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Harold Bloom: "Los 'ismos' absurdos están destruyendo la literatura"

14/06/2015 09:54 CEST | Actualizado 14/06/2016 11:12 CEST
Facebook/Harold Bloom

Harold Bloom, el gigante de la crítica literaria estadounidense, acaba de publicar su 41º libro: 'The Daemon Knows: Literary Greatness and the American Sublime' [El genio sabe: grandeza literaria y la sublimidad norteamericana]. Bloom, que vive con su esposa en New Haven (Connecticut, Estados Unidos) sigue provocando con su brillante -aunque muy subjetiva- visión sobre la literatura. Sus obras 'La ansiedad de la influencia' y 'El canon occidental' se encuentran entre los libros más influyentes de crítica en el siglo XX. En esta entrevista, Bloom cuenta a Michael Skafidas su devoción por la enseñanza y su influencia como crítico, por qué no necesita Google y cuánto lamenta no haber conocido todavía a Sophia Loren.

Michael Skafidas: Ha escrito más de 40 libros y a menudo hablan de usted como superestrella del mundo académico. Hace poco, se leía en una reseña: "Bloom no es Whitman ni Melville... pero a veces parece tan grande como cualquiera de ellos, por lo fundamental y lo particular que es su presencia". ¿Pueden poetas y críticos ser profetas por igual?

Harold Bloom: No trato de competir con Whitman ni con Melville ni con ninguna de las figuras sobre las que escribo. Pese a mi edad, a principios de septiembre empezaré mi sexagésimo primer año de enseñanza a tiempo completo en la Universidad de Yale. Para mí, enseñar, leer y escribir son simplemente tres palabras para el mismo fenómeno. Principalmente, soy profesor y estoy orgulloso de ello porque es una de las cosas más respetables que se puede ser. Mi misión es enseñar a mis estudiantes o a mis lectores a apreciar a los buenos escritores de verdad en el sentido de evaluarlos; en el sentido de que ya has establecido tus criterios para las buenas obras del pasado consideradas literatura, desde Homero hasta la Biblia, pasando por Dante y Shakespeare y Milton y llegando hasta la actualidad, con Proust y Joyce. Cuando entiendes que tienes entre manos grandes obras de la literatura marcadas por el poder cognitivo, la belleza estética, la originalidad y, sobre todo, la más profunda trascendencia humana, las aprecias no sólo en el sentido de disfrutarlas y de comunicar tu alegría, sino de aprehenderlas, de profundizar tu entendimiento sobre ellas.

MS: Como profesor de Literatura Comparada, me resulta muy difícil transmitir el poder de la literatura a la mayoría de mis estudiantes preuniversitarios.

HB: Soy muy consciente de este reto. Debido a mi discapacidad física, ahora enseño a dos grupos de alumnos en el salón de mi propia casa. Un grupo se centra siempre en Shakespeare y en otro leemos poesía. Selecciono a mis estudiantes entre 60 o 70 candidatos y ellos son la crème de la crème; son estudiantes excelentes. Pero si fuera más joven, como tú, y tuviera que comunicar el poder de una buena lectura de literatura comparada a preuniversitarios, me costaría mucho. Vivimos en una era digital, es decir, en una era visual en la que los jóvenes crecen con pantallas de televisión y, sobre todo, con la pantalla del ordenador. Es muy, muy difícil para ellos aprender a leer correctamente. Siempre digo a mis propios estudiantes, como estoy seguro que tú dirás a los tuyos -hay que intentarlo y dar ejemplo-: quédate solo, en tu habitación o al aire libre con el buen tiempo, y ponte a leer en voz alta, escucha atentamente lo que estás oyendo y vuelve a leer. Ya sea Wallace Stevens o Hart Crane, Faulkner o Emerson, Whitman o Dickinson, Proust o Kafka o Beckett, o Tólstoi, o cualquiera de los grandes pensadores del pasado... Tienes que oírlos, tienes que vivirlos por dentro. Pero, en general, es bastante cierto lo que dices; nuestra carga como profesores en la actualidad, incluso para alguien tan mayor como yo, supera de algún modo nuestra capacidad de enseñanza. Se ha producido un gran cambio en el clima cultural, lo cual ha devaluado el complicado acto de la lectura profunda y solitaria. Admiro tu elocuencia al reconocer tu dilema como profesor. También me pasó a mí los primeros años, cuando tenía un mayor número de alumnos.

