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Las complacientes tesis de la pijoprogresía narcisista frente al fascismo

26/04/2017 13:05 CEST | Actualizado 27/04/2017 07:21 CEST

EFE
El lider de Podemos, Pablo Iglesias, durante el acto de cierre de campaña de Melenchon el pasado 21 de abril de 2017. EFE/Etienne Laurent

Son tiempos difíciles para el progreso. La primera vuelta de las elecciones francesas es otro paso más en este avance de los populismos, racismos y otras bestias, otro obstáculo en el intento de los seres humanos por entenderse, por derribar muros y por apostar por la fraternidad como modus vivendi.

De las posiciones conservadoras, siempre tan reaccionarias, me lo espero casi todo, también el hecho de que caigan rendidos a los pies de la xenofobia y en pro de nacionalismos varios; no me esperaba, en cambio, de parte de la autoproclamada izquierda verdadera –Mélenchon, Iglesias Turrión- unas posiciones tan tibias con el neofascismo que nos invade.

Hay una izquierda pijoburguesa que pone palos en las ruedas del progreso y de la concordia; esa izquierda de corte intelectualoide que habla para el pueblo como si el pueblo fuese un impedido intelectual actúa de freno para las pretensiones de los progresistas de hacer de este mundo nuestro un lugar más decente para vivir. Parte de Podemos y un sector mínimo del PSOE justificando que Mélenchon no se decida por votar a Macron frente a la fascista Marine Le Pen es un ejercicio que deja fuera de juego a cualquier trilero que se precie.

Cuando tus principios te impiden frenar al fascismo, revisa tus principios; los demás no tenemos culpa ni de tu miopía política ni de tu insolidaridad pijoburguesa.

Estoy teniendo que escuchar demasiado en estos tiempos que nos ha tocado vivir. Esta izquierda pijoburguesa que habla desde los púlpitos de las universidades erigiéndose en defensora de gente que le importa más bien poco juega con el lenguaje de un modo obsceno. Justifican que Mélenchon haga un referéndum a sus militantes para decidir si apoyan a Macron o no. Yo me pregunto: ¿qué hay que decidir ante el fascismo? ¿Qué duda razonable hay para no frenar al fascismo? Es peligroso jugar así con los discursos, es difícil de explicar que esta izquierda narcisista decida guardar silencio ante el regreso de la extrema derecha.

Cuando tus principios te impiden frenar al fascismo, revisa tus principios; los demás no tenemos culpa ni de tu miopía política ni de tu insolidaridad pijoburguesa. Mélenchon, Iglesias o los sectores del PSOE que defienden esta postura, ¿acaso han pensado qué votaría un refugiado? ¿Acaso han pensado si los refugiados, a los que tanto defienden en grandilocuentes discursos, tendrían la más mínima duda ante la disyuntiva Macron-Le Pen? Por favor, dejen de tomarnos el pelo. Los que somos de izquierdas y apostamos por el progreso lo tenemos bastante más claro: los refugiados no merecen este nivel de cinismo. Esperan a las puertas de Europa, de esta Europa insolidaria, y hay gente aquí que los usa como mera arma electoral. Dudar entre Macron o Le Pen es, simplemente, apostar por la ignominia en política.

En estos tiempos de modas, de la política con minúscula, en estos tiempos en los que indignarse con techo y comida es fácil pero luego dudamos si frenar al fascismo o no, hay que hablar, más que nunca, con desinhibición: yo votaría a Macron, hubiera votado 'No' en el Brexit y hubiera votado a Hillary Clinton. Votar lo contrario, para un progresista, es no tener claras las prioridades, es no saber que proteger al débil debe ser lo primero, que el lenguaje tiene la capacidad de generar ilusión o de generar odio, que no todo vale para ganar votos.

Empiezo a estar hastiado de esta izquierda pijoburguesa que no quiere construir progreso, que nos habla desde el salón de casa a modo de telepredicadora, que nos interpela y nos zarandea ante la injusticia pero que luego mira hacia otro lado, que olvida a los refugiados y que calla ante el fascismo. Una izquierda que tiene que preguntar a su militancia si defiende o no los Derechos Humanos en un referéndum es una izquierda inútil incapaz de construir progreso. Los progresistas debemos combatir también el odio que se siembra desde estos sectores; no podemos callar ante un juicio sumarísimo a los Derechos Humanos.

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