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Alguien se fumó la moqueta en el debate de las presidenciales francesas de anoche

04/05/2017 14:48 CEST | Actualizado 04/05/2017 16:22 CEST

Getty Images

Me encantan las películas de terror, la intriga y el susto. Es un miedo lúdico. Es diversión. Pero lo de anoche viendo el debate Le Pen-Macron fue un escalofrío intenso y prolongado. Muy real. Dos horas y media de verdadera tensión. No me tapé los ojos, como a veces me ocurre durante un thriller, pero confieso que tuve que alejarme del televisor un rato para seguir escuchando el duelo en la radio. Para respirar, para moverme e intentar combatir la desazón ante semejante descarga de violencia y agresividad.

Los moderadores debían estar tan apabullados como yo, porque apenas se atrevían a intervenir. Facebook me hizo reír por un instante con una falsa alerta muy ocurrente en la que se anunciaba la desaparición de los dos periodistas del debate.

Cuando dos políticos se sientan frente a frente para convencer al pueblo de votar por ellos a cuatro días de las elecciones, lo que espera el pueblo es escuchar argumentos que le ayuden a decidir quién será el candidato que mejor podrá resolver los innumerables problemas a los que se enfrenta el país.

En Francia, el paro aumenta, el terrorismo acecha, el campo se muere y los agricultores se suicidan. Las fábricas cierran, las nuevas tecnologías sustituyen a los obreros. Los inmigrantes, los refugiados y los sin techo acampan en el metro, en las calles, bajo los puentes... No sigo porque esto parece el Apocalipsis y porque Marine Le Pen ya se encargó de repetir una y otra vez lo mal que va Francia y lo culpable que es Macron de todos estas calamidades.

Los gestos de la rubia candidata me recordaban a más de un psicópata de ficción. Con falsas sonrisas y estrepitosas carcajadas, Marine Le Pen lanzaba despropósitos uno detrás de otro. Buscaba argumentos perdida entre una pila de dossiers de colorines. Y si no los encontraba, (los argumentos) pasaba a otra cosa como si nada. Hubo un momento en el que se me escapó una expresión bien francesa : «Ésta se ha fumado la moqueta».

AFP/Getty Images

Emmanuel Macron encajaba la agresividad de la contrincante como podía. Mantuvo el tipo, apenas se salió de sus casillas. No miró ningún papel. Pero perdió mucho tiempo en contradecirla, en restablecer la verdad después de cada invectiva, de cada acusación... Acusaciones de muy bajo nivel y de peor gusto. Sin duda, la más ordinaria cuando ella le dijo : « A mí no me va lo de jugar a la maestra y el alumno » (por si aún hay alguien que no lo sabe, Macron está casado con su antigua profesora).

Poco tiempo pues para hablar de lo que de verdad importa: ni de la ecología, ni del futuro del empleo frente a las nuevas tecnologías, ni de los refugiados... ni de tantas cosas que los franceses necesitan ver claras y que se han quedado enterradas en el fragor de una desquiciada batalla verbal.

El malestar me ha perseguido durante toda la noche. Ni la ducha, ni el café, ni los análisis leídos y escuchados esta mañana han despejado el mal sabor que me dejó el debate. Supongo que ganará Macron aunque no tengo muy claro cómo podrá gobernar. Pero si el domingo Macron pierde, el diagnóstico es clarísimo: Francia está muy enferma.

EFE

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