MS: Siempre ha sido defensor de la primacía de la estética: "En mi opinión, leer al servicio de cualquier ideología no es en absoluto leer", ha afirmado. ¿Sigue siendo posible en nuestra era posmoderna priorizar los valores estéticos de una obra por encima de las consideraciones de raza, clase y género?

HB: Desde mi punto de vista, todas estas ideologías han destruido el estudio literario en las escuelas superiores y en los institutos. Independientemente de si lo llamas feminismo -en realidad no es feminismo, no tiene nada que ver con la igualdad de derechos para las mujeres-, transgénero, etnicidad, marxismo o cualquiera de esas manifestaciones francesas, ya sea deconstrucción o un modo u otro de lingüística diferencial; independientemente de si lo llamas nuevo historicismo -lo que creo que ya está mal dicho-, porque ni es nuevo ni es historicismo, sino simplemente una disolución de Foucault, un hombre al que conocí y admiré personalmente, pero cuya influencia creo que ha sido perniciosa, justo como la de Derida, con quien también compartí una amistad hasta que al final la rompimos. Todos estos ismos son absurdos, obviamente; no tienen nada que ver con el estudio de la literatura ni con su originalidad. Como he dicho antes, la estética es individual y no una preocupación social.

MS: En su nuevo libro examina a 12 escritores icónicos, desde Walt Whitman hasta Hart Crane, cuya obra y espíritu personifican la sublimidad norteamericana. Su espíritu interno, o el "genio", como usted dice, se refiere a "las fuerzas creativas en un individuo, que son más profundas y más incisivas de lo que se podría considerar la mera conciencia... El genio [o demon] es el espírito creativo". Parece que The Daemon Knows es un retoño de El canon occidental, en el que hace 21 años hablaba de "el sorprendente misterio del genio creativo".

HB: Sí, es bastante cierto. Pero al final el genio no tiene nada de misterioso. La gran inspiración para mi estudio fue Los griegos y lo irracional, un libro que ha ejercido una profunda y permanente influencia en mi obra y que escribió un buen conocido mío que ya murió, E. R. Dodds. Hay un sentido particularmente norteamericano de lo demoníaco. Mi libro va de 12 escritores, no digo que sean los mejores escritores estadounidenses, aunque yo creo que sí lo son, pero no los presento como tal. Efectivamente, están entre los mejores. Y no creo que nadie nacido en el siglo XX haya igualado su contribución a la literatura estadounidense. Pienso que nuestras dos mayores figuras son Walt Whitman y Herman Melville, así que hago una mayor valoración de la poesía de Whitman y luego ofrezco una lectura más cercana de ese magnífico libro titulado Moby Dick, de Melville. Voy de ahí a Emerson y a Emily Dickinson, una de las poetas más grandes y probablemente la más original en el idioma, sin contar al propio William Shakespeare, y llegando hasta Crane, un poeta por el que siento especial pasión y que, por desgracia, se suicidó a los 32 y sigue siendo una extraordinaria figura de la poesía lírica.

MS: En su inmensamente ambicioso Canon occidental intentó agrupar las obras de la literatura occidental en una lista que algunos de sus compañeros tacharon de demasiado subjetiva e incompleta. Dos décadas más tarde, ¿diría que su libro ha tenido el impacto que esperaba? ¿Ha ayudado el Canon y ha influido en la gente a la hora de elegir sus lecturas para el poco tiempo que les queda?

HB: Debería dar una respuesta cualificada a esto. Como profesores de literatura, luchamos desde el mismo frente. Combatimos en la retaguardia, compañero. Perdimos la guerra. Y cuando pierdes la guerra, lo único que puedes hacer es reunir a los que quedan y establecer una postura en la que tú y yo y los pocos que hayan resistido luchemos, gente que cree en valores humanistas y, finalmente, en el efecto civilizador de la gran literatura. Si la lista ayuda a la gente, estoy conforme.

