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Armenia pide existir

24/04/2015 07:09 CEST | Actualizado 24/06/2015 11:12 CEST

Treinta años antes de que el pueblo judío sufriera su terrible masacre de parte de los nazis, el pueblo armenio había tenido el dudoso privilegio de estrenar los primeros campos de exterminio del siglo XX, creados en Siria por los Jóvenes Turcos del Imperio Otomano. En apenas dos años desaparecieron de la faz de la Tierra entre 800.000 y 1,5 millones de armenios, niños y ancianos incluidos.

El juicio de Núremberg estableció la primera sentencia internacional por un delito de genocidio, pero varias décadas antes los armenios otomanos también habían ostentado el dudoso privilegio de haber sufrido el primer genocidio de la era contemporánea. Un siglo después (porque hoy se cumple justo un siglo del inicio de aquel aniquilamiento deliberado y sistemático), nadie ha puesto todavía sobre la mesa de un Tribunal Penal Internacional aquellos terribles sucesos, a pesar de la innumerables pruebas fehacientes que se guardan en Erevan. Se han juzgado los genocidios en Ruanda y en la antigua Yugoslavia, pero no en Armenia (1915-1917). Ni se ha juzgado a Turquía, el país nacido del Imperio Otomano. Ni siquiera se ha reconocido que haya habido un genocidio. En todo caso, una simple escaramuza bélica, según Ankara.

Sólo 24 de los casi 200 países miembros de Naciones Unidas han reconocido oficialmente que dicha acción contra Armenia fuera un genocidio, es decir, que fuera "perpetrada con intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico o religioso", como reza la Convención de la ONU para la prevención y sanción del delito de genocidio (1948). España no está entre esos 24 países. Ni el Vaticano, por más que el papa se haya pronunciado a título personal en una de sus homilías.

Pero Armenia vive hoy otra suerte de silencioso genocidio, consecuencia del olvido, la pobreza, la dependencia de Rusia y la tensión bélica con sus países vecinos, que consume los pocos recursos que el país recibe del aporte solidario de millones del armenios que viven en el exterior.

Fui testigo de este drama el pasado otoño. Por eso, he querido contarlo de otro modo, en forma de breve relato audiovisual. Es un vídeo llamada, un mensaje en una botella que se ha traducido a seis idiomas y en él he procurado respetar al máximo la literalidad de lo que oí, vi y anote. Y así lo comparto, para que lo compartan.