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Berlín, la capital del hedonismo de Europa

23/04/2017 00:49 CEST | Actualizado 29/04/2017 10:16 CEST

Por Steve Photography - Shutterstock

Brutal, cruda, pulsante, rara, agotadora, flamboyante y adictiva, la vida nocturna en Berlín es capaz de agotar un diccionario entero de adjetivos.

Y es que la capital alemana es probablemente la capital de la fiesta de Europa y, me atrevería a decir, de todo el mundo. En Berlín, la cultura del clubbing es una religión, el techno es evangelio y Dios es un deejay.

Cualquier mortal que visite la ciudad puede preguntarse cómo es que la vida nocturna es tan intensa en prácticamente todos los barrios de Berlín. La transformación de Berlín en la capital universal del techno está intrínsecamente relacionada a la reunificación alemana y a la caída del Muro de Berlín. A medida que el muro se dequebrajaba, también lo hacían todos los patrones previos de comportamiento. Los berlineses aprovechaban su recién ganada libertad, y la escena nocturna se desarrolló de una manera única durante un período de tiempo muy corto. En las fábricas abandonadas, los clubes comenzaron a aparecer como setas y, buscando expresarse, los berlineses encontraron en esos clubes una nueva identidad.

Una metrópolis multicultural de más de tres millones de habitantes, repleta de jóvenes, una legislación de locales de ocio permisiva y una historia reciente plagada de acontecimientos tumultuosos han creado el caldo de cultivo idóneo para la tormenta techno perfecta: noches que se convierten en días enteros de fiesta, deejays de fama mundial y una cantidad y variedad de discotecas para satisfacer todos los gustos.

La escena nocturna de Berlín es única en muchos sentidos, mientras que los clubs de la mayoría de ciudades tienen estrictos códigos de vestimenta que prohíben ciertos atuendos (camisetas sin mangas, zapatillas, jeans, etc), la cultura de clubbing de Berlín favorece los looks menos elaborados. Pero esto no quiere decir que todo vale en la capital alemana: los clubs de Berlín son especialmente famosos por sus restrictivas políticas de acceso.

"Debes llevar mucho negro, no sonreír demasiado y caminar con aire de seguridad, como si ya hubieras estado allí antes", me comenta Albert, un catalán radicado en Berlín desde hace cinco años, en la cola para acceder a Berghain, la discoteca techno más famosa de Berlín. "Hablar algo de alemán ayuda, porque te preguntan cosas en la puerta", prosigue. "Y hagas lo que hagas, no hables muy alto en la cola, y menos en castellano". - "A mí me rebotaron tres veces, a ver si esta vez me dejan entrar", agrega su amiga Míriam.

El proceso de selección en la puerta de Berghain es rápido (a diferencia de las colas para entrar, que pueden ser de horas). El bouncer te mira de arriba abajo. Si no le gustas, te niega con la cabeza, si cumples con sus requisitos, puede que te pregunte (en alemán) cuánta gente viene contigo o que simplemente te deje pasar.

Yo tuve suerte.

Una vez dentro, el sonido de la música es ensordecedor, el bajo y el rebote de los amplificadores parece venir de dentro de mi pecho, como una taquicardia sintética a ritmo de chumba-chumba.

Dicen que Berghain tiene el mejor sistema de sonido del mundo, y yo les creo. Construida en una enorme estación eléctrica abandonada cerca de la estación de trenes de Ostbahnhof, Berghain (cuyo nombre deriva del burdégano de los distritos Kreuzberg y Friedrichshain), Berghain es realmente impresionante. Centrándose en el techno más puro, su pista de baile principal tiene techos de 18 metros de altura con acero negro y paredes de hormigón. Unas escaleras conducen arriba al Panoramabar, donde los llamados Berlin kids bailan absortos en un mar de electro.

Aunque Berghain tiene capacidad para 1.500 personas, da la sensación de ser un pequeño club alternativo, no hay espejos (ni siquiera en los baños), no se permiten fotos, y no hay zona VIP, lo cual significa que si ese día le da por aparecerse a Lady Gaga (y no sería la primera vez), estaría bailando con el populacho como una Berlin kid más.

Esa noche, con Lady Gaga no tuve suerte.


"He venido a conocer a mi amo", confiesa sonriente Anna . "Vive en Atenas y soy su esclava desde hace un año, pero hasta ahora sólo habíamos tenido sesiones por Skype". Las multitudes empiezan a llegar al KitKat Club, un club de techno con temática fetish al sur del distrito de Mitte.

La noche es joven y en las varias salas del gran club se dan cita deejays residentes e invitados. En la puerta, una drag-queen totalmente vestida de cuero y con un tocado con cuernos, al estilo Maléfica, recibe a los asistentes y les facilita perchas para colgar su ropa. No se permiten tejanos, el código es estricto: fetish, cuero, látex o glam. Si no cumples con el dresscode, puedes entrar desnudo.

En pocas horas, el lugar se llena de dominatrix de ajustados corsés, enfermeras, hombres en suspensorios, cadenas y tetas al aire. El ambiente tiene un marcado carácter sexual, pero la mayoría viene aquí a bailar. No hay tabúes, no hay barreras ni represiones y, por supuesto, no se permiten cámaras en su interior. Las inhibiciones en este lugar parecen quedarse en el guardarropa.

Es sábado y el "CarneBall Bizarre" calienta la noche.

A la salida me reencuentro de nuevo con Anna. Conoció finalmente a su amo, las marcas de fusta en sus pechos dan cuenta de ello.


Las noches en Berlín se convierten en días y la ciudad es como un Disneyland hedonista que no tiene techo. Berlín es sin duda una ciudad asombrosa. Sórdida y extraña, pero asombrosa al fin y al cabo.