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Betina la Plante y el espejo del alma

23/02/2014 09:53 CET | Actualizado 24/04/2014 11:12 CEST

Nada hay tan sencillo en apariencia como un retrato. Basta una fuente de luz y un retratado. Convertir este simple proceso en un momento único, sacar a la luz la verdadera personalidad del retratado, ya no depende solo de la luz ni del modelo. Se precisa un sexto sentido, la capacidad de empatizar con el fotografiado para que deje entrever ese secreto, esa personalidad, esa mirada que sólo un momento íntimo puede provocar. El retrato es una búsqueda de la esencia de la personalidad, de los rasgos psicológicos a partir de los físicos.

Betina la Plante (Buenos Aires, Argentina, 1964) tiene su galería cargada de esos tesoros, con una lágrima que duele con solo mirarla, con unos ojos furtivos, con una expresión intensa, enigmática, tierna... Es un desfile de rostros cargados de magnetismo y pasado.

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Betina muestra la capacidad narrativa de la piel, de sus marcas, arrugas y huellas. Con marcados contrastes, esas pieles nos cuentan historias, nos sugieren biografías complejas. Sus fotografías van más allá de la descripción y es fácil imaginar las vidas a partir de un rostro.

Lleva desde los catorce años dejándose seducir por el cuarto oscuro y esas imágenes teñidas de luz roja que emergen de la nada por arte de magia. Como tantos otros, aprende a golpe de prueba y error. En 2009 pasa de la magia del laboratorio a la inmediatez y control del procesado que el digital aporta, aunque intentando mantener los fundamentos aprendidos en el cuarto oscuro.

Y la aparición del digital va asociada a las nuevas redes fotográficas que proliferan en Internet. Flickr no sólo se convierte en su galería particular (misterios de la vida, todavía no ha contado con una exposición propia, más allá de participaciones en exposiciones colectivas), también es el lugar donde puede ver fotos de otros muchos fotógrafos de todo el mundo y entrar en contacto con ellos. La retroalimentación es constante. Su campo de retratos se va ampliando poco a poco. Todo comienza con su entorno, sus hijos, sus amigos. Pero el cerco se va ampliando. Eso sí, antes de una sesión necesita salvar las distancias, conocer a la persona y que la conozcan. De ahí el grado de intimidad y cercanía que desprenden sus retratos.

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Este último es de otro maestro del retrato, el incansable Brett Walker, aquel que aconsejaba en este mismo blog disparar (fotos) hasta que los dedos sangren. No es el único fotógrafo que aparece en su galería, donde se pueden descubrir otros cazadores cazados como Jonè Reed.

También aparecen varios retratos del actor británico Terence Stamp. Tienen la capacidad hipnótica de sus ojos, pero especialmente brillante es aquel en el que se somete a la difícil prueba de aparecer junto a una foto de su juventud. Sale airoso de este comprometido retrato de Dorian Gray y vemos cómo ha ganado en presencia y elegancia, potenciadas por el gusto y la intensidad que Betina aporta a cada foto.

Betina cuenta cómo tuvo el privilegio de conocer y trabajar con Elliott Erwitt como asistente para sus localizaciones y castings. Siguió alguno de sus consejos y aprendió de la observación. No olvida dos de sus máximas: colocar el objeto a fotografiar a 90 grados de la fuente principal de luz y utilizar fondos neutros en los retratos. Y funciona.

También deja entrever su sensibilidad para el glamour, la elegancia y la sofisticación atemporal. Unos tacones y un toque de rojo terciopelo se ha convertido en su icono en las redes. Y es que lo suyo es algo más que una brillante galería de retratos. Aunque no abundan, también es capaz de mostrar bellos paisajes, flores y algún toque de color. No importa la luz, el género, la forma, el motivo o el modelo. Por encima de todo, su mirada intensa y cristalina prevalece.

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Fotografías: © Betina La Plante. Todos los derechos reservados.

Texto: © Luis Mariano González

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