toalla, la impactante tendencia a ponerse en el lugar de los demás y detectar las luces de cada uno, la escasa inclinación al lamento, el poder de salir mejorada de las situaciones más duras, la rabiosa celebración del presente, la pasión esencial por la vida o ese fantástico don que le hace saber querer como casi nadie.

En Todo un viaje Silvia relata su primera aparición pública después de Málaga, cuando, en compañía de Miguel Ángel Silvestre, entregó el primer Goya en la ceremonia de febrero de 2012. Pero lo que el libro no ha podido recoger son las últimas alegrías: aun con mesura, Silvia ha vuelto al trabajo, como protagonista de un anuncio, y esa es una gran noticia. Para mí, el 2013 ha sido de terror. He perdido y he visto sufrir a demasiada gente cercana. Pero Silvia se encuentra mucho mejor y estas son unas palabras que adoro escribir al final de este año odioso. Feliz 2014, Silvia, querida.

Este artículo se publicó originalmente en 'Heraldo de Aragón'.