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Sobre el odio, el voyeurismo y la cultura

18/08/2017 09:04 CEST | Actualizado 18/08/2017 09:04 CEST

EFE

Es en esta sociedad nuestra, abonada al odio y a la barbarie, donde debemos desenvolvernos y ser cada vez más nosotros, a pesar de que disfrutemos, como en La Vida De Brian, de lapidar a todo el que se ponga por delante, o de ver cómo otros lapidan al de enfrente. El último y triste ejemplo lo tenemos en Heather Heyer, asesinada por los bárbaros supremacistas blancos del estado de Virginia. El odio no descansa.

Días ha tardado Donald Trump en condenar al Ku Klux Klan y a otros grupos de similar tendencia a la psicopatía; por aquello, seguramente, de disfrutar con la sensación de estar legitimando el odio con su silencio. Trump, y otros muchos, se han comportado como auténticos voyeurs, como espectadores de un circo romano burdo y zafio; han hecho, en definitiva, de la promoción del odio su estilo de estar en el mundo.

El odio, la violencia, tienen un componente estructural en cualquier sociedad o tiempo al que dirijamos nuestra mirada; toda sociedad y todo tiempo han hecho de la violencia y el odio una forma de control social, impregnando y justificando las normas sociales de un pestilente odio. Desde Mesopotamia hasta nuestro fantástico primer mundo, la violencia, más o menos evidente, más o menos consensuada, ha sido uno de los pilares sustentadores que han contribuido decisivamente a la construcción de nuestra identidad social.

La última víctima conocida de esta espiral de odio social es la joven de 32 años Heather Heyer, a la que nunca podremos agradecer ya su integridad y su defensa de la dignidad humana.

Bajo la deslumbrante pátina de la violencia se han justificado históricamente las mayores atrocidades, se han silenciado las mayores injusticias. El silencio ha sido siempre un colaborador necesario con cualquier comportamiento de odio, y el miedo ha sido el rehén al que ha agarrado bien por el pescuezo cualquier tirano para así someter de un modo más certero a la sociedad o colectivo al que quería subyugar. Y en esas seguimos. Y, visto lo visto, en esas seguiremos. Donald Trump ha guardado el silencio justo para sembrar la semilla de que el odio no merece una condena inmediata, y por tanto, en una suerte de ruleta rusa, ha legitimado que el comportamiento violento, que el racismo, que el odio en definitiva, no son comportamientos susceptibles de ser censurados con todas las armas de la democracia. Como cualquier voyeur que se precie, ha esperado el momento justo para no ser descubierto como el voyeur violento que es; ha esperado el momento para escapar en el que sabía que su silencio delataba inevitablemente ya su voyeurismo, en este caso haciendo una crítica en diferido a los supremacistas blancos. En síntesis, es una más de las mujeres barbudas de La Vida de Brian dispuestas a consentir, con su silencio, y si no las descubren, el comportamiento violento sin ambages.

Una de las últimas víctimas de esta espiral de odio social es la joven de 32 años Heather Heyer, a la que nunca podremos agradecer ya su integridad y su defensa de la dignidad humana. Es desolador comprobar el grado de tolerancia que tenemos a la violencia, la insensibilidad que demostramos ante las víctimas de odio, la poca justicia social con la que les reconocemos su valía. No hay consuelo al comprobar que la violencia se está convirtiendo en un modo válido de relacionarse, en un modo legitimado de ser. Debemos despertar como sociedad, y alejarnos de la posición de mero espectador, de voyeur; debemos dar un paso al frente y usar la cultura y la civilización como un método eficaz para corregir (o sublimar) la violencia. Deberíamos saber que una vida en perpetuo silencio ante las injusticias es el primer paso para no erradicar la violencia.