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Una consecuencia llamada Chávez

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Si hacer un perfil de un líder político resulta difícil, en el caso de Hugo Chávez la tarea es especialmente complicada debido a la extraordinaria complejidad del personaje y del momento histórico en que surgió.

Hace algunos años, en un encuentro con un reducido grupo de periodistas en Madrid, el mandatario, consciente de las pasiones encontradas que desataba su figura, dijo: "Yo no soy la causa, yo soy la consecuencia". No era una frase hueca. Todo lo contrario: quizá sea la piedra angular para entender el fenómeno Chávez. Aunque existen numerosas variables que explican su irrupción triunfal en la política, la más importante de ellas es que fue la consecuencia natural del descrédito profundo en el que habían caído los dos grandes partidos tradicionales, el socialdemócrata Acción Democrática y el democristiano Copei, debido a décadas de latrocinio y de desprecio a las clases desfavorecidas. Del mismo modo en que hoy muchos analistas europeos se rasgan las vestiduras ante el éxito electoral del corrupto Berlusconi y el "populista" Bepe Grillo en las recientes elecciones italianas, sin incidir suficientemente en las causas de ese nuevo escenario (entre ellas la imposición dudosamente democrática de Mario Monti como primer ministro), durante 14 años no han cesado de resaltar el "caudillismo" de Chávez sin recordar de manera permanente, con suficiente insistencia y profundidad, las épocas de Carlos Andrés Pérez o Herrera Campins.

Chávez encajaba, sin duda, en el perfil de caudillo latinoamericano. Al igual que el expresidente colombiano Álvaro Uribe, que manejaba un lenguaje de confrontación incluso más incendiario y celebraba unos histriónicos "consejos comunales" en los que, enfundado en ruana y con sombrero, atendía los casos que le planteaba la gente del pueblo como un rey Salomón del siglo XXI. Sin embargo, a diferencia de Chávez, Uribe siempre disfrutó del tratamiento de un mandatario "serio" en los grandes medios europeos y norteamericanos.

Pero, más allá de esta guerra de etiquetas, lo importante a tener en cuenta es que la mayoría de los venezolanos, sobre todo los más pobres, apoyaban de manera inquebrantable a Chávez en las elecciones. Unas elecciones que, según distintas organizaciones internacionales, reunían las garantías democráticas básicas. En las últimas, ganó por 11 puntos a su rival Capriles, que reconoció la limpieza de los comicios. Quizá esa haya sido la gran jugada política de Chávez: seguir las reglas de la democracia convencional para consolidar lo que él llamaba la Revolución Bolivariana o el Socialismo del Siglo XXI.

Chávez siempre entendió para qué sirve el poder. Y lo ejerció con contundencia. Pero no fue (o no alcanzó a ser, si algunos lo prefieren) el tirano que sus adversarios describían. Todo sobre él se exageraba, para bien o para mal. Uno de los hechos más aireados por sus enemigos fue el supuesto cierre arbitrario de una televisión por ser hostil a Chávez. No fue exactamente así. Se trataba de una televisión que había apoyado el golpe contra el presidente y que, cuando llegó el momento de renovarle la licencia, no se hizo, de modo que tuvo que cerrar. Por supuesto que empujar a un medio de comunicación a su clausura es indeseable, como lo es también contar ese episodio de manera sesgada e incompleta. Y de más está decir, sin que sirva de atenuante, que muchos Gobiernos en el mundo, con credenciales democráticas, suelen jugar con el reparto de las licencias de televisión o radio para amedrentar a sus enemigos y favorecer a sus amigos, sin que los grandes medios se ocupen de esas minucias.

Dicen sus detractores que Chávez ganaba los comicios con apelaciones al caos, poniendo a su servicio la maquinaria del Estado, exacerbando el populismo. Puede ser cierto; ese tipo de conductas, sin duda reprobable, suele estar presente en muchas contiendas electorales en la región y en otras latitudes. Lo que los enemigos de Chávez no terminan de asumir es que existe otro elemento, muy poderoso, que explica su éxito en las urnas, y es, lisa y llanamente, que conectaba con la mayoría de los votantes. En ello jugaba un importante papel su personalidad arrolladora, sus apelaciones a Cristo y a la Virgen (fervor que a veces resulta incómodo para sus seguidores en España) e incluso sus aspavientos de macho latino, como cuando el día de los enamorados del año 2000 dijo a su segunda mujer, a través del programa Aló presidente: "Marisabel, prepárate, que esta noche te doy lo tuyo". Pero hay algo más. Y es que millones de venezolanos se han sentido beneficiados por las políticas sociales de Chávez. Tal como subraya el experto Mark Weisbrot, la pobreza en Venezuela ha caído un 40% y la pobreza extrema, un 70%. Muchísimas familias que vivían en la miseria tienen hoy acceso a agua potable y sanidad gratuita. El analfabetismo se ha erradicado. ¿Que esos avances se hubieran podido lograr con otros políticos menos polémicos que Chávez? Es posible. Pero el hecho es que las mejoras que experimentan muchas familias venezolanas se han producido durante el chavismo, y lo lógico es que mostrasen gratitud con quien, desde su punto de vista, había contribuido a dignificar sus existencias. Es la condición humana.

Algunos analistas, ante la imposibilidad de contradecir este argumento, han decidido apuntar en otra dirección: a una supuesta carrera de Venezuela hacia el abismo económico debido a la pésima gestión del chavismo. Es posible que exista mucha ineficiencia administrativa, pero la anunciada debacle, al menos de momento, no se ha producido. También se suele subrayar el alto índice de delincuencia en el país, y es cierto que se trata de uno de los grandes fracasos del chavismo. Lo que merece una reflexión es que esos analistas tan preocupados por la inseguridad ciudadana nunca han esgrimido, por ejemplo, la altísima tasa de delincuencia en la vecina Colombia como argumento para descalificar por completo a los Gobiernos de ese país.

La muerte de Chávez deja entre sus millones de seguidores un enorme vacío. Ahora bien, quienes consideran que un personaje así no es el más adecuado para liderar un país, y seguro que entre ellos habrá también personas moderadas y con sensibilidad social, deben reflexionar sobre la frase que el propio mandatario venezolano comentó en Madrid a los periodistas. Las causas tienen consecuencias.