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Un malquerer en Makuyu

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2016-04-25-1461600718-6470152-Capturadepantalla20160425alas17.49.59.jpgRecuerdo el día que me fui de Makuyu. Recuerdo llorar la pérdida con la cara hundida en la almohada, como en las películas de amor pero con mocos y despeinada. Hoy he vuelto; escribo desde el bar poco salubre donde solía comer un plato de lentejas con bichos. Es un bar azul, con bancos de madera ocupados por señores que hacen lo mismo que yo en otro idioma: pasar el trago, pasar la vida. Hace cinco años me pareció el mejor lugar del mundo para ser joven. Hoy remuevo las lentejas y mastico-trago-mastico-mastico-trago siendo consciente de que me enamoré del malo.

Vivía con prisa y con los ojos abiertos, recorría los caminos sin miedo; el polvo rojizo me manchaba la ropa y me adornaba las pestañas. Engullía nuevas palabras, engullía el dolor de otros, engullía la injusticia y engullía el hambre. Ver amaneceres espectaculares y atardeceres decepcionantes se convirtió en rutina, aprendí muchísimo sobre drogas ilegales, prostitución y asesinatos. Pensé que eso era la vida. Pensé que aquello bastaba.

Pero después las noches y el silencio. Y la soledad. Y la diarrea. La fiebre. Ser consciente de las limitaciones y del dolor de ego. La incapacidad de entender aquellos días en los que no pasaba nada y entonces tenía que pasar yo.

Makuyu fue un malquerer al que convertí en libro para poder llevármelo en la maleta, para llevarme a sus enfermos, para acordarme de aquellos días en los que vivía un constante principio: el principio de la vida adulta, el principio de un amor, el principio de un saber qué es lo que no quiero más, el principio de entender que no importamos, que sólo somos y está bien.

Cuando era niña comía bocadillos de manteca colorá en Tarifa. Antes de que se me diera mal la vida, antes de la secreción de hormonas, antes de la cuchilla rasurando mis piernas, hiriendo estas rodillas acostumbradas a caer en los patios del colegio.

Entonces flotaba en el mar, que para mí era tan sólo agua, sal, algas, pececillos de colores.
No los ahogados.
No las pateras.
No la muerte fría.
África era sólo un horizonte que se asomaba en los días sin nubes.
África era una imagen a la que se trataba desde la culpabilidad.
Y yo quería verlo. Yo quería verlo.

Fui a Makuyu a ayudar y descubrí que nadie necesitaba mi ayuda. Fui a Makuyu a enseñar y tuve que tragarme mis palabras, una a una, mil veces, mientras aprendía a no saber nada. Conocí mujeres que trabajan de sol a sol, con sus hijos a la espalda, y sacaban adelante a una familia entera con veinte dólares al mes. Conocí hombres que recorrían kilómetros en silencio para ayudar a una familia que no tenía medicinas. Aprendí a ordeñar vacas. Aprendí a ser fea. Aprendí a ensuciarme. Aprendí a ser muy feliz cada vez que me regalaban media docena de huevos, o alguien compartía un plato de arroz conmigo.

Aprendí de mujeres que no sabían leer los mejores remedios para curar un corazón roto: seguir adelante, seguir trabajando, seguir creciendo, no necesitar a nadie. Eso era: Makuyu no necesitaba a nadie, no me necesitaban a mí; necesitan que la corrupción desaparezca, necesitan sus tierras, necesitan de vuelta sus derechos.

Ahora vivo en Nairobi, dejando atrás el malquerer que me nublaba la vista, creyendo que el amor a una tierra, a una persona, consiste en dejar ser y entender, y no en apartar la vista cuando los atardeceres son feos. Vuelvo por Makuyu de vez en cuando. Vengo a decir hola y a decir gracias. Acaricio a las vacas. Me cuentan buenas noticias. A veces alguien muere. La vida, sólo eso, como en cualquier sitio.

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Tierra de Brujas, escrito por María Ferreira, narra la vida en un siquiátrico de una aldea de Kenia.

 
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