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El exceso de testosterona perjudica gravemente su política

09/02/2017 07:23 CET | Actualizado 09/02/2017 07:24 CET

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Foto: EFE

La relación de las mujeres con el poder ha sido, la mayor parte del tiempo, inexistente. Y cuando se ha conjugado ese binomio, el machismo patriarcal se ha lanzado sobre ellas en una suerte de agresividad a veces, de proteccionismo paternal otras tantas. El machismo y sus diferentes ramas, y sus diferentes facetas, siempre intentando aconsejar, someter, rebajar a una mujer en general y a una mujer con poder en particular.

La masculinidad, omnipresente en la vida pública, nos ha llevado inevitablemente a un embrutecimiento de las formas y, sobre todo, de los fondos en la política. No tanto por la presencia de hombres, sino por la ausencia casi absoluta de mujeres, y fundamentalmente, por la ausencia de lo femenino en la polis. Una mujer poderosa siempre es gritona, ambiciosa, tosca; un hombre poderoso siempre es convincente, determinante, fuerte. ¿Ven la diferencia? Una mujer poderosa, para pasar el examen masculinizante de la política, debería pedir permiso, debería ceder ante una sociedad que no le perdona que no pida paso. Con estos mimbres tenemos que hacer el cesto.

Estamos asistiendo en esta semana de febrero al vía crucis en directo y en abierto -una vez más, uno más- de las mujeres y de lo femenino en la vida pública. La testosterona de Podemos en plena efervescencia, Iglesias vs. Errejón, macho alfa vs. macho beta. Kramer contra Kramer. Agotador. Estamos asistiendo a la reafirmación de que lo masculino es lo que debe primar en política, las luchas de poder (que no de ideas), las luchas por ver quién de los dos machos se queda para pastorear al rebaño. Mi partido, el PSOE, está también en una situación delicada: tenemos que asistir a cómo un hombre, alto, guapo y bien vestido, nos "seduce" contándonos que ha venido al PSOE a salvarnos de nosotros mismos, prometiéndonos amor eterno, mientras se critica sin piedad a una mujer con poder llamándola, casi siempre, ambiciosa y trepa. Los cuentos de hadas y la influencia de sus roles en el lenguaje contemporáneo al servicio de la causa. Del PP y Ciudadanos mejor ni hablamos, ahí ya tenemos al gran padre protector que decide por las mujeres en el primer caso, y al que las aconseja y guía en el segundo.

En la historia de este nuestro país hemos tenido que vivir cómo la testosterona ha dejado demasiados estragos; contra Chacón y Leire Pajín vivimos las mayores cotas de machismo paternalista unas veces y violento, casi pornográfico, otras; contra Fernández de la Vega, los machistas de carné también tuvieron su espacio y su ágora. España es un país demasiado tolerante con el exceso de testosterona. Lo podemos seguir viendo en nuestros días si nos asaltan dudas.

Lo masculino y lo femenino son construcciones del lenguaje y, como tales, tienen poder porque representan ideas atávicas construidas y acumuladas durante miles de años. Revertir que lo masculino - no sólo los hombres- tiene que dejar espacio a lo femenino, entender que la mujer debe estar en cotas de poder, no porque se lo merece (que dirían los machistas paternalistas), sino porque lo ha conquistado por derecho, lo ha conquistado luchando contra el propio lenguaje y su poder, porque ha conseguido vencer a la inercia y al machismo a base de pedagogía y fuerza, es una cuestión de sentido común.

Dejemos de aconsejar, de proteger, de cuidar a las mujeres. Dejemos de una vez de aconsejarlas, de censurarlas. No somos sus padres, ni sus maridos, ni sus hijos. Somos sus compañeros, sus compatriotas. El exceso de testosterona nos perjudica como nación porque maniata nuestra identidad colectiva, nos limita como colectividad, nos aboca a no apostar por lo mejor de nosotros mismos. Yo, seguiré pensado en femenino.

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