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Jean-Luc Mélenchon, el candidato que no quiere ganar las elecciones en Francia

07/02/2017 07:22 CET | Actualizado 07/02/2017 07:22 CET
CHRISTIAN HARTMANN / REUTERS

Era un bonito y triste día de primavera, hace ya un año. Una multitud se reúne en torno al crematorio de Père-Lachaise, en París. La sala grande está llena a rebosar, la escalinata exterior repleta de gente, la asamblea llega hasta las entradas. Bajo un cielo sin nubes, han venido a darle un último homenaje. Delap' [François Delapierre] nos ha dejado, Méluche [Jean-Luc Mélenchon] ha perdido a su otra mitad.

En 1985, a los 15 años, Delap' aterriza en SOS Racisme. Pertenece a esa primera generación de estudiantes que se comprometió y se despertó en la política con "Touche pas à mon Pote" [No toques a mi colega, un eslogan de la asociación], y que se encuentra en todos los componentes de la izquierda de hoy. Él estaba entre los más brillantes, con una madurez y una cultura política descomunal, sin relación con su joven edad.

En política se muere tan a menudo que olvidamos que podemos morir de verdad.

Estratega creativo, hábil táctico, organizador sin igual, trabajador incansable. Así era François Delapierre. Cuando le confiaron las llaves del sindicato del liceo, la FIDL, él le dio un giro de 180 grados. Organización impecable, debates con un toque de varita mágica, decisiones ejecutadas, todo iba bien, Delap' se ocupaba de todo y ese era precisamente el problema. Los otros estudiantes, como no podían hacer nada, ya que Delap' había hecho todo, estaban un poco frustrados, por no decir contrariados. Su tropismo por la vanguardia ilustrada que debe dominarlo todo es probablemente lo que lo unió tanto a Jean-Luc Mélenchon.

Ese día, la Izquierda se reunió, desde las fronteras con la extrema izquierda radical hasta los confines del rocardismo (un socialismo anticocomunista), pasando por los ecologistas. Se reunió toda una generación acompañada por los demás. Lucharon mucho entre ellos y todavía llevan las cicatrices que les hicieron sus vecinos en la lucha. En política se muere tan a menudo que olvidamos que podemos morir de verdad. La muerte de Delap' los devuelve a la triste realidad; a partir de ahí se verán más en entierros que en bodas. Ese día supone la tregua general, la paz de los bravos, el tiempo de acompañar a uno de los suyos en su última morada. Te ves, te felicitas, te encuentras, a veces al cabo de muchos años.

Mélenchon pronuncia la oración fúnebre. ¿Quién con más legitimidad que él para homenajear a quien considera su hijo? Su voz fuerte sujeta el micrófono con acentos de Victor Hugo. Al principio, todo va bien. Y después, al final, Mélenchon entra en barrena. Se pone a hacer política, y no para destacar lo que nos une, a quienes tiene enfrente, a los militantes de izquierda, de toda la izquierda, en toda su diversidad. No, saca los fusiles y dispara. Recuerda el compromiso de Delap' a su lado y dice que, en la vida de Delap', están los verdaderos, los que estaban con él cuando rompió con el Partido Socialista, y luego están los otros. Hey, Fuck You, Man, Delap' no sólo ha hecho eso en la vida, militó con muchos otros antes de estar contigo, se forjaron amistades y se ganó un respeto. ¿Quién eres tú para juzgar?

Los unos miran a los otros, aterrados. ¿Cómo se atreve? ¿De dónde viene esa violencia que le lleva a tanta indecencia? ¿Por qué tanto odio? Le confían el poder de hablar en nuestro nombre a todos, nadie cuestiona esa legitimidad, y va y se pone a dividir, a separar el grano bueno de la cizaña de la amistad, en medio de un entierro.

