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Javier T.

04/11/2012 10:05 CET | Actualizado 03/01/2013 11:12 CET

Lunes 22 de octubre. Javier Tomeo presenta en el Teatro Principal de Zaragoza "Cuentos completos", un volumen de cerca de 900 páginas. Le acompañan Juan Casamayor -editor de Páginas de Espuma- y Daniel Gascón, encargado de la edición y autor de un prólogo excelente. En 2012 Tomeo ha cumplido 80 años, 49 más que Daniel. Muchos de sus relatos son pinturas en tono de fábula del lado más retorcido -y esencial- de la condición humana. Tomeo insinúa que él siempre ha escrito sobre la dificultad de ser feliz.

Javier Tomeo es único. Como escritor y, sobre todo, como ser humano. Tomeo es increíble, en el sentido literal del término: si no lo ves, no lo crees. Su gran literatura se hunde de lleno en el mundo del absurdo, en el humor surrealista y esperpéntico y en el retrato del poderío de los instintos cuando nada los detiene. Pero el Javier de cada día aún va mucho más allá.

Una tarde de 1998 viví con él algo asombroso. Javier pasaba unos días en mi piso de Conde de Aranda. En esa época nuestros temas de conversación favoritos eran las mujeres y el Real Zaragoza, por ese orden. Él es muy forofo del Zaragoza pero asegura que no ve sus partidos en directo porque ha comprobado que es gafe: si él lo está viendo, el Zaragoza pierde. Javier sostiene que el Zaragoza ganó la Recopa de 1995 porque él se metió en un cine durante el encuentro. Al salir escuchó los gritos de la gente: Nayim había marcado el gol milagroso en el último suspiro de la prórroga. Javier saltaba de alegría mientras veía la repetición del gol.

Esa tarde de 1998, me dijo: "Luisito, estoy triste. Ponme en el vídeo el gol de Nayim a ver si me animo". Así lo hice. Nos sentamos en el sofá y avancé el vídeo hasta que solo faltaban unos minutos para el gol. A medida que se acercaba el gran momento, Javier se iba excitando y animaba a los jugadores. En el minuto 113 del partido escuchamos a José Ángel de la Casa, el locutor, decir: "Cambio en el Zaragoza. Se va Nayim". Javier y yo nos miramos, perplejos. Por una décima de segundo me sentí un personaje de sus cuentos. Sin embargo, Javier, furioso, se levantó y comenzó a increpar a Nayim mientras se dirigía a la banda: "¡¡¡ Pero chico, no te vayas, que vas a marcar un gol!!!". Comprendí que Javier lo decía muy en serio y que él había dejado de encontrar nada extraño en el asunto. De inmediato, el locutor aclaró que el encargado de enseñar el dorsal se había equivocado y que, en realidad, quien tenía que ser sustituido era García Sanjuán. Javier se relajó y regresó al sofá. El partido en el vídeo siguió su curso y Javier volvió a animar al Zaragoza. Cuando Nayim marcó, nos abrazamos, eufóricos. Y Javier soltó esto: "Si no es por mí, este tío no mete el gol". Esta es una de esas historias de Tomeo que solo me creo porque yo estaba allí.

Otro día quiso ver en el vídeo Él, una película de Buñuel que él adoraba. Era un espectáculo verla con él: hacía observaciones inauditas sobre cada plano, cada diálogo. Pero, hacia mitad de la película, se vuelve hacia mí y dice: "Pero bueno, ¡este Buñuel es un canalla!". "¿Pero qué me dices, Javier?", le dije. "¡Buñuel me ha plagiado, esa escena la cuento en un relato!". Entonces, le dije: "Eso es imposible. Esta película es de 1952 y tú no publicaste hasta los años 60". Pero Javier insistió: "¡¡Me da igual, Buñuel me ha plagiado!!".

Soy uno de los muchos que podrían contar y no acabar sobre él. Cada uno tenemos nuestro Tomeo. Si alguna vez se publica un libro que recoja todas esas pequeñas historias, habrá que advertir que ese libro no pertenece al género delirante sino al puro documental.

Quizá se lo impida su sentido del pudor, pero si Javier fuera capaz de escaparse de sí mismo, observarse y recrear su vida cotidiana, con todos sus detalles y destellos, le saldría una obra maestra. Él sería su mejor relato. Se podría titular Javier T. , a la manera de Kafka.

Javier es muy inverosímil y muy de verdad. Esa es la gracia: Tomeo es una fusión explosiva de contrarios. No es un rato una cosa y en otro momento otra muy alejada, como lo somos la mayoría. Es las dos cosas a la vez, del mismo modo que el gallitigre -uno de sus personajes- es gallo y tigre en uno solo. Javier es, a la vez, brusco y delicado, instintivo y reflexivo, cándido y desconfiado, tímido y osado, serio y divertido, misántropo y sociable, raro y clásico, correcto e incorrecto, fino y patoso, maduro e inmaduro, impulsivo y sosegado, sencillo y complejo, enigmático y transparente, optimista y cenizo, excéntrico y convencional, dulce y gruñón, romántico y pragmático, secreto y luminoso, iluso y descreído, primario y sofisticado, despistado y atento, previsible y chocante, olvidadizo y memorioso, obtuso y lúcido, desinteresado y culto, conmovedor y brutal, terco y terco, sí y no, brisa, tsunami y cierzo. Javier se deja llevar, se abandona, y, al tiempo, se contiene, se reprime. Sabe todo de lo que no sabe nadie y no sabe nada de lo que saben todos.

Mi hermano Salva, en la entrevista que le hizo Antón Castro en Heraldo, leyó que Tomeo había cumplido los 80. "No puede ser", dijo. Su edad tampoco parece verosímil. Es ese niño cascarrabias y genial que lleva dentro lo que tal vez nos confunde.

Desde aquellos años en los que se alojaba en casa, mi familia le guarda un cariño enorme. Mi madre hace años que no le ve. Pero ella, que suele retener de la gente gestos insólitos, se refirió a él ayer como "ese amigo tuyo tan simpático que una vez, como no acertaba a apagar el despertador, le quitó las pilas para que dejara de sonar".

El otro día Javier, en un bar, con los amigos, improvisó esta frase que a lo mejor nunca se ha escrito: "Esa mujer tiene tristeza de madre de torero". La apunté en una servilleta. Con Javier siempre hay que tener a mano un boli y un trozo de papel. Él no recuerda sus genialidades. Él se olvida a menudo de que es Javier Tomeo.

Este artículo ha sido publicado originalmente en el diario El Heraldo de Aragón.

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