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Las decisiones y los vinos que cambiarán el mundo

31/03/2016 07:03 CEST | Actualizado 31/03/2016 11:00 CEST

Hace ya muchos años que no veo la ceremonia de entrega de los Oscar. No porque no me guste, pues suele ser un evento entretenido, sino porque madrugo mucho y no me lo puedo permitir. Sí suelo tratar de cotillear qué ha ocurrido al día siguiente, sobre todo porque las películas premiadas no suelen estar mal. Ahora, con una niña de dos meses, apenas puedo ver una serie a trozos, pero sigo tratando de enterarme. 

Aunque no atendí ni a un 5% de la ceremonia, dudo que haya habido momentos mucho más interesantes que el discurso del señor DiCaprio al recoger su premio. Si uno brujulea un poco en su trayectoria, comprobará que aparte de un buen actor, es un tipo comprometido con muchas causas. Dirán los más progres que, como es un despreciable millonario, sus acciones carecen de mérito, pero con sus millones y su tiempo ha decidido hacer algo objetivamente bueno. Podría seguir la estela de los árabes del petróleo con descomunales trasatlánticos, o coleccionar Ferraris, como el hijo de un conocido político en horas bajas, y sin embargo, ha decidido que el futuro de nuestro mundo es una buena opción para invertir. 

Creo que el mensaje es bastante claro y responde a una realidad que podemos palpar. 2015 ha sido el año más cálido desde que existen registros, y no tiene pinta de que 2016 vaya por mejor camino. El mundo se está convirtiendo en un lugar en el que cada vez es más difícil vivir, y, si esto sigue su progresión, los hijos de nuestros hijos heredarán un planeta hostil y despiadado, aún más. Los primeros en pagar además, serán los de siempre. 

También creo que el paisaje atroz que describía de Cormac McCarthy en La carretera no se encuentra tan lejos como podríamos creer. Y estoy de acuerdo con este señor en que no basta con sentarse y esperar a que las cosas cambien. Porque esos hijos de nuestros hijos recordarán que sus abuelos pudieron hacer algo, y sin embargo, se cruzaron de brazos o pusieron la vista hacia otro lado. 

Miren, comulgo mucho con algunos postulados de Fernando Savater, y especialmente con el pesimismo activo. Quiere decir que si algo puede salir mal, saldrá mal... si nadie hace nada. La actitud de esperar que otros actúen, en un mundo cortoplacista del beneficio inmediato nos conduce directamente al abismo. Porque sí se pueden hacer cosas. Y porque para que el mal triunfe, basta que los buenos no hagan nada. 

Se puede apoyar a líderes que lleven en sus programas la lucha contra la contaminación y el cambio climático, y exigirles que cumplan con el voto. Se puede utilizar el transporte público, también las bicicletas, se pueden llevar al súper las bolsas de casa, y buscar envases de alimentos sin plástico, o elegir al menos aquellos que no tengan siete paquetitos innecesarios. ¿Es necesario que cada magdalena lleve un envoltorio? Se puede reciclar, no de Pascuas a Ramos, sino siempre, y bien. Incluso se puede meter la botella de plástico en el cubo correcto, aunque no sea nuestra. Seguro que el que pasa al lado, aprende algo. También se puede optimizar el consumo de calefacción. Se puede consumir menos carne, porque es sano y porque las flatulencias de las vacas causan el 15% de la emisión de los gases de efecto invernadero. Se puede evitar el uso de aerosoles. Se puede usar menos papel e imprimir sólo lo que sea necesario. 

Se pueden consumir productos respetuosos con el medio ambiente. Y también se puede cuidar del paisaje y, por tanto, del planeta, bebiendo vino. 

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Foto: ISTOCK

Hoy en día, una parte del mundo del vino es especialmente sensible a la contaminación humana y al cambio climático. Muchos de ellos ya han sufrido con dureza las consecuencias del calentamiento, con maduraciones extremas, con lluvias torrenciales y con sequías. Otros han visto cómo sus suelos morían o agonizaban hasta la desertización, porque en ellos la vida ha sido diezmada a base de pesticidas y tratamientos. Muchos continúan el círculo vicioso, rehenes del fitosanitario, dándose cabezazos contra la pared. 

Pero unos pocos han decidido cambiar las cosas, buscando prácticas ecológicas, sostenibles y respetuosas desde varias filosofías, desde la mínima intervención y el producto natural hasta quienes desde la biodinámica buscan devolver el equilibrio al entorno y que la vida retorne. No es una batalla fácil. Las plantas que les daban de comer deben desengancharse, como un toxicómano, y muchas no sobrevivirán. Otras sufrirán con dureza. Y hace falta paciencia. Se pierden cosechas, los rendimientos bajan, en ocasiones hasta lo ridículo, pero los valientes persisten y el resultado merece la pena, porque los vinos en los que toma forma este trabajo suelen ser un éxito por su sinceridad y su capacidad de reflejar el paisaje como nunca. 

Es posible, también, cambiar las cosas bebiendo vino. Porque si todos demandamos una forma de trabajar respetuosa con el medio ambiente, disfrutaremos de vinos únicos, singulares y con una gran tipicidad.

Dice José Luis Mateo, uno de los más honestos viticultores que he conocido, que tan solo quiere dejar para sus hijos una tierra mejor y más viva de lo que se la encontró. ¿Se imaginan que todo el mundo trabajase en lo que fuera con esta premisa? ¡Qué diferente sería el mundo! Por eso les insisto en que es posible, también, cambiar las cosas bebiendo vino. Porque si todos demandamos esta forma de trabajar, disfrutaremos de vinos únicos, singulares y con una gran tipicidad, pero sobre todo contribuiremos a que estas prácticas sean también, una oportunidad para distinguirse en el mercado. 

Sí, sabemos que ya hay gente que no es honesta con esto, y que afirma ser ecológico sin serlo, con el único fin de vender más. También sabemos que las certificaciones que acompañan a las etiquetas no siempre son justas, especialmente con muchos que son sostenibles y no las tienen. Así que busquen información, comparen, juzguen y, sobre todo, disfruten. 

Hace tiempo que tiendo a decantarme por este tipo de opciones, y les aseguro que rara vez hay grandes decepciones. Sin embargo, últimamente he probado vinos deliciosos. En Francia, donde en cuanto a vinos en respeto con el medio ambiente llevan bastante ventaja, he disfrutado mucho últimamente con los tintos de Leon Barral, de Marcel Lapierre o de Philippe Jambon...

De vuelta a España encontramos en Cataluña posiblemente uno de los mayores exponentes: Parvus de Alta Alella, uno de los clásicos del ranking, nunca me ha fallado. Tampoco los cavas de Recaredo, los trabajos de Terra Remota en el Empordá y, muy especialmente, el trabajo de Sara Pérez en Priorat y Monsant. Tambien Laureano Serres, Ton Rimbau o Escoda Sanahuja en el lado más radical. Y muchos más, como Samuel Cano en La Mancha, Barranco Oscuro en la Alpujarra, Fabio Bartolomei en Madrid, Alfredo Maestro, Ismael Gozalo, Barco del Corneta. También gente como Sebio, Pilar Higuero, Bernardo Estévez o Esther Teijeiro en Galicia... ¡Y muchísimos más! No hay excusa para no beber sostenible de vez en cuando.