Recuerdo bien aquel día. Guiaba por el fantasmagórico casco viejo de la ocupada población palestina de Hebrón a un grupo de jóvenes observadores catalanes. En un momento de nuestra visita, un niño de no más de ocho años se nos acercó y preguntó amablemente de dónde éramos. "Necesito vuestra ayuda, por favor", dijo. Como tarea para la escuela, tenía que pintar diferentes banderas del mundo y quería que pintásemos para él la española y la europea. No se apartó del grupo hasta conseguirlo. El niño tomó entonces el papel en el que habíamos garabateado torpemente las banderas y se colocó a un par de metros por delante nuestro, de cara al grupo. "¿Son estas vuestras banderas?", gritó. Ni si quiera esperó respuesta. Ante nuestro asombro, hizo añicos el dibujo y los lanzó con furia contra nosotros al tiempo que, visiblemente molesto, nos daba la espalda y se perdía corriendo entre las callejas contiguas al control militar israelí de Bab al Baladie. Dos adultos que presenciaron la escena se disculparon por el modo en qué el pequeño había expresado su enfado y su frustración con Occidente, pero el mensaje había llegado alto y claro.
La mayoría de conflictos del mundo no interesan a las sociedades democráticas. Nigeria, Birmania, Sudán del Sur, Somalia, Noreste de Pakistán, Tailandia... ¿A quién le importa lo que allí suceda? Decenas de miles de civiles mueren y sufren a causa de la violencia política (y por lo tanto, evitable) durante lustros, incluso décadas, sin que lleguen incluso a ocupar medio minuto en nuestros boletines informativos. La indiferencia social por la deriva de esos conflictos es tal, que ni siquiera deben molestarse nuestros dirigentes en mostrar la más mínima compasión. Lo mismo ocurre con la dimensión política de la pobreza, la salud medioambiental, las prácticas intervencionistas o el comercio de armas. La pérdida de cientos de miles de vidas se ha convertido en un coste "asumible" para defender nuestro modo de vida actual y nuestros privilegios en el orden mundial. Puede incomodarnos que así sea, pero lo cierto es que, como sociedad, no hacemos lo suficiente por cambiarlo.
En su célebre artículo de 1934, Cinco obstáculos para decir la verdad, Bertolt Brecht escribió: "Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios". Atrás quedó el oscuro siglo XX con sus guerras mundiales, sus genocidios, sus matanzas, sus limpiezas étnicas y sus ideas fuertes. Atrás quedó también el optimismo que nos invadió tras la caída del muro de Berlín y la convicción de poder garantizar, por fin, la paz y la justicia mundial. Y sin embargo, la reflexión del poeta y dramaturgo alemán sigue plenamente vigente. El único modelo que creímos válido -el de la democracia liberal, el de los derechos civiles y humanos-, nos ha fallado. El liderazgo global se ha mostrado incapaz de poner coto a nuestro lado más voraz, al ascenso de nuevas ideas fuertes, a la "banalidad del mal". Los pueblos libres nos hemos mostrado incapaces de proteger el valor intrínseco de la vida y, a pesar del camino recorrido, "la única elección posible para el hombre" sigue siendo, como decía Albert Camus, "entre ser víctima o victimario".
Ciertamente, no todo han sido retrocesos en las últimas décadas. Objetivamente, una proporción mayor de la población mundial vive mejor que hace medio siglo. La transferencia de poder a entidades supraindividuales ha aliviado la presión que recae sobre cada uno de nosotros, ha conseguido algunos logros significativos y muchos retrocesos; todo, al precio de otorgar inmunidad moral (y, casi siempre política) a los mandos. En lugar de redimirnos, de sacarnos del paradigma de la Machtpolitik, la creación de convenciones y la delegación de poderes ha creado un sistema favorable a los poderes fácticos y a las conductas de halcón. En la actualidad, con la ONU condenada tácitamente a la inoperancia, es la OTAN -es decir, Occidente; es decir, nosotros- quien se arroga el papel de gendarme mundial siguiendo unas narrativas de actuación mayoritariamente ajenas a los criterios de conducta moral.
