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La justicia climática y la época del Plutoceno

17/12/2015 07:06 CET | Actualizado 17/12/2016 11:12 CET
REUTERS

Lo que se ha discutido en las negociaciones de la COP21 en París no es tanto el clima como la desigualdad climática: hay setenta millones de personas que emiten cien toneladas por barba de gases de efecto invernadero, equivalentes al total que producen los tres mil millones de personas más pobres y más azotadas por la alteración del clima. Sea justo o inicuo, desde hace un par de siglos hemos aceptado que crezca la desigualdad del dinero. Es decir, el motor del capitalismo. La compensación por ello está en un fuerte crecimiento de la duración media -subrayo media - de la vida humana; del número de seres humanos; de la prosperidad material de una parte de la humanidad; del uso de energía per cápita y, con ello, de las emisiones de gases de efecto invernadero. No cuestionamos que la desigualdad económica funcione como la madre de todos los cambios. Pues claro que funciona, a las mil maravillas. Lo que tenemos que cuestionar es si las leyes de la biosfera nos permiten mantener esta desigualdad. De hecho, si los bits en los computadores del banco dicen que mi capital financiero ha pasado de 1 a 100 millones, cambian mis relaciones de poder con los hombres (cuyas reglas son arbitrarias y negociables), pero nada cambia en la biosfera. Por el contrario, si mis emisiones de gases de efecto invernadero pasan de 1 a 100, lo que cambia es mi relación material con la biosfera, cuyas leyes no son negociables.

La alteración del clima es la punta del iceberg que destaca entre los varios efectos de las dos revoluciones permanentes que están cambiando la faz de la tierra: la industrial y la capitalista. En un abrir y cerrar de ojos, ambas han traído consigo el crecimiento exponencial de un sinnúmero de intervenciones humanas que sorprenden no sólo por su novedad y su incompatibilidad con la biosfera, sino sobre todo por su alcance global: llenamos los océanos de miles de millones de toneladas de micro-fragmentos de los plásticos y de las fibras textiles sintéticas que usamos y tiramos día tras día; sembramos la estratosfera de decenas de miles de satélites de usar y tirar. No bastaría este artículo para enumerar otras lesiones planetarias de este tipo. Podría ser que nuestros nietos tengan que decir con nostalgia, "Ah, qué tiempos aquellos, cuando el cambio climático parecía el mayor problema". De hecho, contamos desde hace años con las tecnologías necesarias para resolver "la cuestión del clima". Lo que nos falta es el concepto de que el bien común prevalezca sobre el bien privado.

Pero, ¿cómo sanar las heridas permanentes que hemos infligido a la atmósfera, a la estratosfera, a los océanos, a las aguas subterráneas, a los suelos y subsuelos? Y sobre todo, ¿cómo borrar las heridas infligidas a esa maravilla de equilibrio y de convivencia de miles de millones de especies vivientes, cuya historia natural nos sitúa entre los últimos en haber llegado? Por ejemplo, ¿cómo retirar de la atmósfera nuestro tetrafluorometano (CF4), el gas Teflon casi indestructible, que permanece allí miles de años, con una capacidad de alterar el clima miles de veces mayor que la del dióxido de carbono? ¿Y quién piensa en esto cuando usamos una cómoda sartén antiadherente? Según el premio Nobel Paul Crutzen, el nombre apropiado para nuestra época sería el Antropoceno: la era en la que los antropoi se han convertido en una fuerza bio-geológica decisiva a escala planetaria. ¿Pero qué daños planetarios causan los millones de seres humanos que viven de ese poco de tierra, alimentos y agua que con una hora de camino tienen a su alcance? ¿Qué parte de responsabilidad tiene esa mitad de la humanidad que emite dos toneladas de gases de efecto invernadero per cápita, mientras que aquéllos que deciden el futuro están emitiendo cien toneladas per cápita, siempre per cápita? La actual desigualdad de emisiones es sólo una fotografía instantánea de la "cuestión del clima".

La otra mitad de esta historia comienza hace dos siglos, cuando sólo una parte de los antropoi, únicamente nosotros europeos, pusimos fin a una civilización energética milenaria que funcionaba al 100% con energías renovables, y comenzamos la breve era de los combustibles fósiles. Hoy se utilizan en todo el mundo, pero en los primeros 150 años de la revolución industrial y capitalista, únicamente se beneficiaron de ellos los países más ricos, o casi. Estos países fundaron sobre estos combustibles su increíble ascenso y su gobierno -igualmente colonial- sobre el resto del mundo. Debido a esta doble desigualdad de las emisiones de los países, tanto en el tiempo como en el espacio, hay economistas eminentes, como Eric Neumayer, de la London School of Economics, que abogan por el cálculo de las emisiones históricas acumuladas en casi dos siglos como base para determinar las respectivas responsabilidades del cambio climático, y atribuir los costos que serán necesarios para remediarlo. Los países más pobres apoyan esta propuesta; los más ricos se oponen.

La dramática emergencia climática nos lleva a reflexionar sobre la aceleración de los dos fenómenos que, repetimos, están cambiando "la faz de la tierra": el genio técnico y el genio financiero. Sin el segundo, el primero probablemente habría seguido siendo una realidad marginal (la "primera máquina de vapor" fue inventada en la antigua Grecia para abrir las puertas de un templo). El drama del genio financiero está en su propia eficacia. Nada se le puede comparar en cuanto a intensidad y velocidad de los cambios que ha traído al mundo. De modo que tendríamos que llamar a nuestra época el Plutoceno (la era de la riqueza), no el Antropoceno. La emergencia climática, junto con la ecológica, realmente podrían llevar a un fin de la historia. Exactamente el fin contrario a la predicción de las personas que, con esta misma expresión, anunciaron el triunfo definitivo de este capitalismo.

* Grupo de Política Climática, ETH Zurich