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No hay dos sin tres, ¿seguro?

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Foto: EFE

Es curioso el Parlamento que salió del 26J. El PP obtuvo 137 escaños gracias al sistema imperante D'Hont. Los contrarios a Rajoy, los que han dicho siempre que no quieren que repita como presidente, obtuvieron 213 escaños.

Hay dos conceptos importantes en este asunto, uno el de la palabra dada y otro el del sentido de Estado. Los dos parece que andan en horas bajas. Por una parte, alguno de los candidatos que aseguró, por activa y por pasiva, que nunca haría presidente de nuevo a Rajoy con su votos, como es el caso de Albert Rivera ("Descarto la abstención, no queremos que Rajoy sea presidente"), parece escuchar los cantos de sirena del presidente en funciones y cambiar su tajante aseveración de antaño.

Por otra, la falta de verdadero sentido de Estado de Rajoy le impidió dar un paso atrás y solucionar de forma rápida, con un cambio de candidato, la complicada argamasa necesaria para conformar un Gobierno estable y duradero.

Por razones espurias, influyentes medios de comunicación andan empeñados en lograr cuanto antes la investidura de Rajoy. Tratan de que Rajoy vuelva a repetir como presidente y que los que dijeron que no le votarían a favor sino en contra le pongan en bandeja la Presidencia.

En el camino, el propio Rajoy juega a Rasputín con ciertas dosis del príncipe maquiavelano, el hijo del papa Alejandro VI, César Borgia.

Bajo esa capa de humo pasota, creada por su veguero, se esconde un político sibilino que esperaba ver cómo sus más acérrimos rivales Sánchez y Rivera, se quemaban, y se quemaban, además, en su propia barbacoa, en sus propios partidos. No ha sido así, por el momento.

Las urnas fueron muy claras en algo. Los que prometieron que no iban a permitir que Rajoy siguiera, ganaron por goleada al PP. Y el pueblo, al menos parte de ese pueblo al que recurren sólo en periodo electoral, no olvida esas cosas.

Rajoy saca a colación el dogma del temor a las terceras elecciones jugando al yo sí quiero formar Gobierno, pero ellos no. Yo soy el que tiene sentido de Estado y todos los demás no.

Lo quiere dejar muy claro ante el público, porque se teme las terceras elecciones.

En el camino se habla del gasto que supondrían esas nuevas elecciones, olvidando el gasto que han supuesto para las arcas públicas las continuas razias de políticos del PP.

Por eso el presidente en funciones amenaza con o yo o el caos, y van apareciendo extrañas maniobras de fontanería que ofrecen votos escondidos y puestos públicos en las mesas del Senado y del Congreso. Rajoy ha puesto a trabajar a sus negociadores pata negra con escaso éxito por el momento.

Andoni Ortuzar, el presidente del PNV, aseguró que ellos no habían sido y, para rematarlo, su portavoz parlamentario en el Congreso fue más allá: "Votaremos en contra de Rajoy en la primera votación y en la segunda".

Claro, el PNV no puede permitirse ningún desliz, y menos de amiguete del PP, a cuatro días de sus elecciones autonómicas con un Podemos que le pisa los talones en Euskadi.

Pero es que las urnas fueron muy claras en algo. Los que prometieron que no iban a permitir que Rajoy siguiera, ganaron por goleada al PP. Y el pueblo, al menos parte de ese pueblo al que recurren sólo en periodo electoral, no olvida esas cosas. Está hasta las cachimbas de los políticos que dicen hoy una cosa y mañana otra.

Así que, sí, la opción de las terceras elecciones debe contemplarse como una opción lógica, democrática y plausible.

Salvo que el presidente en funciones, con un gran sentido de Estado, diera un paso atrás para que alguien de su partido que pasara la prueba del algodón, fuera quien encabezara la opción de gobierno popular y se abriera a una verdadera negociación con concesiones, pactos y acuerdos transversales de los de verdad.

Eso sí sería pensar en el país, tener verdadero sentido de Estado, y no en uno mismo.

De todas formas, y finalmente, a ultimísima hora, es probable que la palabra dada salte por los aires y tengamos presidente in extremis con votos de los que nos anunciaron a bombo y platillo que "con Rajoy nunca". Ya decía Maquiavelo que, de vez en cuando las palabras deben servir para ocultar los hechos.