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'El móvil': diario de un rodaje VI

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La planificación

Otra certeza falsa se llama guión técnico. Los planos que va a hacer el director para poner en escena la película. Desconfío de ella. Por supuesto, cuando leo una guión me imagino una primera narrativa posible para rodarlo en función de los planos que hay que hacer, pero rápidamente rechazo esa narrativa porque proviene de un acto intelectual y pasivo que suele hacerse delante de la mesa, leyendo el guión y analizándolo. Como primer esbozo puede valer, pero el proceso de construcción de la película es mucho más complejo, mucho más físico. El espacio real en que vamos a rodar determina todo, y diría también que la energía que fluye de cada instante concreto en que se rueda. Para mí, rodar un plano, poner en escena una película, es como un ritual sacro. Convocamos al espíritu para que aparezca la magia, y para ello hay que oír lo que está pasando a tu alrededor en ese instante y en ese espacio.

El segundo borrador de la planificación surge en las localizaciones, por tanto. Los espacios te cuentan dónde colocar la cámara para contar la historia. Pero eso, por sí sólo, no es suficiente. La luz del momento, el color, los objetos, el sonido se hacen significantes y te llaman a rodar un plano o a colocar la cámara en un lugar u otro. Y aun así, eso tampoco es lo definitivo. Llegan los actores. Ellos te indican cómo rodar la escena en función de cómo se mueven, qué esperan, qué buscan. Y de sus dificultades. Cómo ayudar a que los actores llenen la escena con su cuerpo y su interpretación es algo esencial de lo que un director debe ser consciente.

Por último, el tiempo en el que rodamos, la energía que nos rodea ese día. Rodar un plano es un acto de fe en la energía que late en ese momento. Por eso pienso que si volviera a rodar la misma escena al día siguiente, sería de otra forma. No hay dos veces la misma escena ni dos veces la misma toma. Cada plano debe ser único, y cada toma aún más única. Para lo único que sirve estar preparado para la planificación es para dejarse sorprender y cambiar la planificación. Trabajar, y trabajar mucho, para que todo parezca natural, improvisado, como si brotara de la vida que nos rodea cuando hacemos la película. El estado de gracia de un director es parecer que no dirige.