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Pasos para el fin del conflicto entre palestinos e israelíes: humanización, reconocimiento e igualdad

02/12/2015 07:20 CET | Actualizado 01/12/2016 11:12 CET

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Soldados israelíes patrullan el casco histórico de Jerusalén mientras musulmanes rezan/EFE.

Pensar en palestinos e israelíes evoca una imagen: Soldados contra civiles. Nos hallamos en una guerra entre una sociedad sobreprotegida, viviendo al amparo de la fuerza y la victimización, y otra enmudecida, viviendo al amparo de la desesperanza y el abandono político.

Nos encontramos ante un conflicto donde las partes en discordia no se conocen realmente, la única imagen que tienen del otro viene de jóvenes, asustados e impulsivos soldados patrullando sus ciudades y controles fronterizos, por un lado; y de jóvenes, asustados e impulsivos civiles inundando sus pantallas y periódicos, por el otro.

El miedo está presente en los dos lados; miedo a alguien a quien en efecto desconocen, porque sólo reciben información del otro en su peor expresión, una imagen exaltada y extendida por sus respectivos líderes, que buscan mantener esa separación a raya, de forma que el odio permanezca en sus máximos y sus acciones sean legitimadas e incuestionables. Porque no hay otra alternativa, repiten incesantemente.

Es más fácil sentir indiferencia hacia lo desconocido y lejano, hacia lo ajeno. No siento empatía por lo que desconozco, mucho menos por lo que activamente me ataca. Justifico la pérdida y el dolor en el otro lado porque es a costa de la mía. No hay persona más allá de la kufiyya; no hay persona más allá del uniforme militar o la kipá. Historia, narrativas, miedos y dolores detrás de cada individuo que forma este conflicto perenne; historias que no son escuchadas, ni interesan ser escuchadas, porque esas personas no importan. La deshumanización del otro que hace su versión de la historia menos válida que la mía, que da fundamento a las represalias y a la violencia, al control y al miedo.

Deshumanización que es fomentada por unos líderes políticos demasiado cómodos en su posición de poder, demasiado asustados del cambio, que se benefician política y económicamente de una situación insostenible a costa de las vidas de sus pueblos.

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Los temores del pueblo israelí deben ser tenidos en cuenta; así como la amenaza real que suponen los apuñalamientos indiscriminados a viandantes anónimos en las calles de Jerusalén, y soldados de reclutamiento obligatorio en los controles fronterizos; o las comunidades del sur recibiendo esporádicos y no tan esporádicos cohetes desde la vecina franja de Gaza sobre sus techos.

Pero. Y esto es algo muchas veces desestimado por Israel y los israelíes. Hay una causa para este comportamiento. No se da simplemente porque los palestinos "quieran deshacerse o expulsar a los judíos", como Netanyahu ha reiterado recientemente, o porque sean comunidades inherentemente violentas que no conocen otros medios. No. Se da por esos 48 años de ocupación militar sin vistas a cambiar; por los delitos sobre sus comunidades que quedan sin castigo; por la falta de avance; por la ausencia de respuestas políticas por parte de la Autoridad Palestina; por la expansión de los asentamientos de colonos judíos en Cisjordania bajo el amparo del gobierno israelí, aquél con el que negociar una solución pactada al conflicto mientras activamente apoya uno de los puntos más calientes del mismo.

La violencia contra, y el asesinato de víctimas inocentes no están nunca justificados, no resuelven el problema, no afectan a aquéllos que realmente perpetúan el conflicto. Pero tienen un origen, existen causas que los motivan y que deben ser reconocidas y tratadas para ponerles arreglo.

Jóvenes que crecen bajo el control estrecho de sus acciones; bajo el temor y la desesperanza, viendo operaciones de castigo colectivo constantes, siendo tratados como potenciales criminales por el mero hecho de ser.

La violencia contra, y el asesinato de víctimas inocentes no están nunca justificados, no resuelven el problema, no afectan a aquéllos que realmente perpetúan el conflicto. Pero tienen un origen, existen causas que los motivan y que deben ser reconocidas y tratadas para ponerles arreglo. La solución no pasa ni mucho menos por incrementar las invasoras redadas en Cisjordania, tampoco por reprimir violentamente las protestas en suelo palestino, o amenazar y castigar a familias y comunidades enteras por las acciones de individuos concretos. Políticas activas para reconciliar a ambos pueblos deben ser tomadas, para eliminar años de desconfianza y acercar a dos sociedades que tienen más en común de lo que se podrían imaginar. Y no se lo imaginan, porque no se conocen, porque no saben nada el uno del otro más allá de lo que es transmitido por líderes políticos y medios de comunicación.

¿Cómo sería si los israelíes pudiesen libremente visitar Ramallah o Nablus, y ver con sus propios ojos la amabilidad de sus gentes y frenesí de sus calles? ¿Cómo sería si los palestinos pudiesen transitar tranquilamente por Tel Aviv o Haifa, y contagiarse de su sosiego y bohemia?

El fin del conflicto pasa por la humanización de las partes, por el reconocimiento de su lugar en la historia y de su lugar en el territorio. Pensar que unos u otros van a desvanecerse del espacio o voluntariamente decidir dejarlo es utópico y vano. Ambos pueblos están para quedarse, y no hay solución más inmediata que reconocer esta condición. El perdón y la reconciliación, la solución al conflicto no va a llegar hasta que unos y otros se reconozcan como humanos libres y con iguales derechos.

Judíos, musulmanes y cristianos vivieron una vez en concordia en lo que hoy se conoce como Israel y Palestina, no se trata de una rivalidad eterna e invariable, no se trata de una guerra de religión, por más que se esfuercen en convertirla en tal. El retorno a esos términos de respeto y coexistencia es posible, y debe ser posibilitado.

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