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La marmota es independentista

12/07/2017 07:28 CEST | Actualizado 12/07/2017 07:28 CEST

En estos tiempos de gatillo verbal fácil y de razones absolutas, cuasi teológicas, intentar hablar desde la razón, desde una posición serena y franca no suele ser interesante; incluso pareciera a veces un ejercicio de cinismo o de prepotencia. Hasta esos niveles de estulticia hemos llegado, a pesar de las intentonas e intentos serios de hacer de España un país sensato, un país más libre.

La llamada "cuestión catalana" nos trae de cabeza a propios y extraños, en tanto y en cuanto todos formamos parte de este proyecto colectivo llamado España, aunque haya quien entienda España por exceso o por defecto. De burros, España no se libra ni en esta democracia consolidada. La primera reivindicación que deberíamos hacer los progresistas es usar el término "España" con más desinhibición, como hicieron en la Segunda República Clara Campoamor o Manuel Azaña; usar España desacomplejadamente es el primer paso para intentar desatar los nudos de ignorancia y patetismo que nos ahogan como colectividad. Eso sí, abandonemos de una vez el concepto dogmático que se hace del topónimo: cada uno entiende y debe entender España como le dicte su biografía, su cosmovisión, su naturaleza. España no es una, grande y libre; esa España, ese intento mitológico del franquismo de hacer de España algo que nunca fue, es algo que ha ido matando poco a poco esta democracia nuestra, aunque quede mucho por hacer y tengamos que sacar de las cunetas la barbarie y la pena.

El nacionalismo, esa enfermedad infantil, ese sarampión de la humanidad que diría Einstein, nunca ha construido progreso, nunca ha hecho de las sociedades donde ha surgido espacios mejores, más libres y justos; más bien todo lo contrario. El nacionalismo no tiene apellidos, es una barbarie ideológica venga de donde venga, de España, de Catalunya o de Escocia. Levantar muros, derribar puentes y fracturar una sociedad no está en el ideario de una persona que tenga a bien llamarse progresista; colaborar con el nacionalismo, sea por activa o por pasiva, es apostar por el embrutecimiento de la política y la infantilización de las sociedades.

El intento del independentismo catalán de celebrar una nueva consulta este próximo otoño es un insulto a los propios catalanes.

El intento del independentismo catalán de celebrar una nueva consulta este próximo otoño es un insulto a los propios catalanes, que deben comenzar a hartarse de estar inmersos en este día de la marmota perpetuo: cada otoño, una consulta inútil; esa es la hoja de ruta del independentismo catalán, crear frustración, desigualdad y miseria. Mientras se habla de banderas y sentimientos nacionales, Puigdemont y Junqueras dejan fuera de plano, por ejemplo, los recortes en la Sanidad Catalana, que recordemos tiene transferidas las competencias por lo que no sirve acusar a la malvada España de tener a los enfermos catalanes en condiciones más propias de un país no europeo.

El Derecho Internacional es claro; para que Catalunya pudiera separarse de España tendría que ser un país ocupado, sufrir genocidio o ser una ex colonia. Ninguno de esos tres supuestos los cumple Catalunya. Pero con el Derecho solo no basta. El que debiera ser el interlocutor en esta ceremonia de la confusión ha decidido hacer dejación de funciones; Rajoy ha preferido sentarse a esperar cómo se descompone la sociedad catalana, que le importa bien poco, para mientras frotarse las manos y ver cómo el nacionalismo español le rinde pleitesía por no ofrecer ni un atisbo de diálogo a los malvados catalanes. Al frente de Catalunya políticos abonados a la víscera y la sinrazón; al frente de España no hay nadie. Los nacionalismos español y catalán haciéndose el juego, usando de escudo humano a los catalanes para seguir alimentando a sus respectivas bestias.

La solución, compleja, pasa por un debate franco y limpio. No solo basta con apelar al artículo 155 de la Constitución, pero tampoco es propio de demócratas desdeñarlo. Defender un artículo constitucional es, sencillamente, un acto profundamente democrático, al igual que cambiarlo; lo que no es de recibo es despreciar un artículo constitucional sin aportar ninguna solución; así pues, no estaría de más que esa gente que contribuye a esta ceremonia de la confusión guardara silencio de vez en cuando.

Los que creemos que Catalunya tiene encaje en España y que España quiere que Catalunya encaje, seguiremos luchando por contribuir a derribar esta ceremonia de la confusión, seguiremos apostando porque las fuerzas de izquierda abandonen esta pijoprogresía que les invade y empiecen a crear espacios colectivos donde el respeto y los valores democráticos sean la norma y no la excepción. Los nacionalismos español y catalán son bestias que, como sociedad, tenemos la obligación de combatir a golpe de razón y argumento.