Luis Alegre

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Pep

Publicado: 25/07/2012 10:12

El otro día, en Barcelona, seis amigos le dedicamos una cena de despedida a Pep Guardiola y a su mujer Cristina Serra. Al día siguiente, se marchaban de vacaciones. Luego, tienen planes: vivir una temporada con sus tres hijos en Nueva York, una ciudad perfecta para cambiar radicalmente de aires, aprender inglés y tratar de pasar inadvertido.

Dentro de, pongamos, cien años, la figura de Pep Guardiola continuará ocupando un lugar único en la historia del fútbol. Como futbolista ya fue un símbolo y una leyenda. Pero como entrenador ha rebasado todos los límites hasta ahora conocidos. La cosa se resume en unos datos realmente impactantes- 14 títulos en cuatro años- pero su calado es aún mucho más hondo. Pep también ha pasado a la historia por deslizar un estilo personal arrebatador y una manera de entender el fútbol que ha encandilado al mundo.

El lunes 3 de marzo de 2008 Pep Guardiola vino a la librería Los portadores de sueños de Zaragoza a presentar conmigo y con Daniel Gascón Saber perder, la novela de David Trueba. La librería registró esa tarde una buena entrada, pero sin agobios. Si hoy Pep viniera a presentar un libro a Zaragoza solo cabríamos, sin agobios, en la Romareda.

El día que vino a la librería de Eva Cosculluela y Félix González, Pep era el técnico del Barça B. Su aspiración era entonces entrenar a un Primera, un paso que él creía necesario para llegar al primer equipo del Barça. Después de comer en Casa Hermógenes fuimos a Radio Zaragoza, al programa de Miguel Mena. Allí Juan Carlos Yubero, el jefe de deportes, nos contó lo que acababa de suceder: Irureta, el entrenador del Zaragoza, había arrojado la toalla. Entonces, Pep, totalmente en serio, dijo: "Ojalá me llamaran a mí". Un par de meses después se anunció que Pep Guardiola iba a ser el entrenador del Barça.

La ilusión de entrenar al Barça había acompañado a Pep desde el día en que, muy jovencito, decidió que, cuando se retirara, él iba a ser entrenador. Pep, a los 19 años, al debutar en el Barça, ya había sentido el cosquilleo de cumplir un sueño de infancia. Pero nunca calculó que el sueño de ser el entrenador del equipo de su vida lo iba a lograr a esa velocidad. Lo asombroso es que dentro de ese sueño cumplido había otro que encerraba otro, que encerraba otro, que encerraba otro y así casi hasta el infinito. Pep es uno de esos superelegidos que logran quedar por encima de sus mejores sueños.

En 1997 Pep coincidió con Ariadna Gil en un acto homenaje al poeta catalán Marti i Pol. Ariadna se lo presentó a David Trueba. Un día David me llamó y me dijo: "He conocido a Pep Guardiola. Es uno de los nuestros". Nos hicimos amigos de inmediato. Pep tenía 26 años. Sufría entonces una misteriosa lesión que le llevó a tratarse en los sitios más insólitos del mundo. En aquellos meses infames tuvo mucho tiempo para pensar. Hablábamos todas las noches durante horas. Cuando se corrió la voz de nuestra amistad con Pep, los amigos se pusieron en la cola para conocerle. Pep disfrutaba mucho en las cenas con escritores, cómicos o directores de cine. A quienes les hizo especial gracia cenar con Pep fue a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, dos culé fetén, para quienes Pep representaba la quintaesencia del fútbol y el barcelonismo. Fue muy emocionante ver cómo los dos escritores miraban a Pep con los ojos de un niño.

Uno de los escritores a los que Pep más ha tratado es Ignacio Martínez de Pisón. El otro día, en la cena, le dijo: "El día que en la Romareda, después de que ganáramos 1-4, vi a la gente de Zaragoza gritar 'Sí se puede', pensé que os ibais a salvar". Otro escritor al que conoció fue Félix Romeo. Pep fue uno de los primeros que me llamó cuando se nos fue Félix. Y ahora me ha prometido donar a la Biblioteca Félix Romeo que inauguraremos en Lechago algunos de los cientos de libros que le han enviado en estos años.

En su majestuosa carrera Pep se ha encontrado con algunas piedras en el camino. A mediados de los 90 la propia directiva del Barça se encargó de difundir el rumor de que era gay cuando Pep, al sentirse maltratado, amagó con fichar por el Parma. Luego, cuando jugaba en Italia, tuvo que lidiar con una acusación de dopaje. El paso del tiempo y el peso de la verdad desactivaron las dos infamias, que ahora parecen fruslerías. Pero el buen gusto de Pep ha aflorado en los momentos más delicados. En su última etapa de entrenador también ha esquivado algunas maledicencias, ironías y desprecios con elegancia y humor: a veces me llamaba y me decía: "Hola, soy el que mea colonia". Le han buscado las cosquillas pero, francamente, esas pullitas y desaires me han parecido unas chiquilladas al lado de lo que se podía esperar. Pep es el gran tótem de un equipo al que detesta media España y que ha llegado a humillar a su máximo rival, el Real Madrid, al que adora otra media España. Lo más normal es que Pep hubiera sido acribillado. El haber concitado la admiración más o menos secreta de buena parte de los que le tienen manía a su equipo -y, de paso, a Cataluña entera- retrata con precisión su grandeza.

En octubre de 2008 Pep llevaba tres meses como técnico del Barça. Ya entonces, me lo dejó caer: "No creo que esto lo pueda aguantar más de un año". Él no era un entrenador cualquiera del Barça. A la presión propia de una responsabilidad como esa, se añadía otra más sutil pero más asfixiante, la pegada a su mito y a su simbolismo. Un día, al preguntarle cómo estaba, me respondió: "La alegría de las victorias me dura cinco minutos; el disgusto de las derrotas, cinco días". Su obsesiva autoexigencia en estos cuatro años vertiginosos no ha cesado ni un solo instante y, al final, le ha consumido demasiadas energías. "Hasta que no lo deje no podré saborear de verdad las cosas que hemos conseguido", me dijo otro día. Y eso es lo que, desde ahora, podrá hacer Pep, sin agobios, en la ciudad de Woody Allen.


Este artículo ha sido publicado también en el diario El Heraldo de Aragón.

 
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