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Manifiesto a favor de que las mujeres también paguen la cuenta

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Getty Images/Westend61
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En los restaurantes se tiene la costumbre de entregar la cuenta al hombre (o a los hombres). La mujer, que también ha consumido algo (bebida o comida), es implícitamente considerada como una responsabilidad del hombre. Nosotras, las mujeres, podemos considerarlo cómodo y práctico desde un punto de vista económico. En efecto, entre los locales en los que las mujeres entran gratis y esa tradición por la que el hombre es el que tiene que pagar, es posible que una mujer salga a tomar algo sin gastarse ni un euro.

¿Creéis que exagero? Fijaos, es sistemático. Ya sea una pareja, un grupo de amigos o una familia, es el hombre el que recibirá la cuenta o el datáfono porque es el cabeza de familia.

Sin embargo, esta situación no es nada cómoda para las mujeres. Al contrario, se insinúa que no somos capaces de pagar por nosotras mismas o por los demás. Uno de los temas que trata Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo es la capacidad que tienen las mujeres de mantenerse económicamente a sí mismas. Nos enseña que no hay que depender de un hombre que simplemente nos ofrezca una comida o una bebida, por ejemplo...

Pensar que el hombre tiene que pagar la cuenta automáticamente nos devuelve a la no tan lejana época en la que no teníamos derecho a tener cuenta bancaria a nuestro nombre, ni tampoco a trabajar sin el permiso de un padre o un marido. En resumen, si pagan nuestra cuenta nos ponemos bajo su tutela.

Los códigos convencionales de la decencia afectan a todos por igual. Según estos códigos, la persona de más edad paga por la más joven, el padre paga por su hijo, el cliente paga por su proveedor, el jefe paga por su empleado... Las personas con mayor dominio social pagan la cuenta. Hay que incluir en esta lista la situación en la que el hombre paga por la mujer y eso posiciona al hombre como dominante y a la mujer, como dominada.

Es cierto que existe la desigualdad salarial. Es real, repugnante y luchamos para que desaparezca con todas nuestras fuerzas. Pero no se puede relacionar directamente la desigualdad de ingresos con esta costumbre punible.

El feminismo representa un marco de análisis y de reflexión filosófica cuyo objetivo es conseguir la igualdad entre las mujeres y los hombres. Cada persona tiene su propia interpretación del feminismo. En mi humilde opinión, no es aconsejable sustituir una discriminación ("ellas ganan menos que los hombres") por otra ("ellos pagan la cuenta de las mujeres"), ni justificar las diferencias salariales ("pagamos más a los hombres porque ellos pagan las cosas").

Es cierto que existe la desigualdad salarial. Es real, repugnante y luchamos para que desaparezca con todas nuestras fuerzas. Pero no se puede relacionar directamente la desigualdad de ingresos con esta costumbre punible. En primer lugar, la desigualdad es menor entre parejas debido a los elevados índices de endogamia. Si bien la diferencia global de ingresos entre hombres y mujeres es del 27%, en las parejas está en torno al 10 o al 14%, según los métodos de cálculo. En una de cada cuatro parejas heterosexuales, la mujer gana más que su pareja. El razonamiento de que "el hombre tiene más dinero y por eso paga la cuenta" no tiene razón de ser, al menos, no en todos los casos.

Al entregar la cuenta a los hombres, lo que se está haciendo es reducir a las personas a su sexo. Ya no hay un grupo de seres humanos que deciden juntos quién va a pagar basándose en sus propios criterios (estoy en números rojos y tú no, es tu celebración así que yo te invito, es una comida de trabajo a la que me has mandado asistir, quiero invitarte, quiero celebrar que me han dado una paga extra...), sino que se convierten en personas sexuadas, incluido el comerciante o el camarero que decide que deberían tener una relación económica no equitativa y una relación social diferenciada.

El famoso "¿te invito a una copa?" insinúa que se puede establecer una relación de seducción entre el pagador y la beneficiada de esa copa.

Además, hay veces que las mujeres pagan por su libertad al hacerse cargo de sus propias cuentas. El famoso "¿te invito a una copa?" insinúa que se puede establecer una relación de seducción entre el pagador y la beneficiada de esa copa. Recuerda al análisis de Karl Marx sobre esas relaciones entre hombres y mujeres que se acercaban a una forma de prostitución. Nuestra cultura patriarcal de seducción basada en la buena voluntad del hombre restaura una especie de "derecho de pernada" para el que paga, ¡como si estuviera socialmente admitido que un hombre que paga una copa fuera a recibir a cambio un favor sexual! A lo mejor, un día admitiremos que el acuerdo imaginario de que "un hombre ofrece una copa a una mujer y entonces la mujer se acuesta con él para agradecérselo" valida una serie de estereotipos (que las mujeres ofrecen sexo para agradecer las cosas, que los hombres piensan que pueden pagar para obtener sexo...) y contribuye a la cultura de la violación.

Mientras tanto, por el bien de las mujeres, pagar la cuenta también puede ser una forma de dejar claro un mensaje. Un mensaje difícil de asimilar por los hombres, que sólo tienen dos opciones: hacerse pasar por un obseso sexual que paga o por un tacaño que no paga. En cualquier caso, hay que asegurarse de poder pagar por dos personas antes de ir a cenar al restaurante. Además, cuando las mujeres pagan la cuenta, los camareros no pueden evitar hacer comentarios.

He pagado muchas veces la cena de un amigo, una pareja, un cliente, un colega, mi padre... Y todas esas veces he tenido que insistir mucho y no ceder. Tengo que explicar y argumentar que no hay ninguna razón por la que tengan que pagar por mí sólo por ser mujer. Y luego hay que aguantar los comentarios desagradables por parte de los camareros. En primer lugar, son desagradables para mí, porque me devuelven a mi condición de mujer "inferior" y "frágil, pequeña, incapaz de pagar sus gastos". También para el hombre con el que comparto la comida o la cena, porque a él le llega el mensaje de no has seguido los códigos tradicionales de la masculinidad; has aceptado que una mujer pague. ¡Como si eso fuera humillante!

Y ahí está el quid de la cuestión. Las relaciones están basadas en "las normas masculinas de dominio", basadas en el espíritu de competición, de dinero, de relaciones de poder... Por lo tanto, al pagar se hace patente esa relación de poder o de dominación. Pero eso no es todo. Al privar a las mujeres de la posibilidad de abonar el importe tranquilamente, también les privamos del placer de ofrecerse. A nosotras, las mujeres, nos encanta invitar. El placer de invitar a alguien con quien pasamos un buen rato no debería ser exclusivamente masculino. Nosotras también deberíamos poder experimentar el placer de invitar a los demás.

No es cuestión de acabar con la norma y pasar de "los hombres pagan siempre" a "las mujeres pagan siempre", sino de normalizar la relación entre hombres y mujeres con respecto a las cuentas. Está muy bien que nos inviten a comer, pero también está muy bien si es entre mujeres, amigos, familia... Los hombres y las mujeres tienen que poder decidir sabiendo que el que pague la cuenta lo hará independientemente del sexo o de cualquier otro factor. Pensemos antes de que llegue la próxima cuenta.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido adaptado del francés por Irene de Andrés Armenteros.