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Investidura y dos huevos duros

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Reuters Photographer / Reuters
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Un servidor hizo el servicio militar en 1986. Después de dos meses de vigorosa instrucción gimnástica en un centro para reclutas -donde aprendí a desfilar y a cantar a voz en cuello canciones vergonzosamente zafias, porque con ellas se marcaba muy bien el paso- mi destino final fue el de conductor. Serví a la patria transportando a un teniente general jubilado; bueno, a él, a su mujer, a sus hijos y al perro. Al general, ya octogenario, sólo lo conduje de su casa al médico y del médico a su casa; pero el resto de su familia, perro incluido, era de gustos variados e intensa vida social. De forma que mi preparación en caso de que la defensa de España me hubiera necesitado se limitó a no salirme de la formación, y a pasear a la familia entera de un militar jubilado.

Por supuesto, historias como ésta, y otras mucho más terribles, podría contar cualquier español varón de cierta edad apto para el servicio y al que no le hubiera tocado la delirante lotería de los excedentes de cupo. Que aquel servicio militar era absurdo lo sabía todo el mundo, empezando por los propios militares, aunque para los más afortunados de ellos la cosa no carecía de ventajas en forma de chofer oficial o fontanero extraoficial a cambio de unos días de permiso.

Confieso que en algún momento sospeché que Pujol estaba pensando en su familia cuando, cenando en el Majestic, entre plato y plato, interpretó a la catalana aquello de los dos huevos duros y le pidió a un Aznar, muy necesitado de apoyo, que de paso se cargara la mili.

Pero no fue su surrealista inutilidad la que acabó con la institución, ni el clamor popular, ni los meritorios esfuerzos de los objetores de conciencia. Con la mili acabó un señor muy de derechas, José María Aznar. Y no fue por algún extraño efecto secundario de la vigorexia que ya se le manifestaba, sino porque se lo pidió en un hotel de lujo otro señor, también de derechas, pero catalán: Jordi Pujol.

Confieso que siempre me ha intrigado la preocupación del molt honorable por todos los reclutas españoles, incluso por los murcianos o los de Logroño. Confieso que en algún momento sospeché que Pujol estaba pensando en su familia cuando, cenando en el Majestic, entre plato y plato, interpretó a la catalana aquello de los dos huevos duros y le pidió a un Aznar, muy necesitado de apoyo, que de paso se cargara la mili. Ignoro si el joven Oleguer se libró de besar la bandera española gracias a su previsor padre, aunque me inclino a pensar que así fue, y que nada distrajo su precoz vocación financiera.

Del episodio del Majestic se han cumplido 20 años y la historia tiene pinta de repetirse. Otra vez un señor muy de derechas se siente falto de cariño parlamentario; de nuevo, el responsable de un partido que con mayoría absoluta desprecia al género humano, al perderla se ve en la necesidad de ponerse majete. Si dos tipos como Aznar y Pujol se cepillaron de un servilletazo algo de resistencia tan rocosa como el servicio militar ¿qué no podrá salir cuando, en esta era postbipartidista, los nuevos actores del pacto se den cita, en un hotel o en un Starbucks?