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Gracias, Donald Trump

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Foto: EFE

Y Trump es presidente electo de los Estados Unidos. Así, sin anestesia. Creí que nunca vería a un ser que se vanagloria de ser machista, misógino y xenófobo, ponerse al frente del país de las libertades. Ver para creer. Estos tiempos que nos han tocado vivir son, sin duda, difíciles y complejos.

El auge de los nacionalismos y de los populismos, en Estados Unidos y Europa, está poniendo en serio riesgo la democracia y los acuerdos de paz a los que habíamos llegado como sociedad. Estamos asistiendo a cómo el cóctel de odio, vísceras y desvergüenza consigue arrancar millones de votos en el mundo, e incluso consigue llegar a presidir países.

Lo malo, presente y fututo, de la victoria de Trump es por todos conocido. Es por eso que va siendo hora de empoderarnos frente a los que desprecian y humillan. La victoria de Trump debería servirnos para ponernos a trabajar de inmediato en romper el techo de cristal: ya va siendo hora de dejar de tutelar a las mujeres para dejar que sean ellas quienes tutelen nuestros países, sin más demoras. La importancia del feminismo es ahora más determinante que nunca; se están poniendo en serio riesgo las políticas de igualdad, y se está construyendo un peligroso cordón sanitario, a veces tácito, en torno a la mujer empoderada que no pide paso y que, por el contrario, abre paso. Hay que darle las gracias a Trump por contribuir a crear un ejército cada vez más grande de ciudadanos libres y decentes que apuesten de un modo activo por la igualdad efectiva.

Ya era hora de que nos apeáramos de esa realidad de unicornios rosas y nubes de algodón de azúcar en la que estábamos inmersos.

Qué duda cabe de que el discurso profundamente xenófobo de Trump ha calado decisivamente en la sociedad blanca, cada vez más desencantada con una política que asumen lejana y distante; es decir, ha ganado gracias a la América profunda, esa América que apuesta por las armas y que odia a las mujeres libres, pero también ha ganado por esa América pijoburguesa que se deleita con un hombre bravucón que tiene al lado una señora pluscuamperfecta del estilo Wisteria Lane. Ha ganado el machismo y la xenofobia; ha ganado el odio, un odio ante el que nos rebelamos.

Todos tenemos nuestra propia hipótesis de por qué ha ganado Trump, y también del por qué ha perdido Hillary (conspiraciones sobre Sanders aparte), y seguramente en todas de ellas hay parte de razón. En cualquier caso, lo que no podemos es quedar impasibles ante este dolor, no podemos caer en la inacción como sociedad, que es precisamente lo que anhelan los que apuestan por el odio.

Hay que ponerse enfrente de gente como Trump, Le Pen, de los del Brexit y de tantos otros empeñados en levantar muros, condenar a inmigrantes a la miseria, o humillar mujeres. Y también hay que agradecer que esa gente exista y que llegue hasta cotas tan altas de poder, porque así nos recuerda que como sociedad no podemos bajar la guardia ahora, ni debimos bajarla hace años, cuando creíamos que los tiempos oscuros de guerras y entreguerras habían terminado para siempre, cuando estábamos inmersos en cuentos de hadas autoimpuestos.

Debemos empezar a construir con urgencia una sociedad mejor. Debemos no callar ante actitudes machistas, xenófobas y otras fobias. Debemos apostar por una sociedad más decente. Tiempo habrá de reflexionar sobre el porqué y el por qué no de populismos, nacionalismos y otras bestias, pero yo, hoy, desde la tristeza y la rabia más profunda, agradezco a Donald Trump que haya constatado que lo peor del ser humano siempre se rearma, agradezco que nos haya dado a la sociedad un baño de realidad, que nos haya bajado de ese púlpito de Wonderland en el que nos encontrábamos. En un mundo en el que miles y miles de seres humanos mueren en un mar que antaño fue fuente de vida, en un mundo en el que Europa cierra sus fronteras, en un mundo en el que las mujeres cobran menos que los hombres, y un sinfín de injusticas más, ya era hora de que nos apeáramos de esa realidad de unicornios rosas y nubes de algodón de azúcar en la que estábamos inmersos.