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Las consejeras no somos floreros

02/02/2017 07:15 CET | Actualizado 02/02/2017 07:16 CET

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Foto: ISTOCK

Llevaba una semana pensando cómo enfocar esta columna porque cuesta mucho resumir este capítulo en la historia del machismo que ha supuesto el nombramiento de tres mujeres -nada menos que tres de los cinco miembros- en el Consejo Rector de la Radio Televisión Canaria. Y en estas que un gift de Melania Trump me deja estupefacta frente a la pantalla del ordenador. Luchamos contra nuestro destino, y en la batalla contra la desigualdad de género, Melania Trump no lo tiene mejor que yo.

Tenemos en común que se espera de nosotras un papel que no es ni más ni menos que el mismo: floreros. A partir de ahí, no sé cuánto de mi historia y la de mis dos compañeras de Consejo coincide con la suya. Pero salvando las lógicas distancias, el trasfondo será, seguro, el mismo y con las mismas consecuencias: cumple tu papel o serás castigada por ello. Quizás por eso, la historia no escrita de Melania me genera un enorme sentimiento de compasión: sé exactamente cómo va a acabar si intenta saltarse una coma del guion.

Es así como se escribe la historia de las mujeres. La nuestra comenzó en el mismo acto de nombramiento del cargo de consejeras; mientras nosotras juramos convertirla en un referente, otros se conjuraban a nuestras espaldas para que fuera más de lo mismo. O peor.

Nos observaban pensando que tan solo respondíamos a cuotas políticas y de género, que íbamos al Consejo Rector de la Radio Televisión Pública a decir SÍ, porque no se esperaba otra cosa de nosotras. Ese era nuestro papel. ¿Saben lo que pasó después? Que votamos NO.

Los había que nunca habían asistido a un Consejo de Administración y mucho menos habían dirigido uno. Así que las formalidades propias de un órgano de este tipo saltaron por los aires desde el minuto uno. Los asuntos se presentaban al Consejo sin sus expedientes correspondientes, por no hablar de inexistentes informes jurídicos que debían acompañar la toma en consideración de decisiones de calado. Así que votamos NO.

Se tomaban acuerdos que nunca se ponían en marcha y todas las medidas que la Ley establecía para garantizar un funcionamientos más plural y transparente del Ente Público y sus sociedades no se presentaban al Consejo bajo las más peregrinas excusas. Se terminó por eliminar el punto del Orden del Día de Ruegos y preguntas a fin de evitar que nuestras protestas quedasen incorporadas a las actas de la sesión. Así que, de nuevo, NO.

Teníamos que aprobar un nuevo Reglamento de Organización que, con carácter previo a su aprobación por el Consejo, debía contar con un informe preceptivo del Consejo Consultivo. El informe del Consultivo llegó, y a pesar de la dureza de su contenido, calificando el texto prácticamente de ilegal, se pretendió su votación y aprobación. Más NO, NO y NO.

Y cuando las discrepancias comenzaron a evidenciarse, las protestas y denuncias de incumplimientos de la puesta en marcha de la Ley 12/2014 eran calificadas en los medios de comunicación como discrepancias "políticas" en el mejor de los casos. Y digo mejor, porque lo que no lo era, era lo de siempre: las vedettes no estaban respondiendo a lo esperado. Básicamente se nos tachó de histéricas enfurecidas o gritonas, o califas que aspiramos al puesto del presidente.

Hillary Clinton luchó contra esta misma clase de sexismo durante su campaña electoral: si una mujer habla alto, es una chillona. Mientras que un hombre es apasionado, defiende con vehemencia sus ideas.

Nunca escuché que mis compañeras de Consejo aspirasen a la Presidencia del mismo, pero si alguna de ellas lo hubiese hecho, ¿cuál era el problema? ¿No es tan legítimo que una mujer tan o más preparada que el actual presidente quiera ejercer la Presidencia del Consejo Rector? Pues no, no es legítimo. Es un ejercicio vil y rastrero de deslealtad. Una aspiración espuria, propia de ti, mujer corrompida por tus aspiraciones de poder.

Tres mujeres, tres consejeras, propuestas por tres partidos políticos diferentes -y seguramente, con diferencias ideológicas- dijimos que NO porque era eso lo que nuestro criterio profesional nos decía, porque, a todas luces, lo que se elevaba al seno del Consejo no era o lo acordado, o lo legal, o simplemente lo que la Televisión Autonómica necesitaba. Y lo que, añado ahora, sigue necesitando, porque si algo tuvimos claro desde el principio es que las televisiones autonómicas viven un momento complicado en la definición de su papel en un entorno donde todo ha cambiado. Sin embargo, de eso, precisamente de eso, nunca hablamos en el Consejo. De eso solo hablábamos nosotras, y hartas de que no se hablase de lo que se tenía que hablar, mis dos compañeras dimitieron.

Maria José Bravo de Laguna, apenas tres meses después de nuestro nombramiento, envió una primera carta al presidente -remitió copia al resto de consejeros- donde expresaba sus primeras preocupaciones sobre el devenir del Consejo y que se produjeran lo más básicos incumplimientos.

Su carta de dimisión confirmó el hartazgo con esta situación y su vocación de formar parte de otro proyecto de Televisión Autonómica, y no de este, que es más de lo mismo, o peor.

Marian Álvarez lo dijo también muy pero que muy claro en sus tan duros como acertados 8 folios de carta de renuncia:

"(...) decir que el Presidente del Consejo Rector ha sido incapaz de propiciar acuerdos o consensos es un eufemismo. No es una cuestión de incapacidad, que en el caso del presidente del Consejo Rector estaría en otra esfera, es una falta de voluntad. Una ausencia total de voluntad de cumplir la Ley y permitir que el Consejo Rector fuera el Gobierno democrático de la Radio y la Televisión Públicas de Canarias que mandata la legislación vigente".

Por cierto, el portavoz parlamentario de Coalición de Canaria llegó a decir que no la había escrito ella. No sé si dudaba de que una periodista sepa escribir o de que una mujer sepa pensar. O ambas. Lamentable.

Tras su dimisión, algunos abrieron botellas de champán francés o prepararon gin tonics llenos de bayas rosas. O todo ello y más, que los gustos alcohólicos pueden ser variados. Pero luego se enteraron de que yo no había dimitido -ni pienso dimitir- y se les congeló la sonrisa. También se han recrudecido los ataques. No me asusto. Sé lo que hay detrás de ellos: el "reparto", una palabra como otra cualquiera para titular una columna.