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En Francia, las mujeres son libres

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VALLS
AFP
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Me gustaría responder al artículo Regards changés et langues déliées [Miradas cambiadas y lenguas liberadas], que apareció en una columna del New York Times este 2 de septiembre y que da una imagen insoportable -y falsa- de Francia, país de las Luces y país de las libertades.

Francia, como todos los países, experimenta el racismo. Y no ignoro nada de la xenofobia ni de los actos antimusulmanes que pueden existir en mi país. No hago excepciones. Estos males, al igual que el antisemitismo (y en Estados Unidos sabrán mi combate contra esta plaga) y los actos anticristianos, afectan tanto a Europa como a América. Francia lucha contra ellos sin descanso.

Por su historia, su geografía -abierta a la cuenca del Mediterráneo y al continente africano-, por su inmigración, Francia mantiene unos fuertes lazos con el Islam.

Lo que critico con la mayor firmeza es que la periodista del New York Times dé la palabra a mujeres de confesión musulmana dando a entender que su voz está siendo acallada. Y todo esto, con el fin de presentar la imagen de una Francia que las oprime. Por otro lado, no explica lo que son los principios republicanos: libertad, igualdad, fraternidad y el laicismo a la francesa.

Se suceden los testimonios que describen un país donde lo próximo será que los musulmanes se cosan "la luna amarilla" en la ropa, como se hizo con los judíos con la estrella amarilla para marcarlos durante la ocupación nazi. Una Francia en la que se supone que los musulmanes están "peor considerados que los perros". Una Francia con un régimen de apartheid que obliga a los musulmanes a dejar su país para estudiar, encontrar un trabajo y hacer carrera.

Por su historia, su geografía -abierta a la cuenca del Mediterráneo y al continente africano-, por su inmigración, Francia mantiene unos fuertes lazos con el Islam. Se enorgullece de que el Islam sea la segunda religión del país. Millones de ciudadanos de fe o de cultura musulmanas viven respetando perfectamente sus deberes y disfrutando plenamente de sus derechos.

Las mujeres musulmanas a las que da voz este artículo expresan un punto de vista. Son libres de hacerlo. Pero la exigencia tendría que haber llevado a la periodista del New York Times a interrogar a la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas que no se reconocen en una visión ultra-estricta del Islam.

Lo cierto es que no se trata de una investigación a fondo sobre el terreno que ofrezca las diferentes perspectivas y matices sobre el análisis. La mayoría de estos testimonios han sido obtenidos tras un acontecimiento escandaloso organizado en Francia: un campamento de verano descolonial. Un campamento que estaba prohibido -y esta información tiene su importancia- a las "personas de piel blanca". Su objetivo era reunir a todos los partidarios de los comunitarismos, a todos los que se oponen a la diversidad entre las personas "blancas" y "no blancas", todos los que quieren, vuelvo a citar, denunciar el "filosemitismo de Estado" del que Francia, según ellos, es víctima.

El burkini no es un traje de baño anodino. Es una provocación: el islamismo radical irrumpe y quiere imponerse en el espacio público.

Esta iniciativa, lejos de ser aislada, muestra las polémicas del proselitismo que están actualmente presentes en Francia. Quieren modificar los dos principios fundamentales que cimientan nuestro país.

El primer principio es la igualdad entre las mujeres y los hombres. Hay que mantener los ojos abiertos ante la influencia creciente del salafismo, que da a entender que las mujeres son inferiores e impuras y que deben ser marginadas. He ahí la cuestión, nada anecdótica, que estaba en el centro del debate sobre el burkini (contracción de burka y bikini). No se trata de un traje de baño anodino. Es una provocación: el islamismo radical irrumpe y quiere imponerse en el espacio público.

Como lector asiduo de la prensa internacional, he visto cómo una gran parte de ella ha concluido antes de tiempo que se debía a la estigmatización, que iba contra la libertad de los musulmanes a practicar su culto. En fin... precisamente es por la libertad por lo que nosotros luchamos.