Ese día, lo que había que entender es que Mélenchon no hablaba a su auditorio, sino a la Historia. Los acentos de Victor Hugo habían sido trabajados a conciencia. Hablaba a la Historia y se miraba en su espejo, se imaginaba a las generaciones futuras leer su oración como se lee un discurso y decirse: "¡Qué hombre, este Mélenchon! ¡Qué bueno, qué bien escribe!". Y nosotros, pobre auditorio, estábamos secuestrados por el Señor, con la cabeza en sus nubes. Y ahora nos vuelve a hacer lo mismo, a otra escala, en las elecciones presidenciales en Francia.

Él no quiere gobernar, por miedo a quemarse las alas. Lo que quiere es resistir.

Mélenchon pasa de las elecciones, no le interesan, él vale más que eso. Si quisiera realmente ganarlas, se habría presentado a las primarias de la izquierda. Habría llegado con los grandes batallones de la izquierda de la Izquierda, se le habría unido la izquierda socialista (la vuelta a las fuentes) y habría ganado fácilmente las primarias. Lo sabe y es por eso por lo que no se presentó.

Mélenchon también sabe lo que todo el mundo sabe: la izquierda dividida en la primera vuelta es la izquierda eliminada en la segunda vuelta. La única forma de regular democráticamente la cuestión del candidato es votando. Mélenchon lo sabe, pero se negó a participar en unas primarias, gracias a las que podría haber sido candidato único de la Izquierda, con capacidad de calificarse para la segunda vuelta (y de ganarla). Mélenchon lo sabe y no lo hizo. ¿Por qué? De hecho, no quiere gobernar por miedo a quemarse las alas. Lo que quiere es resistir. Un poco como Victor Hugo en política, quiere ser un visionario gran perdedor de su época y gran vencedor en la Historia.

Para interpretar el papel que se otorga, Mélenchon necesita una tragedia. Desde ese punto de vista, una victoria de Marine Le Pen le permitiría exprimir todo su talento. Se imagina a la cabeza de las grandes muchedumbres que invadirían inevitablemente las calles. Quizá de ese movimiento bien encabezado podría salir otra cosa, quizás una ola que le tomaría cual Chávez o, por qué no, ¡como un nuevo Bolívar!

Para devolver a Mélenchon a la razón, estamos nosotros, los electores de izquierda, que no tenemos ganas de ver a la República dirigida por la extrema derecha. Nosotros, que no queremos contentarnos con la resistencia y la cólera.

Quizás, quizás... lo que es seguro es que seríamos muy tontos si dejamos que secuestre a la izquierda con sus delirios de profesor de Historia. Los mejor situados para sacudir el cocotero de Mélenchon y devolverlo a la razón son sus mejores aliados, a quienes no ha dejado de maltratar, los comunistas. El Partido Comunista debe decir a Mélenchon que ya no estamos en la situación que determinó su investidura. La elección de Hamon por cerca de dos millones de electores de izquierda cambia la situación; es normal que el Partido Comunista lleve a cabo un debate con un candidato socialista como Hamon, sobre todo para un eventual programa común para las legislativas. En caso de acuerdo, Mélenchon tendrá que retirarse de la carrera para no dividir su campo, sin excluir la posibilidad de perder el apoyo del Partido Comunista y el patrocinio de sus políticos. Mélenchon tenía la posibilidad de ganar las primarias, pero no se presentó, es hora de pedir la cuenta.

Para devolver a Mélenchon a la razón, también nos tiene a nosotros. Nosotros, los electores de izquierda. Nosotros, que no tenemos ganas de sufrir el poder de la Derecha o, peor, de ver a la República dirigida por la extrema derecha. Nosotros, que no queremos contentarnos con la resistencia y la cólera. Nosotros, que caminamos en la esperanza. Nosotros, que queremos fundar un mundo nuevo, más humanista, más ecologista. Nosotros, que queremos ganar. Así que, cojamos la pluma, escribamos a Mélenchon, al Partido Comunista Francés, manifestemos a todos los que apoyan a Mélenchon nuestra voluntad de ganar, lancemos peticiones, acosémoslos en las redes sociales, con una sola consigna: un acuerdo programático Hamon-Mélenchon, o Partido Socialista y Partido Comunista, así como la retirada de Jean-Luc Mélenchon. Hasta la victoria siempre.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano

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