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Salir de la hipocresía

08/07/2012 10:03 CEST | Actualizado 06/09/2012 11:12 CEST

Recuerdo bien aquel día. Guiaba por el fantasmagórico casco viejo de la ocupada población palestina de Hebrón a un grupo de jóvenes observadores catalanes. En un momento de nuestra visita, un niño de no más de ocho años se nos acercó y preguntó amablemente de dónde éramos. "Necesito vuestra ayuda, por favor", dijo. Como tarea para la escuela, tenía que pintar diferentes banderas del mundo y quería que pintásemos para él la española y la europea. No se apartó del grupo hasta conseguirlo. El niño tomó entonces el papel en el que habíamos garabateado torpemente las banderas y se colocó a un par de metros por delante nuestro, de cara al grupo. "¿Son estas vuestras banderas?", gritó. Ni si quiera esperó respuesta. Ante nuestro asombro, hizo añicos el dibujo y los lanzó con furia contra nosotros al tiempo que, visiblemente molesto, nos daba la espalda y se perdía corriendo entre las callejas contiguas al control militar israelí de Bab al Baladie. Dos adultos que presenciaron la escena se disculparon por el modo en qué el pequeño había expresado su enfado y su frustración con Occidente, pero el mensaje había llegado alto y claro.

La mayoría de conflictos del mundo no interesan a las sociedades democráticas. Nigeria, Birmania, Sudán del Sur, Somalia, Noreste de Pakistán, Tailandia... ¿A quién le importa lo que allí suceda? Decenas de miles de civiles mueren y sufren a causa de la violencia política (y por lo tanto, evitable) durante lustros, incluso décadas, sin que lleguen incluso a ocupar medio minuto en nuestros boletines informativos. La indiferencia social por la deriva de esos conflictos es tal, que ni siquiera deben molestarse nuestros dirigentes en mostrar la más mínima compasión. Lo mismo ocurre con la dimensión política de la pobreza, la salud medioambiental, las prácticas intervencionistas o el comercio de armas. La pérdida de cientos de miles de vidas se ha convertido en un coste "asumible" para defender nuestro modo de vida actual y nuestros privilegios en el orden mundial. Puede incomodarnos que así sea, pero lo cierto es que, como sociedad, no hacemos lo suficiente por cambiarlo.

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Un niño palestino pasa por delante de un control militar israelí en la población cisjordana de Hebrón, ante la mirada de un grupo de visitantes europeos. Foto: MÓNICA LEIVA, febrero de 2003.

En su célebre artículo de 1934, Cinco obstáculos para decir la verdad, Bertolt Brecht escribió: "Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios". Atrás quedó el oscuro siglo XX con sus guerras mundiales, sus genocidios, sus matanzas, sus limpiezas étnicas y sus ideas fuertes. Atrás quedó también el optimismo que nos invadió tras la caída del muro de Berlín y la convicción de poder garantizar, por fin, la paz y la justicia mundial. Y sin embargo, la reflexión del poeta y dramaturgo alemán sigue plenamente vigente. El único modelo que creímos válido -el de la democracia liberal, el de los derechos civiles y humanos-, nos ha fallado. El liderazgo global se ha mostrado incapaz de poner coto a nuestro lado más voraz, al ascenso de nuevas ideas fuertes, a la "banalidad del mal". Los pueblos libres nos hemos mostrado incapaces de proteger el valor intrínseco de la vida y, a pesar del camino recorrido, "la única elección posible para el hombre" sigue siendo, como decía Albert Camus, "entre ser víctima o victimario".

Ciertamente, no todo han sido retrocesos en las últimas décadas. Objetivamente, una proporción mayor de la población mundial vive mejor que hace medio siglo. La transferencia de poder a entidades supraindividuales ha aliviado la presión que recae sobre cada uno de nosotros, ha conseguido algunos logros significativos y muchos retrocesos; todo, al precio de otorgar inmunidad moral (y, casi siempre política) a los mandos. En lugar de redimirnos, de sacarnos del paradigma de la Machtpolitik, la creación de convenciones y la delegación de poderes ha creado un sistema favorable a los poderes fácticos y a las conductas de halcón. En la actualidad, con la ONU condenada tácitamente a la inoperancia, es la OTAN -es decir, Occidente; es decir, nosotros- quien se arroga el papel de gendarme mundial siguiendo unas narrativas de actuación mayoritariamente ajenas a los criterios de conducta moral.

Es importante tomar consciencia de esta verdad porque a menudo la visión europea de un orden humano y político justo y moral no deja de ser autocomplaciente. Para aquel niño palestino de Hebrón, que se sabe prisionero de la geopolítica global, nuestra complacencia con la gran farsa occidental de declaraciones grandilocuentes y políticas de indiferencia se traduce -asumida, como es, desde la libertad- en una actitud de complicidad. Más cuando a menudo viene acompañada por el germen de la impostura. Sin ir más lejos, la democracia española se ha acomodado perfectamente a los regímenes déspotas árabes -al igual que al israelí- con los que ha hecho (y sigue haciendo) estupendos negocios, que procuran réditos políticos y trabajo a los españoles. ¿Nos preocupa la conducta moral de nuestros gobiernos y la consecuencia que sus acciones tienen para otros pueblos? Sí es así, abramos un debate público sobre qué papel queremos jugar como sociedad en el mundo. Exijamos transparencia sobre las relaciones políticas, académicas, militares, armamentísticas y comerciales que desde España se realizan con regímenes no democráticos, o con estados (u otros actores) que incumplen gravemente la legalidad internacional vigente y los derechos civiles y humanos. Exijamos la verdad, porque la verdad, por incómoda que sea, nos sacará del envilecimiento moral en el que vivimos y nos permitirá cuestionar las buenas palabras de los que nos representan, forzando una nueva cultura de la responsabilidad. Y si pese a todo decidimos ser victimarios asumamos entonces quiénes somos y ahorrémonos los lamentos del desasosiego. Hasta entonces, no ha de extrañarnos que el ciudadano que padece las consecuencias de nuestra anestesiada conciencia moral nos recrimine, con razón, que elijamos vivir en nuestras creencias e ilusiones antes que salir de la hipocresía.

Mónica Leiva mantiene el blog El diván de Ibn Battuta sobre el mundo árabe y musulmán: www.monicaleiva.net.