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Realidad aumentada

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Realidad aumentada, lo llaman. Y lo presentan como lo último, como una de las expresiones de la nueva era nosécuántospuntocero. La paradoja es un instrumento muy útil en el mundo del marketing, pero no acaba de entenderse tanto énfasis para anunciar la enésima reivención de la sopa de ajo. Porque si la historia de la Humanidad tiene alguna constante, ésa es la pulsión por aumentar una realidad que se antoja pequeña. ¿Qué otra cosa es la lucha de clases sino el choque entre los que quieren aumentar su realidad a costa de la realidad de los demás? Pues es cosa sabida que la vida tiene mucho de juego de suma cero, y que lo que unos ganan en sus realidades, otros lo pierden en las suyas.

Por eso, los vendedores de implantes para la realidad deberían andar con cautela, sobre todo en épocas de crisis, cuando sólo unos pocos, los más afortunados, pueden ver con interés eso de que su situación real se expanda. Para el resto, más realidad significa más penurias. Y los primeros, por definición, siempre son menos que los segundos. Por poner dos ejemplos: quien gracias a la reforma laboral del PP debe dar gracias a Dios y a su empleador -lo que viene a ser lo mismo- por conservar un trabajo precario y un sueldo mísero, no debe de tener muchas ganas de que le aumenten la realidad. Para quien la expresión más tangible de la realidad es una hipoteca, cualquier aumento resulta pavoroso.

Es posible que los centenares de jóvenes que el otro día buscaban por Central Park un Vaporeon anuncien el advenimiento de un tiempo nuevo. Pero en España poco tienen que enseñarlos los japoneses en esto de aumentar la realidad: si el resultado final es acabar en un cuartel de la Guardia Civil, eso ya sabíamos hacerlo.

En la otra cara, la de oro, de la misma moneda están los que adoran su realidad y encuentran miles de motivos para aumentarla. Pongamos un ejemplo: Rodrigo Rato. La trayectoria profesional de este hombre es de una constancia más que sorprendente en la búsqueda de nuevas dimensiones a su realidad. Cualquier persona menos ejemplar -para Rajoy-, llegado un momento, se habría dado por satisfecha con una realidad ya esplendorosa. Pero Rato no. Impulsado por un celo incrementalista -digno de mejor causa, probablemente- Rato se esforzó en conseguir más y más realidad. Curioso fenómeno, éste del estajanovismo del rico, que ya detectamos en otro gran aficionado a los aumentos, Mario Conde.

Resulta que, como con tantos reclamos comerciales, la cosa no era para tanto. El proclamado advenimiento de la realidad aumentada se concreta en la superposición de personajes de dibujos animados japoneses en la pantalla del teléfono móvil. Podrían haberlo llamado realidad animada, pero quizá habría sonado a poco. Tal vez, en otros países la cosa sea realmente revolucionaria.

Es posible que los centenares de jóvenes que el otro día buscaban desesperadamente por Central Park un Vaporeon -uno de esos animalillos virtuales- anuncien el advenimiento de un tiempo nuevo. Pero aquí, en España, poco tienen que enseñarles los japoneses en esto de aumentar la realidad, porque si el resultado final es acabar en un cuartel de la Guardia Civil, eso ya sabíamos hacerlo. O si no, que se lo pregunten a Mario Conde, a Francisco Correa o al propio Rato. Para este viaje no necesitábamos tantos Pikachus.