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Panfletos y soflamas del nacionalcatalanismo

14/09/2017 07:22 CEST | Actualizado 14/09/2017 07:23 CEST
EFE

Dice el refrán que 'a río revuelto, ganancia de pescadores'; y, visto lo visto, la crisis económica y política ha sido un río especialmente revuelto del que los pescadores independentistas han pescado sin parar. Rajoy intentó hacer lo mismo, creyendo que un conflicto con Catalunya le beneficiaría en el resto de España, y se empeñó en ello: que si recurro el Estatut en el Tribunal Constitucional, que si recojo firmas para hacer un boicot en toda regla a los productos catalanes... Y finalmente ha pasado lo que ha tenido que pasar cuando uno juega a hundir la flota: que los barcos acaban por hundirse.

El independentismo catalán, por su parte, ha decido que nada les vale y que a todo tienen derecho, aún a costa de los derechos del resto. Este nacionalcatalanismo cargado de dogmas, verdades absolutas y corrupción, aderezado con una pizca de fascismo romántico y pragmático, ha decidido pasar por alto las leyes nacionales e internacionales para construir una Arcadia, una quimera, una estafa. Cargados de razones proclaman, principalmente, dos soporíferas soflamas que pretenden que el resto asimilemos sin pasar por el tamiz de la razón. A saber:

  1. Tenemos derecho a votar. Esta frase panfletaria es de primero de mentira. Cuando dicen "tenemos derecho a votar" no alcanzo a entender a qué se refieren exactamente. Los supuestos legales para un referéndum están estipulados en nuestra legislación, que es la que nos otorga derechos y libertades. Un referéndum no es un arma democrática per se, y por supuesto el mero hecho de votar en referéndum no legitima una posición que no es democrática de base. Como ejemplo, Croacia decidió en referéndum abolir el matrimonio igualitario, y hasta el mismísimo Franco hizo dos referéndum, en 1947 y en 1966. Siguiendo las tesis de los independentistas, que pretenden hacer un referéndum a medida, los ejemplos anteriores serían válidos, porque para ellos todo lo que salga de las urnas, aunque se aleje de los Derechos Humanos, lo es. Por cierto, recordemos que la Generalitat, con Artur Mas a la cabeza, ordenó a los Mossos retirar las urnas del multireferéndum de 2014: referédum vendo que para mí no tengo.
  2. El derecho de autodeterminación. El nacionalcatalanismo afirma sin pudor que ellos tienen el derecho de autodeterminarse y ya está. Llegados a este punto, más propio de Valle-Inclán que de otra cosa, hay que comenzar a repasar los textos internacionales. En ninguna Constitución del mundo está recogido el derecho de autodeterminación, salvo que quieran tomar como ejemplo las Constituciones de Etiopía y del Archipiélago de San Cristóbal y las Nieves. Los textos internacionales en los que se apoya la fallida Ley del Referéndum catalán nos dicen que "el derecho de libre determinación no autoriza ni fomenta acción alguna encaminada a quebrantar o menoscabar, total o parcialmente, la integridad territorial de Estados soberanos e independientes". Los independistas saben, por tanto, que el derecho de libre determinación de los pueblos avala que un estado se separe de otro bajo tres únicos supuestos: que sea una ex colonia, que sea un país ocupado o que sufra genocidio; por eso son los propios independentistas quienes, paradójicamente, han prohibido el derecho de autodeterminación en su hipotética y futurible República Catalana. Por otra parte, la Comisión Europea para la Democracia por el Derecho, también conocida como Comisión de Venecia, ha sido taxativa: el referéndum debe respetar la Constitución española. También fue rotunda la Comisión de las Regiones de la Unión Europea en el mismo sentido. La propia Unión Europea se creó para derribar fronteras, no para crear nuevos muros, de ahí que validar la independencia de Catalunya sea para la Unión una forma de fomentar procesos de ruptura también en Francia, Italia o Bélgica. Es evidente que el independentismo miente a los catalanes con su mantra; un Estado no se construye por las bravas sino porque la Comunidad Internacional te reconozca como tal.
Los catalanes a los que el independentismo desprecia, los que no luchan por la división sino por el acuerdo, son los que deben combatir este totalitarismo y expulsar de la vida pública el peligroso virus del nacionalcatalanismo.

El discurso nacionalcatalanista, como todas las exaltaciones territoriales, no cabe de facto dentro de estados democráticos; de hecho la legislación internacional se ha cuidado mucho de protegerse contra ese tipo de movimientos. Todos los nacionalismos han hecho lo mismo para intentar doblar al estado de derecho: apelan a un pueblo que les otorga poderes absolutos para ir por la senda que solo ellos tienen la capacidad de iluminar, pasan por encima de los órganos democráticos o incluso los retuercen, casi siempre sufren un auge en tiempos de crisis, e inevitablemente necesitan a un chivo expiatorio con el que justificar sus golpes totalitarios. Les animo a leer sobre la historia de nuestro negro siglo XX para comprobar hasta qué punto llegan los fascios y los nacionalismos exaltados varios.

Forcadell y Puigdemont han consumado un golpe totalitario contra el Estado de Derecho, del que, paradójicamente, Puigdemont es la primera autoridad en Catalunya. Debería saber el President que lo es porque sus poderes emanan de la Constitución Española, que es la garante primera de sus derechos; igual que debería saber que el fascismo romántico y pragmático que practica él y, muy especialmente Carme Forcadell, es más propio del siglo XX que del XXI. Si el estado que los independentistas quieren construir tiene como base la ruptura de los derechos y libertades, la afrenta y el fascismo más abrupto, deben saber que el Estado de Derecho no se arrodilla ni tolera chantajes; nos hemos blindado contra el fascismo romántico, hemos construido cordones de seguridad alrededor del fascismo pragmático y no toleramos afrentas ni dedos acusadores: los catalanes a los que el independentismo desprecia, los que no luchan por la división sino por el acuerdo, son los que deben combatir este totalitarismo, son los que deben hablar con desinhibición y expulsar de la vida pública el peligroso virus del nacionalcatalanismo.