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La Sierra de Tramuntana resurgirá de sus cenizas

31/07/2013 07:23 CEST | Actualizado 29/09/2013 11:12 CEST

Cuando llegaban las primeras noticias del incendio de Andratx (Mallorca) el pasado viernes a través de las redes sociales temí lo peor. Volví a revivir la misma pesadilla que en 1994, cuando un devastador incendio arrasó la Sierra de Tramuntana y se llevó por delante la finca de la Trapa, un icono de la defensa ambiental en las Islas Baleares. Ha pasado exactamente lo mismo que hace años. Una vez más la actitud irresponsable y negligente de una minoría que no sabe ni cómo ni cuándo usar el fuego pone contra las cuerdas el patrimonio natural de todos.

La Trapa es una porción de naturaleza que fue salvada del ladrillo en los años 80 gracias a la acción decidida del GOB (Grupo Ornitológico Balear) y al amplio apoyo de la ciudadanía que permitieron al GOB comprarla y salvarla de la especulación urbanística. Tras el incendio de 1994 y gracias al esfuerzo colectivo, la Trapa resurgió de sus cenizas y la regeneración natural era un hecho. En 2011 la Sierra de Tramuntana fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero en unas horas el fuego se ha llevado por delante muchos años de trabajo.

La primera vez que subí a la Trapa fue en 1997. La belleza y espectacularidad del paisaje eran sobrecogedoras. La finca se pudo librar del ladrillo pero no de ser pasto de las llamas. En aquel momento, en Greenpeace estábamos desarrollando la campaña Echando Raíces, una serie de proyectos de regeneración forestal alejados de los patrones convencionales de reforestación que tan negativos efectos han tenido en la conservación y recuperación de nuestros bosques autóctonos.

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Voluntarios de Greenpeace reforestan la Trapa en 1998, para recuperar la zona tras el incendio de 1994. Foto: Greenpeace

Arrimar el hombro en la titánica tarea que estaba desarrollando el GOB para recuperar la zona gravemente dañada por aquel incendio fue una experiencia inolvidable para mí y para Greenpeace. El objetivo era acelerar la evolución natural de la vegetación autóctona y recuperar en la medida de lo posible la cubierta arbórea y arbustiva. También evitar fenómenos erosivos y potenciar la biodiversidad de la zona.

Aún estamos con la sensibilidad a flor de piel cuando contemplamos, una vez más, los paisajes en negro. 2.000 hectáreas de naturaleza cercenada. Daños ecológicos y económicos de consideración aún por evaluar. Multitud de proyectos truncados. Pero hay que sobreponerse y empezar a pensar ya en qué hacer para recuperar de nuevo la zona. Como ocurriera tras el incendio del 94, Greenpeace arrimará el hombro para recuperar La Trapa. Sería deseable, aunque no sé si esperable, que cuando el Gobierno balear plantee las ayudas para recuperar la zona ecológica y económicamente (una obligación con la ciudadanía que no puede eludir) ponga la mirada en los pasos que se van a dar en esa finca. Estoy seguro que de esa forma hará un uso más eficaz y eficiente de los paupérrimos fondos públicos destinados al mundo forestal.

Hay que vencer la frustración que nos invade en estos momentos y comenzar de nuevo. Será mucho más complicado que la vez anterior. Cuesta mucho más restañar una herida producida sobre otra anterior cuya cicatrización ya empezaba a vislumbrarse. La cobertura vegetal ha desaparecido y evitar la erosión temprana cuando vengan las primeras lluvias fuertes de otoño será fundamental. Espero que los políticos huyan de los mensajes populistas al uso tras un incendio, que se olviden y se replanteen en serio qué hacer para recuperar la zona de forma duradera.

Dicen que los incendios se apagan en invierno. Es cierto. Pero invirtiendo más en desarrollo rural, en fijación y potenciación de actividad económica compatible con el entorno. Hay que ayudar a la gente que lo ha perdido todo tras el incendio. Para que esto sea efectivo y no una mera declaración de intenciones, el sector forestal ha de ser un sector estratégico para el Gobierno balear y para el Gobierno central. La ciudadanía debe reclamarlo con claridad y contundencia. Y los próximos Presupuestos Generales del Estado y de las Comunidades Autónomas deben reflejar claramente ese componente estratégico.

Hay que pasar de las palabras a los hechos porque las palabras se las llevan los vientos de otoño, se olvidan en invierno y nos encontramos con la tragedia ambiental de cada verano cuando los bosques caen pasto de las llamas. Una y otra vez. A los ecologistas nos duele ya la mandíbula de tanto reclamar año tras año medidas de todo tipo para atajar el problema de los incendios. Para poner en valor el sector forestal, para que el desarrollo rural tenga el hueco que se merece en la agenda política y económica de gobiernos y partidos. Y que al final no se quede en que el político de turno anuncie cuántos árboles se van a plantar para reforestar la zona.