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Tener una aventura me hizo cambiar la percepción que tenía del matrimonio

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Frederic Cirou via Getty Images
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Es cosa de dos. Es un toma y daca. Es cuestión de compromiso. Esos son algunos de los eslóganes que utiliza la gente para referirse a las relaciones sentimentales y al matrimonio.

Aunque estoy de acuerdo en que todas esas cosas son ciertas e importantes, a veces nos quedamos cortos a la hora de mantener esos estándares.

Nunca me he considerado del tipo de personas que se quedan cortas con algo que realmente les importa. Yo tenía integridad, era fiel y decidida. Pero la vida es así.

Antes de cumplir los treinta ya estaba divorciada. La relación con la que había acabado había sido abusiva y tardé años en salir de ella. Después de divorciarme y de dejar de vivir con mi exmarido, por fin parecía que las cosas volvían a encauzarse. Tenía un trabajo genial y no tenía hijos. Era una mujer independiente.

Hice algo por lo que yo había juzgado a otras personas, algo que siempre dije que jamás haría. Tuve un affair con una persona casada.

Y justo en ese momento me columpié.

Hice algo por lo que yo había juzgado a otras personas, algo que siempre dije que jamás haría.

Tuve un affair con una persona casada.

La persona en cuestión era reincidente en cuanto a lo de engañar a su cónyuge. Y parecía llevarlo sin escrúpulos. Y mi juicio por aquel entonces era bastante cuestionable, pero lo hice.

Mientras me recuperaba de una relación destructiva, acabé metiéndome de cabeza en otra. La mayor parte de la esperanza que me quedaba en la validez de una relación sana y duradera se había desintegrado y -oportunamente- di con alguien que ni siquiera respetaba su propio matrimonio. Al adentrarme en este affair estaba contribuyendo a la erosión de otro matrimonio.

Aunque mi comportamiento fue inexcusable, aprendí varias cosas. Aprendí lo fácil que les resulta a algunos traicionar a personas a las que quieren. Aprendí lo fácil que es que una mentira se convierta en una intrincada red de ansiedad incontrolable. He aprendido lo que se siente al no tener amor propio.

Tener una aventura te hace replantearte todos los matrimonios y las relaciones. Te hace preguntarte por los secretos que posiblemente esté escondiendo todo el mundo, por las mentiras que cuentan y por la capacidad de la gente en general de ser fiel.

Te hace darte cuenta de todo el esfuerzo que se necesita para tener una relación duradera o un matrimonio feliz. Hace falta echarle narices y que haya comunicación. Hay que lidiar con los problemas y enfrentarse a los miedos. Hay que llegar a un acuerdo de amor y de respeto hacia el otro una vez que la pasión inicial se haya esfumado. Y no me refiero al amor como lujuria, sino al amor del tipo voy a cuidar de ti, voy a apoyarte y voy a serte fiel incluso cuando estés insoportable o enfermo.

En resumen: al final acabé saliendo de esa aventura. Fue un auténtico desastre que me dejó varias secuelas emocionales, unas más visibles que otras. Tomé una decisión poco acertada que me proporcionó un placer momentáneo y que supuso una vía de escape para una serie de sentimientos con los que no había terminado de lidiar aún. Me dejé envolver por el secretismo, la pasión y el tabú.

Pasé varios años sin pareja después de tener este affair. Durante ese periodo no salí con nadie y mi identidad estaba completamente aplastada. Es una experiencia que te va drenando y te deja seca. Que nadie se confunda: la fase inicial de una relación así puede ser muy emocionante, pero esta sensación tardará poco en ser reemplazada por el estrés, la desesperación, el dolor y la culpabilidad.

Con el tiempo empecé a quererme a mí misma y a aceptar mi cuerpo. A comer bien. A hacer ejercicio. Empecé a ser feliz por mis propios medios. Admití lo que había hecho y -aunque no me había liberado completamente del peso de mis actos- fui capaz de convertirlo en una lección para mejorar como persona.

Puede que no haya manera de saber si tu pareja te miente o te está engañando. Puede que no haya manera de estar seguro de que nunca harás nada que acabe haciendo daño a tu pareja o a otra persona, por mucho que creas que nunca lo harías.

Las relaciones son una complicada danza de empatía, comprensión, compatibilidad y esfuerzo. Los ultimatums no funcionan. Los celos no funcionan. Las mentiras no funcionan. Conócete a ti mismo antes de esperar que alguien te conozca. Quiérete. Prepárate para perdonar las cosas por las que querrías que te perdonaran. Identifica las cosas que no podrías perdonar y no esperes que te las perdonen.

El matrimonio puede ser una unión y un viaje fantástico. Una de las lecciones más importantes que he aprendido al darle la espalda a la idea del matrimonio que tenía hace años es que el matrimonio sigue siendo sagrado y que sigue siendo importante.

A veces olvidamos lo larga que puede ser la vida cuando nos adentramos en un compromiso como el matrimonio. Quizá flaqueamos porque muchos de nosotros no conocemos el valor de una relación que es fruto del esfuerzo, de la preocupación, de la paciencia y del respeto. A veces llegamos a sentirnos tan hastiados y llenos de resentimiento que no volvemos a conectar al cien por cien de una forma sana.

Pero siempre existe la posibilidad de retroceder, de aprender y de hacer de nuestros errores los peldaños de una escalera que nos lleve a algo mejor. A veces las lecciones más oscuras nos llevan a los puntos más altos de nuestro potencial. Yo estuve allí... y volví.

Michelle nació en la isla de Vancouver (Canadá) y ahora vive en California (Estados Unidos) donde es escritora, artista, madre, madrastra y esposa.
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Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.