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Fútbol: el gran tabú que se desquebraja

05/06/2017 07:25 CEST | Actualizado 05/06/2017 07:25 CEST
EFE

Existen muchos tabúes en el mundo periodístico. No es ningún secreto. Hay temas de los que nadie se atreve a hablar o de los que se habla de manera contenida en titulares de páginas interiores sin mayor desarrollo, temas que a menudo solo son tratados extensamente por medios de menor envergadura adscritos abiertamente a una u otra ideología política y que normalmente son considerados «radicales» por el lector medio.

Pero los tabúes cambian según cambian los tiempos. Tampoco esto es ningún secreto. El penúltimo tabú en caer fue el de la monarquía española. Blindada hasta hace pocos años, la imputación de Urdangarín y la pillada del rey ahora emérito en Botsuana derribaron la barrera del silencio en torno a la institución. Una barrera que posiblemente solo fuera mental, psicológica, algo así como un pacto asumido tácitamente por los grandes medios durante la Transición como mal menor para sostener el por entonces precario sistema democrático, y que por pura dejadez se fue alargando hasta casi nuestros días (soy poco partidario de las teorías de la conspiración, y prefiero pensar esto a considerar que pudiera tratarse de algo más serio). Y si bien es cierto que el tabú monárquico aún se resiste a desaparecer, y que su majestad, Felipe VI, así como su esposa e hijas, continúan protegidos por un aura de inviolabilidad impensable en otras figuras públicas, también es cierto que la situación dista mucho de la que había hasta hace poco tiempo. Por ejemplo, ahora los medios comentan las asignaciones a la Casa Real, analizado sus cuentas merced a su inclusión en la Ley de Transparencia, y cada vez son más las personalidades que se expresan públicamente contra el papel del rey como mediador en operaciones económicas en el extranjero, como en el caso de Arabia Saudí.

En estas semanas, sin embargo, el tabú que parece que comienza a desquebrajarse es otro que en España históricamente ha tenido aún más fuerza que el de la monarquía. Me refiero al tabú del fútbol.

El fútbol, como sabemos, ha sido posiblemente el mayor (para algunos el único) verdadero motivo de orgullo nacional de la última década. «¿Soy español, a qué quieres que te gane?» fue la consigna que de los primeros años de la crisis. España se hundía en la miseria al tiempo que se erigía en la potencia futbolística que siempre creímos que merecíamos ser. Y mientras, la Liga, aun encontrándose el país al borde del rescate y por tanto de la bancarrota (si es que no fuimos rescatados, pero eso sería otro debate), conseguía mantener su posición predominante con respecto al resto de ligas europeas no teniendo nada que envidiar, sino más bien al revés, a las ligas de otras economías menos deprimidas. Quizá la liga inglesa tuviera mayor proyección mediática global, pero los dos clubes más exitosos, Real Madrid y Barcelona, y las dos mayores estrellas mundiales, Ronaldo y Messi, estaban (y están todavía) en España, y en ese sentido, en lo deportivo, la Premier siempre ha estado un paso por detrás.

El fútbol como válvula de escape a nuestra penosa situación económica, el fútbol como circo, opio o religión. No solo durante la crisis, claro, pero sobre todo durante la crisis. ¿Cómo meter mano a aquello que nos une, que nos define o incluso redime de nuestros pecados como nación? ¿Cómo denunciar los abusos de un sector que mueve tantas pasiones, tantos millones? ¿Cómo poner en entredicho uno de los pilares de nuestro (herido) sentimiento patrio y de nuestra (aún más herida) economía nacional?

Los nombres de las estrellas siguen coreándose en los estadios, pero cada vez sus chanchullos ocupan más espacio en los medios generalistas

Posiblemente la caída del tabú comenzara con el escándalo de corrupción en la FIFA del año 2015, que terminó con la dimisión de Blatter y con la posterior acusación de la falta de limpieza de la elección de Rusia y Catar como sedes mundialista, que por el momento, según parece, siguen adelante, y también, por supuesto, con la apertura del portal Football Leaks, que destapó decenas de chanchullos económicos de jugadores y directivos de todo el mundo. Antes, en 2013, nos encontramos con la imputación de Messi por sus problemas con hacienda; pero en este año el tabú aún continuaba plenamente vigente en España, y quien no lo crea no tiene más que hojear los titulares de prensa de entonces. Desde la prensa catalana apuntó a una maniobra orquestada por los adversarios deportivos. Lo mismo que ocurrió posteriormente con el caso Neymar, destapado también en 2013 por un socio del propio club azulgrana, y que se vio como un ataque al conjunto de la entidad dirigido desde la capital española.

El escándalo Blatter y Football Leaks nos enseñó que no era oro todo lo que brillaba en el fútbol. Como de costumbre, en España vamos a la cola. Tienen que venir de fuera a abrirnos los ojos de lo que ocurre en nuestra casa.