El cuerpo de las mujeres no es ni puro ni impuro. Es el cuerpo de las mujeres. No tiene por qué estar oculto para protegerse de no sé qué tentación.

Por la de las mujeres, que no deben vivir bajo el yugo de una orden machista. El cuerpo de las mujeres no es ni puro ni impuro. Es el cuerpo de las mujeres. No tiene por qué estar oculto para protegerse de no sé qué tentación. Y aquí viene el increíble giro: en los testimonios citados, ¡el burkini se presenta como un instrumento de liberación de la mujer! Una lectora escribe: "Cuando apareció el burkini, me alegré por mi hermana, que estaba de vacaciones y por fin podía jugar en la playa con sus hijos en vez de tener que quedarse en la sombra". Para otra, llevar el velo significa "la reapropiación del cuerpo y de [su] feminidad". Se trata de una dominación masculina que está totalmente integrada.

En cambio, en Francia pensamos que una mujer que tiene ganas de bañarse no tiene por qué quedarse en la sombra. Y que las mujeres no deben ser objeto de la mínima dominación. Pensamos que hay una clara dominación masculina desde el momento en que se considera que el cuerpo de la mujer debe ser apartado del espacio público.

También luchamos por la libertad de la gran mayoría de los musulmanes que no se reconocen en esta minoría acérrima que instrumentaliza su religión. Por ese motivo el Estado no debe ceder un milímetro frente al islamismo radical.

El laicismo no es la negación de la religión.

El segundo principio, que va ligado, es el del laicismo. Sé hasta qué punto cuesta entender esta singularidad francesa en el extranjero. Así que voy a volver a explicar lo que es.

El laicismo es la libertad que tiene cada uno a creer o no creer y a practicar su fe con la condición de no imponer sus prácticas o creencias a los demás. El laicismo no es la negación de la religión. Simplemente establece una separación clara entre lo temporal y lo espiritual. ¿Qué significa exactamente? Que el Estado y sus funcionarios han de ser estrictamente neutrales; que el laicismo no reconoce ni financia ni favorece a ninguna religión.

A lo largo de su dilatada historia, Francia ha experimentado el odio religioso que se desata en guerras atroces. La República y el laicismo han acabado con siglos de conflictos. El laicismo es ese equilibrio que exige un respeto mutuo. Un equilibrio que garantiza la cohesión de nuestra sociedad.

Los enemigos del laicismo lo convertirían en un elemento de discriminación y humillación... Nada más lejos de la realidad. La prohibición del uso de símbolos religiosos evidentes en las escuelas públicas incluye a la kippa, al velo y a la cruz católica. Las mujeres musulmanas pueden ponerse el velo a diario. Pero si son funcionarias se lo tienen que quitar para hacer su trabajo.

La convicción sobre la que Francia se ha construido es la siguiente: para que los ciudadanos sean libres e iguales, la religión tiene que ser un asunto privado. Francia, a diferencia de otros países, no se considera como una yuxtaposición de comunidades en la que cada una sigue su propia trayectoria. Dicho de otra manera: no concebimos la identidad como algo étnico. La identidad francesa es la unión de querer compartir un mismo destino. Por eso, el islamismo radical nos ha atacado en París, en Niza y en Saint-Étienne-du-Rouvray.

Francia siempre va a defender la razón y la libertad de conciencia frente al dogma, ya que sabe que, sin ellas, prevalecen el fundamentalismo y la intolerancia. Francia, fiel a su mensaje de apertura y tolerancia, está empeñada en convivir con el islam moderno. Protegemos a nuestros hermanos musulmanes de aquellos que quieren convertirlos en cabezas de turco. Donde la extrema derecha quiere que los musulmanes sean ciudadanos de segunda, nosotros queremos demostrar que el islam es totalmente compatible con la democracia, el secularismo y la igualdad entre hombres y mujeres. Este es el golpe más fuerte que podemos dar al islamismo radical que sólo aspira a una cosa: a que nos enfrentemos entre nosotros.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco e Irene de Andrés