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Referéndum

31/12/2015 07:16 CET | Actualizado 30/12/2016 11:12 CET

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Foto: GETTYIMAGES

"La voluntad de la nación es una de esas expresiones que más profusamente han sido objeto de abuso por parte del astuto despótico de cada época, porque siempre ha sido más fácil entender una mentira simple que una verdad compleja". Tocqueville

La voluntad de la nación se expresa en frases como la del derechista Calvo Sotelo: "Prefiero una España roja que una España rota", asesinado en las horas previas a la Guerra Civil. O en el eslogan de la dictadura franquista: "España una, grande y libre", que sirvieron para contentar a los simples y para mantener una dictadura durante 40 años.

La verdad compleja es que en España hay diferentes formas de entender el devenir político y territorial. Y no es cuestión de atacar de forma inmisericorde al contrario, mientras se acepta sin ambages lo propio. Merece la pena hacer el esfuerzo por tratar de entender el porqué de unas reivindicaciones que a unos les parecen lógicas y otros las consideran aborrecibles.

Un lejano día de los años ochenta, en pleno servicio militar, la desaparecida mili, el sargento Rodríguez, gaditano él, me miró a los ojos y, con cara de pocos amigos, me dijo: "Yo el problema vasco lo solucionaba enseguida, desplegaba la Legión en Bilbao y en pocas semanas, solucionado".

El sargento estaba más cerca de la mentira simple que de la verdad compleja, como correspondía a su condición. Lo lamentable es que aquellos políticos en cuyas manos está el destino de un estado o de una nación, vayan también por ese camino.

La solución no es contraponer al terrorismo de ETA un terrorismo de Estado, como lo hicieron con los GAL, porque eso da alas a los terroristas y crea independentistas allí donde no los había. La solución no es mantener una deriva hacia ninguna parte, como parece estar empeñado Artur Mas. La solución, seguramente, es más democracia.

David Cameron, el político conservador y primer ministro británico, no es partidario de la secesión de Escocia, sino de su unión dentro del Reino Unido. Durante sus estudios en Eton y en Oxford no le adoctrinaron sobre la independencia de las diferentes naciones del Reino Unido. Lo que le enseñaron fue ciencia política y a tratar los problemas en el marco de la democracia más profunda.

Con motivo del referendum sobre la independencia de Escocia celebrado en 2014, Cameron dijo: "Cuando una de las naciones que integra el Reino Unido decidió votar por un gobierno que prometió un referéndum, yo tenía dos opciones. Podía decir sí, podéis tener un referéndum, y aquí tenéis una manera de hacerlo legal, decisivo y justo. O podría haber tomado la otra opción, que habría sido como esconder la cabeza en la arena y decir: No, no podéis tener un referéndum. Pienso realmente que el apoyo a la independencia sería aún mayor si hubiera optado por la segunda opción".

Cameron enfrentó el problema de la pretendida secesión escocesa como una verdad compleja, podría haberse quedado en la mentira simple, en el "prefiero un Reino Unido rojo que roto", habría obtenido el aplauso de los recalcitrantes nacionalistas británicos, pero prefirió ofrecer más democracia y solucionó el problema.

Ahora que el debate de un referéndum de autodeterminación está en la agenda política por mediación de un partido con amplia representación estatal como Podemos, es bueno que tratemos de diferenciar entre la mentira simple y la verdad compleja.

Una cosa es la patria y otra, mucho más importante, es la pasta, como nos han confirmado con su continuo hurto de dineros públicos, tantos y tantos políticos patriotas.

Seguramente, si Podemos y el propio Pablo Iglesias quieren de verdad crear una alternativa de izquierda junto al PSOE y algún socio que permita superar el muro de los los 163 escaños de PP y Ciudadanos, podrán hacerlo aunque tengan que posponer su exigencia de un referéndum. Hay mimbres para ello. El PNV, por ejemplo, apoyó tanto la investidura de Felipe González en 1993 como la de José María Aznar en 1996 y ofreció un pacto de estabilidad a José Luis Rodríguez Zapatero en su momento de mayor necesidad en 2010. Hoy gobierna en Euskadi gracias al apoyo del PSE. Si ese gobierno surge desde la actual zozobra generalizada, el debate sobre el famoso referéndum quedará postergado para una mejor ocasión. Primero, las políticas sociales y luego, las territoriales, pero el problema esencial continuará candente y habrá que afrontarlo.

Como lo afrontó el propio PSOE en el congreso celebrado en el exilio, en Suresnes, y del que salió el entonces joven Felipe González investido como secretario general. Allí se aprobó una resolución que decía:

"La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español."

Por eso parece adecuado estudiar con detenimiento la raíz del problema. En el caso vasco, nos pueden ayudar algunos datos como los del Euskobarómetro, el termómetro social de Euskadi, elaborado por la Universidad del País Vasco.

El último estudio, de junio de este año, nos mostraba que solo el 30% de los vascos se declaraban claramente independentistas, y eso tras largos y terribles años de terrorismo, uno de cuyos objetivos, precisamente, era la independencia. Para un observador externo que conozca los hechos ocurridos en Euskadi durante muchos años, esa cifra del 30% de independentistas resultará claramente sorprendente, pero es lo que hay.

Por contra, en el mismo estudio cuando a los vascos se les pregunta por el Estatuto de Autonomía, hoy vigente, un 69% se considera relativamente satisfecho. Así que, visto lo visto, ¿quien teme un referendum? El caso catalán es diferente porque su autonomía no conlleva la recaudación de impuestos y su distribución ya que Jordi Pujol no quiso, en su momento, lo que los vascos sí, el régimen foral, que al "honorable" le parecía algo medieval.

Como señala Xavier Vidal Foch en El País, "ninguno debería temer un referéndum consultivo sujeto a la Constitución (artículo 92), convocado por el Gobierno y acordado con sus promotores y afectados". Pero entre quienes lo temen están los que hacen bandera de la españolidad.

Lo curioso es que a veces esa españolidad del "antes roja que rota" se disfraza de otra cosa. Es como esa gran bandera española que preside un magnífico chalet de una renombrada urbanización de lujo de Madrid en la que se reúnen conspicuos empresarios cuya preocupación fundamental es la de situar su dinero B en Liechtenstein o en las Islas Caimán, al abrigo de las investigaciones de Hacienda. O ese deportista que se enfunda en la bandera española ante las cámaras y luego guarda su dinero en Mónaco.

Una cosa es la patria y otra, mucho más importante, es la pasta, como nos han confirmado con su continuo hurto de dineros públicos, tantos y tantos políticos patriotas.

Ya en medio de la refriega de la Guerra Civil el socialista Negrín, a la sazón presidente del Gobierno de la República, aseguró que "antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos". Este defensor a ultranza de la españolidad y de "ceder el paso a Franco", fue el mismo que derivó el oro del Banco de España a Rusia. Sin comentarios.