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'El móvil': diario de un rodaje VII (El final)

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El final del rodaje

Escribo este último post del rodaje con una mezcla de alegría y tristeza. Me siento afortunado y doy inmensas gracias a todos los que han apoyado este proyecto. He podido rodar una nueva película y sé que no es fácil. Soy un privilegiado por ello. Gracias a todos y, especialmente, a la ciudad de Sevilla. Vivir una película es vivir un nuevo mundo, una fantasía que, de alguna manera, se hace realidad. Algo que no existe y se construye en la sombra. Una película es la huella de esa fantasía, de ese mundo en el que habitan sus personajes, sus voces, sus espacios, su luz, sus colores. También me siento triste porque he habitado ese mundo durante meses y ahora se marcha. Me siento triste y nostálgico. Hace unos días le decía a un amigo que tenía la sensación (algo de lo que no había sido consciente antes) de vivir en la película. Parece una locura, pero es así. No vivir en el ambiente del equipo, ni en el rodaje, ni en la camaradería de mis hermanos los actores. No. Sino de vivir en ese mundo fantasmagórico.

Por las noches, cuando me acostaba, me acurrucaban las imágenes y sonidos del rodaje de ese día, y más de una vez me quedaba dormido repasándolos en mi imaginación. Ha habido momentos buenos y malos, momentos duros y gozosos... y para lo único que me servía la experiencia era para darme cuenta de que no podía ser de otra forma, que muchas veces vas al rodaje y fracasas, y que otras veces vas al rodaje y vuelas. Que muchas veces hay quien no lo entiende y te hace daño, y otras hay quien lo entiende y te hace feliz. Por encima de todas las amarguras y goces he tratado de ser libre, no siempre lo he conseguido, pero a veces sí, por momentos. ¿Y qué es ser libre para mí? Librarme de mis miedos. De mi propia presión para hacer la mejor película posible, de los golpes bajos que a veces te dan y el daño que te hacen a ti o a las personas que más amas. Decirme cada día que tenía que seguir luchando, disfrutando. Y agradecer a quien estaba a mi lado y me seguía apoyando. ¿Cómo ha quedado la película? Sinceramente, no lo sé. No sé si será buena o mala, aunque pienso que, en realidad, lo bueno y lo malo no son de mi incumbencia, sino juicios de otros que ya llegarán. Para mí, lo que importa es la búsqueda.

El cine es muchas cosas, y hay que preocuparse de todas ellas, pero sin los actores, una película no puede volar. Es como si en un mundo no hubiera habitantes

Aún sigo en Sevilla. No me he querido despedir de esta ciudad tan pronto. Se me ha quedado en las entrañas. Y quiero seguir caminando sus calles, disfrutando sus olores, gozando sus atmósferas y su gente... por unos días más. No me atrevo a irme aún. Es hermoso seguir aquí. Me he ido despidiendo de todos, especialmente de mis actores. El otro día acompañé a Adriana y a Javier a la estación de tren. Luego, una horas más tarde, a Tenoch. Unos volvían a Madrid, otros a México. Ayer comí (le cociné una paella a él y a su mujer) con mi querido Antonio. Él vive en Sevilla y, de repente, ha sido mi vecino. Y aún me queda darle un último abrazo a Rafael y llamar a Adelfa y volver a despedirme de ella, pues tuvo que irse corriendo a rodar su serie... y a mi querida María, que también se marchó a continuar trabajando... a todos ellos y los demás actores de esta película los amo con todo mi corazón... Pero quiero dar las gracias especialmente a Javier, mi mayor compañero en este viaje, mi carne y mi espíritu en esta película, al que le debo su compromiso y su querer. Es un pedazo de actor, ya lo sabía, y ahora sólo me queda gritarlo a los cuatro vientos. Ha habitado conmigo este mundo inventado. Ha sido mi cómplice.

Al despedirme de él me di cuenta de algo, quizás la razón por la que hago cine, más allá de mi pasión y amor por este arte. Éramos como dos adolescentes que se separan después de un hermoso campamento de verano. Que se hacen promesas de volver, de estar juntos, de repetir. Nunca se sabe si será posible. Nunca se sabe si haré otra película (eso dependerá de muchas cosas), pero yo me sentí un niño. Mirando cómo se alejaba en el andén y disfrutando de que se volviera y saludara desde lejos por última vez. Fue una despedida hermosa. Una despedida de adolescentes ilusionados por lo que han vivido, y tristes porque se acaba. Y una vez más, me sentí afortunado por ilusionarme como cuando tenía 15 años. Porque el cine me da también esto, y sobre todo esto: el juego y la pasión por aprender y disfrutar. Gracias a todo el equipo que ha confiado en el sueño, y sobre todo, gracias a todos mis actores, que han vivido conmigo en este mundo. Un director sin los actores no es nadie. Los necesita. Su riesgo, su pasión, su compromiso. El cine es muchas cosas más, y hay que preocuparse de todas ellas, pero sin los actores, una película no puede volar. Es como si en un mundo no hubiera habitantes. Podría ser el más hermoso de todos, pero estaría muerto sin ellos. Los actores combaten la soledad, derrotan el vacío y otorgan el espíritu a la película.

Triste y alegre. Así me siento yo. El viaje no ha terminado del todo. Llega el montaje. Otro fase excitante pero en la que tengo que cambiar de piel. Ya no vale quedarme enamorado de lo que sentí, ya no vale quedarme a habitar en mis emociones. Ahora tengo que ser más frío y distante para poder transmitir lo mejor de lo que hemos vivido. Un nuevo director tiene que sentarse en la sala de montaje y tratar de haceros llegar lo más poderoso de este mundo que hemos habitado. Tendré que tomar decisiones dolorosas, cortar, reestructurar... lo sé. Por eso me toca decir adiós a este director que aún quiero ser. Y comenzar a combatirle sin piedad.

Quisiera encontrar algunas palabras especiales para despedirme de esta película, pero en las despedidas de lo que se ama ,uno nunca las encuentra. Nunca terminan de ser lo suficientemente precisas. Y nombrar los sentimientos parece que los banaliza, que los convierte rápidamente en cliché. Prefiero elegir el silencio para decir adiós. Un silencio que simplemente llene el corazón.

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