Pero como tú y yo sabemos, la lista es bastante contingente, y ahora me arrepiento de algunas omisiones. Tuve que trabajar muy rápido y al máximo. Hay algunos libros que no deberían estar ahí, pero lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que no había incluido a [Guido] Cavalcanti, uno de los mayores poetas líricos italianos, absolutamente crucial para Dante. Pero no te dejan modificar estas cosas según las reglas modernas de edición y publicación. Sin embargo, dentro de los límites, creo que la lista ha hecho más bien que mal. Estos días la están atacando, lo veo de vez en cuando en The New York Times y en otras partes, porque no reconozco correctamente la etnicidad y todos esos sinsentidos.

MS: En su obra establece constantemente conexiones entre la sexualidad y la creatividad literaria. "Tres de cada cuatro poetas en Estados Unidos son gays o bisexuales", escribió. "Más de la mitad de los grandes poetas... Shakespeare escribe de forma bisexual porque escribe de forma universal". Parece que está de acuerdo con el sentido de la sexualidad de Whitman como antídoto para el olvido; una fuerza primaria que merece la pena perseguir y por la que merece la pena morir por su belleza y su verdad, que, en palabras de Dickinson "son una".

HB: Sí, es cierto. Quizá Walt Whitman no tuviera una experiencia abiertamente homoerótica, pero su poesía tiene, sin duda, una orientación profundamente homoerótica. Melville fue un ejemplo complejo. Él estaba casado y tenía hijos, pero hay indicios que señalan que de joven experimentó con ambos sexos y, de hecho, en el núcleo de ese magnífico libro, Moby Dick, hay un matrimonio claramente homosexual entre Ishmael y Queequeg. Emerson es completamente heterosexual y, a pesar de lo que los críticos feministas han dicho, todas las pruebas apuntan a que Emily Dickinson también lo era.

Luego llegas a Hawthorne; probablemente sea el hombre más felizmente casado en la historia de la literatura norteamericana, pero ahora sabemos que Henry James era un amante homoerótico extremadamente activo y con muchas parejas. Así es. ¿Por qué algunos se escandalizan con esto, de un modo u otro? La gente no escribe poemas diferentes porque su orientación sexual sea diferente, o porque sean de uno u otro sexo, o por su raza o su etnia. Lo escriben porque les sale de dentro. Pero la sexualidad es, sin duda, una fuerza impulsora tras el genio creativo.

MS: Usted ha dicho: "A los 84, me quedo despierto por la noche, después del primer sueño, y murmuro para mí mismo a Crane, Whitman y Shakespeare, buscando el confort a través de la continuidad, ya que las grandes voces sostienen la oscuridad permanente que se acumula pero no cae". ¿Es la poesía su elixir para la longevidad?

HB: ¡Claro! La poesía es mi medicina. Con 85 años se suele dormir mal. Anoche, de hecho, no me podía volver a dormir por mis problemas de salud y me puse a recitar poesía. Desde que era pequeño, tengo buena memoria para recordar textos poéticos. Así que la pasada noche me puse no a recitar a Whitman directamente, sino la compleja y magnífica visión de Wallace Stevens sobre Whitman. Creo que me lo sé de memoria y, si no te importa, te lo demostraré ahora [Bloom recita de memoria el poema Té en el palacio de Hoon, en el que el narrador es el propio Whitman]. Así que, sí, la poesía es una cura.

MS: ¿Cómo se las arregla en el medio digital? ¿Alguna vez lee online? ¿Busca cosas en Google?

HB: ¡Oh, no, no, no! Leo. Y recuerdo. Me acuerdo de todo lo que leo. No necesito ir a Google. ¡Lo tengo todo en mi cerebro!

MS: A lo largo de su vida, ha entablado amistad con algunos de los mayores literatos de su época. Aun así, se dice que usted afirmó que, si hay alguien en el mundo a quien querría conocer, es a Sophia Loren. ¿Es cierto?

HB: Así es. Pero te tengo que contar una cosa. Después de decirlo en una entrevista, mi mujer y yo recibimos una llamada para invitarnos a cenar con Sophia Loren, a petición de esa misma gran mujer. El problema es que la cena era en Hollywood y yo no podía ir. Ya no puedo viajar por mi frágil salud. Pero sí, si pudiera conocer a alguien, aunque siempre echo de menos figuras tan queridas como Anthony Burgess y Jimmy Merrill y Elizabeth Bishop y muchas más, lo que más lamento es no haber cenado al final con la bella Sophia.

Este post fue publicado originalmente en 'The World Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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