Ahora llega el turno a Cristiano Ronaldo, investigado por un posible fraude de hasta 15 millones de euros, coincidiendo con la confirmación de la pena a Messi y el encarcelamiento del que fuera presidente del FCB justo en los años en que saltó la liebre de Neymar, Sandro Rosell, obligado a dimitir en su momento por este asunto pero encarcelado ahora por otro turbio negocio en Brasil. Eso por no hablar de Florentino Pérez y su pelotazo con el Proyecto Castor (del que se hizo eco, entre otros, Jordi Évole en su Salvados), cuyo fiasco, aunque legal, terminaremos pagando los contribuyentes; también, la polémica por la presencia de varios miembros de un determinado partido político Bernabéu en el Real Madrid – Atlético a principios de mayo; o la implicación, siquiera nominal o tangencial, de Enrique Cerezo en la operación Lezo. Noticias todas ellas, junto con otras similares, que posiblemente años atrás no hubieran recibido la misma cobertura mediática que han recibido en nuestros días.

Por supuesto, los medios deportivos siguen arrimando el ascua a su sardina, tratando de defender como pueden, y en la medida en que el sentido común impone, a las estrellas de su bando. Pero algo ha cambiado. Se palpa en el ambiente. España ha cambiado mucho en poco tiempo. No somos los mismos que en 2008 (2008, recuerden, victoria de Zapatero, ¡Zapatero, qué lejano nos parece aquello!), y ni siquiera somos los mismos que en 2013. En 2008, Luis Bárcenas era tesorero del PP, y en 2013 ingresa en prisión. En 2013 Ignacio González era presidente de la Comunidad de Madrid, y en 2017 ingresa en prisión. A día de hoy son decenas, o más bien centenares, los imputados por corrupción en nuestro país. La corrupción está demoliendo la credibilidad en el sistema, y la sociedad se está volviendo menos ingenua. Y hay pruebas de ello. En 2011 el PP obtuvo un 44 % de los votos; el PSOE un 28 %. En las elecciones de junio de 2016 el PP obtuvo un 33 %; el PSOE un 22 %. Es decir, que de un 72 % de voto al bipartidismo en 2011 pasamos a un 55 % en 2016.

Puede parecer un bajón poco considerable, pero hay que tener en cuenta que ambos partidos cuentan con sedes en casi todos los municipios españoles y un suelo electoral (votantes «de toda la vida») amplísimo contra el que poco pueden hacer los partidos de nuevo cuño. Si se miran los datos con lupa, eso sí, la cosa cambia. Si examinamos el voto joven vemos cómo estos se decantaron mayoritariamente por los nuevos partidos. Esto nos indica cómo la sociedad, y sobre todo ellos, los jóvenes, los más afectados por la crisis, están volviendo la espalda en buena medida a los partidos tradicionales. E incluso dentro de estos partidos hemos visto movimientos sin precedentes contra el llamado «aparato», compuesto por los líderes de más edad (el pedrismo machacó al susanismo el pasado 21 de mayo).

Y lo mismo que está ocurriendo con los partidos políticos: el hastío, el hartazgo de buena parte de la sociedad ante los atropellos, es posible que termine por ocurrir con el fútbol. Algo se ha roto en ambas esferas, la política y la futbolística. Hay una sensibilidad nueva. Hay menor ingenuidad. No será de un día para otro, pero algo se agita en el fondo. Tal vez esté pecando de optimista, o de ingenuo, pero tengo la sensación de que el acuerdo tácito de silencio, de protección del mundo del fútbol, no es ya tan evidente. Los nombres de las estrellas siguen coreándose en los estadios, pero cada vez sus chanchullos ocupan más espacio en los medios generalistas, creando oleadas de indignación y rechazo en RRSS. Cada vez son más las páginas (portadas incluso) y los minutos de radio y televisión dedicados a tratar el tema. Cada vez más los que caen en la cuenta que con cada uno de esos millones de euros que los futbolistas o sus allegados escamotean a hacienda se podrían pagar cientos de ayudas a parados o cientos de sueldos a profesores, policías, médicos o enfermeras.

Un último apunte. Uno de los indignados de siempre con este tema en España es el escritor Lorenzo Silva, quien ha publicado diversos artículos sobre el particular. Otro de ellos, este en el ámbito no del fútbol español sino internacional, es el escritor británico Philip Kerr, autor de una saga ambientada precisamente en este mundillo. Casualmente, o no tanto, ambos son escritores de novela negra, un género que suele centrarse en los aspectos más sórdidos, más corruptos, de nuestra sociedad. Este simple hecho debería ponernos sobre aviso de la magnitud del descosido.