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'Yo, Bill Murray'

22/12/2016 07:22 CET | Actualizado 22/12/2016 09:54 CET

2016-12-20-1482262426-6591029-Cubierta_BillMurrayalta.jpg Cuando Phil Connors descubre algunas de las virtudes que puede tener vivir atrapado en el mismo día -el de la marmota- una jornada tras otra, grita borracho mientras conduce su coche sobre las vías del tren: "¡No voy a vivir de acuerdo a las reglas nunca más!". Esa línea de guión de Atrapado en el tiempo (Harold Ramis,1993), anticipó y hasta tal vez puso las bases de una buena parte de la filosofía del Bill Murray posterior a aquel filme, la que ha ayudado a convertir al actor en un icono transgeneracional de la cultura pop. "Cada vez que oigas que alguien tiene reglas, debes salir corriendo", suele sugerir con su cara de nada.

Parece que nadie sueña con ser Bill Murray. Ni siquiera con parecerse a él, en contra de lo diseñado para ser deseado delstart system. Actores como Ryan Gosling o Norman Reedus han expresado en alguna ocasión que quieren ser como Murray, aludiendo a la buena vida del actor, a su capacidad para divertirse y luego desaparecer. Pero nadie los cree. No suenan verosímiles ya que solo dicen pero no hacen un solo gesto que los acerque al anárquico universo Murray. Tal vez por eso mismo el actor brille en solitario desde su propia constelación en la galaxia de Hollywood: para que parezca que las cosas no son como en realidad son.

Sin embargo, todos lo veneran. Nuestros padres conocen a Murray por Cazafantasmas y El día de la marmota, aunque su verdadera fama para el resto de las generaciones se la ha dado, fundamentalmente, el hecho de ir a su aire en su carrera y en su vida. El actor que huye de la comedia romántica para así ser más deseable, pero que protagonizó la mejor película sobre enamorarse (Lost in translation) del siglo, el hombre que ama hacer películas independientes y también de estudio, comedias y dramas, al que no le importa aparecer en filmes malos y malísimos, que jamás se desnuda en pantalla, que es un héroe icónico para Tarantino y a quien le gusta establecer su propia etiqueta como buen anarquista social, tiene un superpoder. Entre todos los rumores supuestamente protagonizados por estrellas, aquellos que realmente tienen posibilidades de ser ciertos son todos los relativos a la figura de Bill Murray debido a la propia naturaleza del actor. Ya que todos van a creerlo. O no, pero da igual.

Murray no posee ni dandismo ni artificio, solo autenticidad. Te lo puedes encontrar cantando en un karaoke o a voz en grito en un concierto de Adele, borracho en un desastroso bar de Nueva York o colándose en la fiesta de tu mejor amigo, al igual que en el mejor hotel de Milán o en un yate en mitad de lago Como junto a la pareja Clooney. También jugando al golf, al béisbol o al baloncesto, e incluso leyendo poesía. Hay murales de Bill Murray que decoran bares desde Toronto hasta Sydney y tatuajes con la cara del actor en muchos brazos, espaldas y pantorrillas de la generación de los ochenta y noventa. No existe equivalente en la primera división de las estrellas de Hollywood del siglo XXI de la adoración que se siente por Murray. De hecho, cuesta creer que apenas posea haters (odiadores). Estos son tan insignificantes e intrascendentes que el actor comienza a oler a santidad en un culto a la personalidad que queda muy lejos de ser póstumo.

Bill Murray es alguien capaz de conectar con los nostálgicos y con los youtubers, que continúa dejando huellas, desde dentro y desde fuera de la pantalla, en nuestro imaginario colectivo.

La revista Variety le dedicó una portada llamándolo Saint Bill en la que el actor posaba en actitud de rezo, con su famosa mirada al cielo y envuelto en un velo de tul negro. Pero la broma no queda ahí. El mundo frikichic también ha elevado al actor a santo secular con una iconografía llena de bromas visuales: como la de su cara unida al cuerpo de un Sagrado Corazón en una vela o la Che Murray camiseta que vende alguna tienda de Los Ángeles y ante la que la gente se pregunta, "¿Es ése el Che?" "¿Es Bill Murray?", a lo que el dueño de la tienda acaba respondiendo: "Bill Murray es como el Che".

La fuerza del icono de aquellos días dorados de la revolución es sustituido hoy por el rostro que mejor concentra el hartazgo vital.

El siglo XX nos trajo el cine y el rock and roll, los tebeos de superhéroes o a las estrellas del deporte y las divas del pop, pero todo cambió de golpe. Dentro del arquetipo de héroe popular tendrían cabida ahora nombres tan variopintos como el de Bill Murray, alguien capaz de conectar con los nostálgicos y con los youtubers, que continúa dejando huellas, desde dentro y desde fuera de la pantalla, en nuestro imaginario colectivo.

El porqué del libro-divertimento que he publicado hace dos meses, Yo, Bill Murray (Bandaàparte Editores), se debe a varios motivos. El primero a que me lo propusieron mis editores con el buen olfato de querer publicar el primer libro en castellano sobre el actor. Mi atrevimiento al aceptarlo tuvo que ver con el deseo de querer montarme en la montaña rusa que intuía debía ser bucear en la cabeza de Murray. El propósito, dibujar un retrato del actor fuera y dentro de la pantalla, como intérprete y como personaje real, contextualizándolo a través de sus películas y de sus miles de anécdotas. Explorar cómo en casi un centenar de personajes a lo largo de su carrera, algunos memorables, Bill Murray no ha dejado de ser él mismo. Y ser uno mismo es mucho más complicado que actuar.

Él lo ha logrado actuando, buscando personajes en su interior y matando su presunta versatilidad a causa de una personalidad que ha contaminado cada uno de esos personajes sin que eso lo haya relegado como actor, más bien todo lo contrario. Entre sus conquistas, ha logrado ser irónico en lo cómico y en lo melancólico, natural y tierno como antihéroe y como villano, consiguiendo que cualquier rareza sea más que aceptable.

Yo, Bill Murray no es ciencia ni ficción, sino un divertimento con mucho de periodismo completamente contaminado de la libertad y de la filosofía de Murray. Con prólogo del periodista Javier del Pino, sus páginas intentan deshojar algunas de las capas que envuelven al hombre más misterioso de Hollywood. Mi regocijo ha sido el de poder mostrar y demostrar que otras estrellas existen y que alguien puede salirse felizmente con la suya en el recto carril del show-business global.

Dieciséis ilustradores -entre los que se encuentran, Del Hambre, Elphomega, el Ciento, Juanclemente o Paloma Almagro-, analizan a través de sus dibujos al actor en papeles realizados y también en personajes rechazados, en un precioso libro-objeto cuya edición no precisa de papel de regalo para envolverlo.

Aunque el mejor regalo de todos sigue siendo ver cómo la gente es feliz tan solo con nombrarle a Bill Murray.

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