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'MasterChef Celebrity', o mi cabreo con la televisión pública a las dos de la mañana

14/12/2016 11:01 CET | Actualizado 14/12/2016 12:32 CET
RTVE

Llevo un rato dándole vueltas. Pero tengo tanto, tanto sueño que no sé ni cómo arrancar este post. No sé por dónde empezar. Me corroen la indignación y el enfado, la indefensión y el mosqueo ante la hipocresía. Pero sobre todo me corroe el sueño. Es el protagonista de mi día de hoy y no podía empezar este texto con otra cosa que no fuera él.

La culpa es mía, por supuesto. Por meterme en la cama más allá de las dos de la mañana. Solo mía y, si hicieron como yo, también es su culpa, lo siento. Pero me indigna que el motivo de meterme en la cama a esas horas sea un programa de televisión, de televisión de entretenimiento ¿para toda la familia? y encima en la televisión pública.

Lo de MasterChef y lo de Televisión Española no tiene nombre. El programa cada vez va a más y lo cierto es que esta edición de famosos ha sorprendido. Aunque aparentemente no tenía mucho fin (actores, modelos y deportistas no buscan una carrera en el mundo de la restauración, claramente) y podría parecer que el formato estaba un poco vacío, la relajación de los jueces y la pasión y la guasa de los concursantes (a excepción, extrañamente, de María del Monte) han compensado con mucho más que con creces la necesidad de obtener un premio. Loles León, imparable e impagable en dúo cómico con Fernando Tejero, se ha coronado reina absoluta, por no hablar del intenso matrimonio de El Cordobés y Virginia Troconis y de, por supuesto, las dos grandes revelaciones de la temporada: Cayetana Guillén Cuervo y Miguel Ángel Muñoz. La final entre ellos podría haber quedado en empate y habríamos salido todos tan contentos; ahora, por favor, monten un bistró juntos.

Si hasta ahí todo muy bien, fenomenal. Lo que no es normal es que Televisión Española, pública, sin anuncios y sin necesidad de competir con nadie (o eso debería...) empiece a emitir el programa más esperado del día (22,8% de cuota de pantalla) al borde de las once de la noche. Ni que lo acabe nada menos que a la 1:57 de la madrugada. ¡Las dos de la mañana! Miren, que yo me levanto a las seis y media, señores (y además, aunque eso no le interese a nadie, para escribir del asunto, así que es la pescadilla que se muerde la cola).

¿Dónde quedaron las buenas intenciones y ese rotulito del reloj con "Este programa finalizará antes de las 12"?

No acepto pero sí entiendo que El Hormiguero acabe al borde de las once de la noche. Antena 3 es una televisión privada, tiene derecho a poner los anuncios que quiera y que la ley les permite, y a comenzar su programación fuerte a las tres de las mañana si le place. Pero que TVE intente bailar a ese son y que encima lo haga con un bodrio como Hora Punta (El Hormiguero será cansino o aburrido o repetitivo para algunos, pero no se le pueden negar sus méritos, la calidad de sus invitados ni sus cifras de audiencia).

¿Dónde quedaron las buenas intenciones y ese rotulito del reloj con "Este programa finalizará antes de las 12"? ¿De verdad se necesitan tres horas largas de programa y no irse a la cama hasta las dos de la mañana? ¿No es la pública la televisión de todos? ¿No hay nadie que se queje de esto? En el Congreso, sí, ahí debería ser. Jugar con el sueño, con los horarios de miles de españoles no es para menos. Más aún cuando se nos llena la boca con la conciliación y con salir a las seis de la tarde. ¿Para estar despiertos hasta las dos?

A lo mejor empezamos a escuchar quejas a partir de la semana que viene. Porque entonces empieza MasterChef Junior y serán los niños los que estarán despiertos hasta las doce y media, la una, las dos de la mañana. Un martes cualquiera. "No tienen colegio", dirán algunos. Si esa es excusa suficiente para que un chiquillo esté despierto hasta la una y media de la madrugada, apaga (la tele) y vámonos. Vámonos a dormir, por favor.

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