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Lehman, 5 años después

16/09/2013 08:14 CEST | Actualizado 15/11/2013 11:12 CET

La fase financiera de la actual crisis se precipitó hace exactamente cinco años con el colapso de Lehman Brothers, el quinto banco de inversión norteamericano en tamaño, una institución de envergadura global cuyos contratos afectaban a casi un millón de contrapartes. Fue un momento de pánico, de incredulidad, de gran incertidumbre. Uno de los legendarios bancos de Wall Street, cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo XIX, se venía abajo. Es la imagen icónica de la crisis: los empleados del banco caminando por la calle después de haber sido despedidos, portando en una caja los objetos personales que tenían sobre su mesa de trabajo.

La historia definitiva de lo ocurrido está aún por escribir, pero seguramente incluirá diversos elementos que, en combinación, resultaron letales: un grado de apalancamiento financiero excesivo, un intento sistemático de ocultar posibles pérdidas mediante maniobras contables fraudulentas o al menos de dudosa legalidad, la falta de una supervisión eficaz por parte de los reguladores, la huida hacia adelante, y un sinfín más de otros factores.

Con Lehman creíamos que había llegado a su fin una manera de hacer finanzas de altos vuelos, un modo de vida en Wall Street y la incomprensible inhibición de los reguladores. Cinco años después, sin embargo, seguimos sin resolver cuestiones tan fundamentales como el riesgo sistémico, el famoso "too big to fail," la protección de los depositantes frente a las acciones de los directivos, la separación de las actividades de banca comercial de las operaciones especulativas en banca de inversión, o las necesidades mínimas de capital que habría que exigir a los bancos para evitar otra catástrofe similar.

Está muy extendida la sensación de que nada ha cambiado y de que los grandes bancos de inversión han vuelto a las andadas. Son pocas las nuevas regulaciones que han entrado en vigor en Estados Unidos. Los episodios de pérdidas multimillonarias en SoGen, UBS y, más recientemente, JP Morgan a manos de brokers individuales nos recuerdan que estos grandes bancos no están bien gestionados. Prácticamente ningún banquero ha ido a la cárcel, pese a la evidencia de actuaciones fraudulentas.

En realidad, han cambiado varias cosas, todas ellas importantes. El grado de concentración del sector bancario en Estados Unidos ha aumentado, dado que los grandes bancos han visto cómo varios de sus competidores han desaparecido. La urgencia regulatoria e interventora de los primeros meses de la crisis se ha esfumado debido a que fueron precisamente esas actuaciones las que evitaron un colapso general del sistema bancario. Las condiciones macroeconómicas para un nuevo desastre no se dan, pero es cierto que el sector bancario ha navegado a través de la tormenta perfecta sin cambiar realmente sus modos de actuar.

Pero sí que hay ciertos aspectos que han cambiado. El fundamental se refiere al papel de los bancos centrales en la resolución de la crisis, incluso en países en los que la autoridad monetaria no tiene competencias supervisoras de los bancos o las tiene solamente sobre ciertas instituciones. En Estados Unidos, la Reserva Federal ha salido reforzada como único baluarte ante la crisis bancaria y la recesión económica. En Europa, aunque de forma más limitada, el Banco Central Europeo también se ha erigido como el muro de contención de una deriva financiera aún mayor de la ya ocurrida.

Creo que es necesario también hacer una reflexión psicológica y sociológica sobre Lehman. Pese a que nos gusta echar la culpa a los banqueros de todo lo ocurrido, no podemos ignorar el papel que han jugado los "espíritus animales" en la crisis. John Maynard Keynes escribía en los años treinta, cuando el mundo aún no se había recuperado de la Gran Depresión, que los seres humanos nos dejamos con frecuencia llevar por un optimismo desmesurado, que suele resultar altamente contagioso. Lehman fue uno más de los bancos que contribuyeron al desenfreno financiero de la primera década de este siglo. Fue un fenómeno en el que participamos todos los que nos beneficiamos del crédito fácil y de la ilusión de vivir por encima de nuestras posibilidades. Nos fallaron nuestros instintos más sensatos, dejándonos llevar por la corriente. Eso sí, para esto están las instituciones y las regulaciones: para evitar que los espíritus animales nos lleven al abismo. Lo que ocurrió en 2008 fue, desde mi punto de vista, un gran fallo de nuestras instituciones. Urge, por tanto, reformarlas en profundidad. Esa es la lección fundamental de Lehman, cinco años después.

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