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Reflexiones de un hombre feminista

05/03/2017 19:57 CET | Actualizado 08/03/2017 07:24 CET
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Los hombres feministas tenemos que empezar a hablar y a expresarnos con desinhibición. Sin esperar palmadas en la espalda ni caras de sorpresa o agradecimiento. Interiorizar la lucha feminista es hacer de ella también nuestra lucha, asimilar los valores del feminismo es empezar a construir una sociedad más justa e igualitaria. Una sociedad más libre.

Masculino y femenino son posiciones del lenguaje y por tanto, conceptos asumibles y necesarios para todos y cada uno de nosotros. Ser hombre y feminista no significa rechazar lo masculino, sino más bien, asimilar lo femenino. Pensar como hombre feminista es un ejercicio, en parte, de deconstrucción, pero no de rechazo de lo masculino. Renunciar a lo masculino sería abandonar el pensamiento feminista de igualdad y equidad; de hecho, el feminismo no nos habla de renuncias, sino de conquistas, de parcelas ganadas al heteropatriarcado.

Ser hombre y feminista es afirmar que lo femenino forma parte de nuestra identidad, forma parte de nuestra esencia como hombres. Para la construcción de nuevas masculinidades, además de iniciar un proceso fundamental de deconstrucción del heteropatriarcado en nuestra identidad, es también imprescindible iniciar un proceso de construcción de lo femenino. Las herramientas de un hombre feminista se hallan en este empoderamiento de lo femenino, en este ejercicio constante de asimilación dentro de nuestro proceso de construcción de nuevas masculinidades.

Solo desde la afirmación de lo femenino y del no rechazo de lo masculino podremos construir una sociedad más libre con ciudadanos y ciudadanas más libres e iguales.

La posición de los hombres feministas es, a veces, susceptible de querer ser censurada, acallada o ridiculizada. Los hombres feministas no gustamos al heteropatriarcado, cuestionamos la raíz del machismo, y hacemos gala de apostar por una abolición proactiva del mismo, en todas sus vertientes. Los y las machistas nos califican de "poco hombres", "radicales", "locos" y un sinfín de piropos más. No nos perdonan querer romper el status quo que tan bien le va a los machismos, a todos, al sobreprotector y al violento, al que cree que hay que dejar pasar primero a las mujeres y al que cree que las mujeres no valen para nada que no sea obedecer; ambos comparten la misma raíz, pero usan estrategias diferentes de sometimiento.

Los hombres feministas tampoco gustamos al feminismo académico u ortodoxo. Muchas veces, en debates en foros feministas o en redes sociales, me han dejado muy claro que "por el hecho de ser hombre ya no se puede ser feminista". Para este sector ortodoxo, los hombres tenemos incrustada en nuestra propia esencia la semilla del mal del heteropatriarcado, por lo que no hay salvación posible. Este sector concibe el feminismo de un modo más religioso que político, más como un camino de salvación que como un instrumento de cambio político y social.

Los hombres feministas apostamos por una lucha mano a mano con las mujeres, construyendo espacios colectivos, siendo conscientes que al heteropatriarcado le ganamos entre todos y todas, sumando voluntades, generando identidades diversas dentro de una lucha común.

Los hombres feministas tenemos que iniciar un camino de búsqueda y de trabajo con nosotros mismos. Tenemos que alejarnos del ruido del heteropatriarcado y de las ortodoxias y apostar por el feminismo como proceso transformador de creación de nuevas masculinidades. Solo desde la afirmación de lo femenino y del no rechazo de lo masculino podremos construir una sociedad más libre con ciudadanos y ciudadanas más libres e iguales.