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Orgullo y postureo

04/07/2017 07:23 CEST | Actualizado 04/07/2017 07:23 CEST

EFE

Olor a aceite, cuerpos, torsos y abdominales relucientes al sol, aunque algo más tibio de lo previsto, han inundado las calles de Madrid y el resto del orbe al son de no importa qué irisada canción de potentes bajos y percusiones. Carrozas que reparten confetti cual hostias consagradas, lanzadas y recibidas por los extasiados o indiferentes transeúntes que no quieren perderse el acontecimiento. Éxtasis en su sentido etimológico, es decir, enajenado y fuera de sí, orgía colectiva a la que parece que el común de los mortales ha de sumarse.

En puridad, ¿cuál es el sentido de tamaña fiesta? Conmemorar y honrar los ya archiconocidos sucesos del 28 de junio de 1969 en el mítico Stonewall Inn, en donde la barbarie de lo opuesto a la actual celebración bañó de sangre el suelo que antes fue templo de baile y entrega. Todavía hay quien esgrime la bandera multicolor para, con compungido gesto, seguir exigiendo respeto. Es cierto, hay mucho camino por recorrer, sobre todo en otros países, seamos honestos y no nos duelan prendas. Reconozcamos que en el nuestro estamos donde hacía 12 años (bendito 2005) no pensábamos ni remotamente poder llegar jamás. Pero aquí estamos. Más de una década de aceptación y normalización (el ruido de unos cuantos no ha de molestarnos) en donde sí podemos celebrar con orgullo las rápidas digestiones del pueblo español, tanto para lo bueno como para, en este caso, lo necesario.

La operación bikini pasará a llamarse "operación Orgullo" en menos de un lustro, al tiempo.

La natural mutación de todo fenómeno, donde el tránsito es siempre de lo opuesto a su contrario, ha propiciado que las primeras manifestaciones en loor de marginalidad y en donde el lumpen gay exigía un espacio social más que conseguido, sean hoy en día el mejor escenario para engalanarse y mostrar resultados de gimnasio. La operación bikini pasará a llamarse "operación Orgullo" en menos de un lustro, al tiempo. Recogiendo el hilo de la argumentación, sostenemos que ya no hay motivos para exigir más derechos legales al menos en España (las leyes nos amparan más que de sobra) a pesar de que una pedagogía feroz de respeto, tolerancia y humildad haya de ser impuesta so pena de ostracismo a cuanto lerdo, troglodita o reprimido intente amortiguar la música tecno de las carrozas con sus berridos. A quién le importa... La celebración es identificación con el presente, es ágape y festín en compañía. Es pasar el vaso de plástico de cubalitro (pagano cáliz) para intercambiar saliva por medio de sus pajitas. Es camaradería y alegría. Despreocupación en suma.

No olvidemos que el mayor respeto habría que brindárselo a quienes, desde sus casas o viendo el material compartido en sus redes sociales, dibujan una sonrisa en su cara pensando: "Estoy con vosotros, pero también tengo derecho a vivirlo discretamente. Enhorabuena y que la resaca os sea leve". Todo exceso conlleva autodestrucción, el orgullo también. Benditos aquellos que no tienen necesidad de demostrar lo que son todo el tiempo, y que además no tachan de intolerantes a quienes piensen lo contrario. Del lumpen al lobby hay un paso más estrecho que del orgullo al odio. La peor de las maldiciones sería la de postureo que pretende convertir en norma la pose. Pareciera que cada día hubiera que airear las sábanas manchadas de semen de la noche anterior como parodia de la prueba del pañuelo calé. Los dioses aman lo secreto, dice un proverbio tantra. Silencio.

Como una falla enorme, la fiesta del orgullo h prendido en Madrid. Nada permanece, todo cambia. Durante varios días el confetti seguirá en sus calles, recordando que un poco de humildad le sienta mejor al cuerpo que varias horas de gimnasio. Somos purpurina en el viento.

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