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La quijotada de ahora

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En la España del presente, que no se sabe si es peor que la del pasado o mejor que la del futuro, pervive alguien. Es alguien de cuyo nombre, por su bien y por el mío, no quiero acordarme.

Antes de empezar a interesarme por el periodismo, yo vivía en un mundo en que todo estaba hecho; lo primero, a mis 20 años, mi vida. No tengo claro que fuera ése un mundo mejor, aunque sí un mundo más fácil. Rara vez algo me arrancaba el culo de la cama con más ilusión de la que puede generarme, pongamos por caso, ver el final de un vídeo porno. Mi día a día era una rueda empalagosa de algo tan español como es el hacer por hacer; un dejarse llevar por el que mi recuerdo da arcadas, como si de pronto hubiera presenciado un degüello sanguinario a un inocente, algo que no ocurriría en un mundo que hubiera tomado como referente, no a dios, sino a Sancho Panza. O, en su versión galáctica, a R2D2.

Cuando un crío nace, empieza a encontrarse por el camino una serie de gigantes que parecen estar colocados al milímetro por alguien que ya ha decidido sobre su futuro. Son gigantes enfermos de una sociedad que no ha sabido transmitirles nada; gigantes que, inconscientemente -y esto es lo grave-, enseñan sin haber aprendido jamás.

Donde yo más he visto de ésos es en la universidad, un lugar donde se empeñan en quitarte las ganas antes de que se te ocurra tenerlas. Recuerdo cómo, en la ceremonia inaugural de Derecho, como el César que avisa a los gladiadores de que para sobrevivir van a tener que matarse entre ellos, nos dijeron que aquél era un mundo altamente competitivo y muy difícil, del que salía uno de cada mil. No olvidaré aquéllo, no ya por la negatividad de lo que debiera ser aliento, sino por el asco que sentí cuando escuché a la vicedecana intentando arreglar su cagada: "Aun así, es una carrera muy bonita".

A la inauguración de Periodismo ya ni fui, pero como si asistiera a una a diario. No hay día en que alguno de esos gigantes no intente, de alguna manera u otra, quitarme las ganas. De vez en cuando, hay por ahí algún loco que te anima y confía en ti, pero la norma general es que te veas rodeado de esos gigantes deprimentes: mis padres, describiéndome muy apasionadamente todo lo bien que voy a malvivir; mis profesores, ilustrándome lo puteado que me van a tener en el trabajo de mierda que consiga, porque si algo hay claro del trabajo de un futuro periodista es que va a ser una mierda; mis amigos, pensando para ellos mismos lo poco que me va a servir todo lo que hago, mientras me ríen las gracias con más pena que gloria.

Cuando un crío nace, empieza a encontrarse por el camino una serie de gigantes que parecen estar colocados al milímetro por alguien que ya ha decidido sobre su futuro.

Hay algo que, curiosamente, todos los gigantes modernos tienen en común: nunca se propusieron en serio la quijotada de ahora. Quizá algunos lo intentaron y se quedaron por el camino; otros, ni se atrevieron a dar el paso. Una España cada vez más creciente cree firmemente que el propósito último y más difícil de toda vida humana es, o ganar dinero, o ganar dinero trabajando, o sencillamente trabajar. Olvidan que, para todo ello, hay que resolver primero el más difícil problema de una Humanidad que nació con todo hecho, en vez de todo por hacer: la quijotada de ahora, hallar eso que a uno le produce verdadero placer, eso en lo que no duele prenda invertir todo el tiempo del mundo, que al fin y al cabo es lo único que no vuelve.

Un momento especialmente delirante en la vida de todo quijote es ése en que descubre con qué siente verdadera excitación. Ahí uno ve la luz, le cambia la cara e incluso la vida, al punto que uno se plantea ir al Registro Civil para preguntar si el nombre "Iluminado" está cogido ya. En mi caso, como le pasó a J. M. García, vi, de un día para otro, que comunicar la realidad me ponía deliciosamente cachondo, como cuando uno se recoloca con cuidado la ropa interior y aquello sube de golpe. A mí me subió de golpe con esto del periodismo, como a otro puede subirle apagando fuegos. La cosa es que subió y no se quedó a medias esperando a que alguien viniera a ayudar.

Yo soy de los que piensa que hay que diferenciar entre El Quijote y su espíritu. El segundo decidió no morir jamás desde que salió de un puño que ahora lleva 400 años impartiendo. El primero, de vivir hoy, combatiría a esos gigantes apolillados tan peligrosamente poderosos como unos enseñantes que nunca aprendieron, un Gobierno ingobernable, un ministro de Cultura inculto o una oposición opuesta a sí misma. Y lo haría, cómo no, sustituyendo los gigantes por molinos de viento: los únicos que, con el aire que generaren sus aspas, podrían ejercer la violencia pacífica de renovar esta España atrofiada mientras Quijano gritara aquello de: "¡Que cada uno es artífice de su aventura!".