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'Aguacero': novela negra en la España de Franco

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2016-07-19-1468945510-1557215-Capturadepantalla20160719alas18.24.32.jpgAguacero, mi primera novela, es un viaje a la España de los años 50, los años centrales de la dictadura franquista, una España recorrida por el hambre y la pobreza como consecuencia de la guerra, pero que ya comenzaba a mirar al futuro con esperanza.

Muchos periodistas han alabado la precisión histórica de la obra y se han mostrado sorprendidos de que un autor de 26 años haya podido sumergirse de tal modo en una época para él tan lejana. Ante esto, siempre respondo lo mismo: no se trata de una época lejana, ya que la España franquista es, por un lado, la España de mis abuelos, la España de la que llevo escuchando historias en casa desde que era niño; y por otro, la España que habitaron y sobre la que escribieron muchos de los autores a los que admiro y a los que estudié durante mi etapa universitaria, en especial los de la llamada Generación del Medio Siglo: Delibes, Laforet, Cela, Ferlosio, Aldecoa, Goytisolo, etc. La España de hoy, para lo bueno y para lo malo, es una heredera directa de aquella otra España, lejana quizás en algunos aspectos, pero no tanto como nos gustaría en otros muchos.

Pero vamos a lo que importa: ¿de qué trata Aguacero?

Aguacero es una novela negra protagonizada por un inspector de la Policía de Madrid, Ernesto Trevejo, que debe trasladarse a un pequeño pueblo de la sierra madrileña para investigar los asesinatos de cuatro personas, entre ellas dos guardias civiles. El pueblo es un espacio cerrado donde el tiempo parece detenido, donde todos guardan secretos, y donde aún está presente el recuerdo de la cercana Guerra Civil. En ese escenario hostil, bajo una lluvia constante e inclemente, el inspector, guiado por un joven guardia civil de nombre Aparecido, liderará una investigación que pronto se complicará por la implicación de los intereses económicos de una empresa que está construyendo un pantano en la región y por la aparición de nuevos cuerpos.

Aguacero se ambienta en una época gris, de claroscuros, donde tímidamente empiezan a atisbarse ciertos signos de apertura, aunque esa apertura estuviera todavía distante. Del mismo modo, he intentado que la novela conjugara la dureza propia de esos años con cierta luminosidad. La trama avanza rápidamente a través de diálogos cargados de ironía (hecho por el que la crítica me ha comparado con Philip Kerr o Eduardo Mendoza, no soy quién para juzgar si esto es cierto, pero desde luego para mí es motivo de orgullo), y aunque no se omiten temas como las torturas policiales, el machismo, o la represión política, el foco no se pone sobre ellos, sino que está siempre en la aventura del Trevejo y la (inesperada) resolución del caso. Mi intención desde el primer momento fue crear una novela entretenida y accesible para todo tipo de lectores, pero que a la vez estuviera cargada de referencias y dobles lecturas para el lector más exigente; una novela desenfadada en su superficie pero afilada en lo profundo.

Me despido con un fragmento de la novela que creo que refleja significativamente el tono de la obra, y con el deseo que las andanzas de Trevejo y Aparecido sigan haciendo disfrutar tanto a los lectores como yo disfruto escribiéndolas.

--Me recuerda usted un poco a Humphrey Bogart, inspector, solo que un poco más joven, ¿no se lo habían dicho nunca?
--No, nunca. Y la verdad, yo no me veo el parecido.
--Sí que se da un aire --convino el juez--. Pero tiene usted un gesto más ladino. Es usted más castellano, más español
--Bogart también tiene un aire castellano --afirmó el ingeniero--. O por lo menos europeo. ¿No les resulta calcado a Albert Camus?
--¿A quién? --pregunté.
--Es un escritor francés. Aunque me imagino que no lo habrán publicado todavía en España. Yo lo he leído en versión original. Es un existencialista. Quiere decir que está todo el día pensando en qué hacemos en este mundo y qué habrá en el más allá.
--Lo mismo que hacemos todos a diario, sin darnos tanto bombo --dije.
--Sí, supongo que sí. Los españoles sois un pueblo muy dado a la metafísica.
--¿Qué es eso, la metafísica? ¿Algún término de su lengua materna?
--Es usted muy ocurrente, inspector. No, la metafísica es la disciplina que estudia el origen del ser, de dónde venimos, adónde vamos, qué significa morir...
--Morir significa morir, se acabó lo que se daba, finito. Tampoco hay que graduarse en la Sorbona para saber eso.