Es importante tomar consciencia de esta verdad porque a menudo la visión europea de un orden humano y político justo y moral no deja de ser autocomplaciente. Para aquel niño palestino de Hebrón, que se sabe prisionero de la geopolítica global, nuestra complacencia con la gran farsa occidental de declaraciones grandilocuentes y políticas de indiferencia se traduce -asumida, como es, desde la libertad- en una actitud de complicidad. Más cuando a menudo viene acompañada por el germen de la impostura. Sin ir más lejos, la democracia española se ha acomodado perfectamente a los regímenes déspotas árabes -al igual que al israelí- con los que ha hecho (y sigue haciendo) estupendos negocios, que procuran réditos políticos y trabajo a los españoles. ¿Nos preocupa la conducta moral de nuestros gobiernos y la consecuencia que sus acciones tienen para otros pueblos? Sí es así, abramos un debate público sobre qué papel queremos jugar como sociedad en el mundo. Exijamos transparencia sobre las relaciones políticas, académicas, militares, armamentísticas y comerciales que desde España se realizan con regímenes no democráticos, o con estados (u otros actores) que incumplen gravemente la legalidad internacional vigente y los derechos civiles y humanos. Exijamos la verdad, porque la verdad, por incómoda que sea, nos sacará del envilecimiento moral en el que vivimos y nos permitirá cuestionar las buenas palabras de los que nos representan, forzando una nueva cultura de la responsabilidad. Y si pese a todo decidimos ser victimarios asumamos entonces quiénes somos y ahorrémonos los lamentos del desasosiego. Hasta entonces, no ha de extrañarnos que el ciudadano que padece las consecuencias de nuestra anestesiada conciencia moral nos recrimine, con razón, que elijamos vivir en nuestras creencias e ilusiones antes que salir de la hipocresía.
Mónica Leiva mantiene el blog El diván de Ibn Battuta sobre el mundo árabe y musulmán: www.monicaleiva.net.
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No obstante, quisiera exponer un par de discrepancias .
En primer lugar, las “sociedades democràticas” que, ciertamente, no parecen mostrar demasiado interés por el sufrimiento de las que viven conflictos armados o violencias de todo tipo, son en realidad sociedades en las que la democracia es más formal que de contenido real.
Una de las principales razónes de que nuestras democracias sean tan poco democráticas, es el hecho de que losprincipales medios de comunicación, esten controlados por grupos económicamente dominantes.
Estos medios, así controlados, son quienes tienen la mayor parte de la responsabilidad de que determinados temas o problemas, sean considerados de mayor o menor importancia por la sociedad.
Los poderosos medios de comunicación modernos han alcanzado un nivel de sutileza, yo diria, cientifica, a la hora de menipular las noticias. Nunca dicen mentiras, pero casi nunca dicen toda la verdad. Ocultan o desvirtuan la parte de la verdad que no les conviene.
Termino diciendo que las recomendaciones con las que Mónica acaba su articulo, me parecen válidas. Pero yo añadiria otra: Hemos de exigir una auténtica democratización de nuestras sociedades. Y así acabaremos con el monopólio ideológico y la manipulación informativa que nos hace parecer un poco hipócritas.
http://www.youtube.com/watch?v=XoI6SgvSj_w&feature=related
Las fuentes de noticias tradicionales son como un filtro selectivo y no se molestan en darnos a conocer tantas situaciones de sufrimiento como en Congo, Nigeria, etc.
Depende de nosotros los ciudadanos el estar bien informados y tener inciativa, hacer el esfuerzo de obligar a nuestros gobernantes y grupos empresariales a comportarse como nosotros queramos.
Con nuestros votos e iniciativas podemos tener el mundo que queramos.
Tenemos que superar la visión obsoleta de derechas e izquierdas, y también superar la creencia de que alguien en el poder va a hacer las cosas por nosotros. En este sentido, me encanta la reacción popular en ISLANDIA - así se hace! Si todos fuéramos como los islandeses (tomar las riendas de la situación y darnos cuenta de que somos nosotros quienes tenemos el poder), entonces sí que podríamos solucionar conflictos y cambiar el curso de los acontecimientos para mejor.
De la buena información, buen corazón e iniciativa de cada uno de nosotros, movilizándonos, va a depender la resolución de situaciones tan dolorosas como la de Palestina, y tantas otras.
Saludos!
http://www.youtube.com/watch?v=A9pNnKxewss
http://www.youtube.com/watch?v=tcid98KWjDA&feature=related
Espera, sigo en el siguiente comentario.
Tendríamos que aprovechar, con la llegada de Huffington Post a este país, para valorar un periodismo creativo que nos informe de maneras nuevas para avanzar hacia el futuro y nos muestre tantos logros específicos, como la reacción popular reciente en Islandia, o la manera tan magnífica en que Suecia solucionó el problema de la banca a principios de los 90:
http://www.nytimes.com/2008/09/23/business/worldbusiness/23krona.html
El señalar con el dedo los fallos del PP y PSOE no conduce a nada - un callejón sin salida.
Está claro que en occidente nos falta mucho por hacer en cuanto a liderar el mundo con el ejemplo, pero también se han conseguido muchos avances.
Saludos -----
http://www.youtube.com/watch?v=8XOd6Uajh-4
Nuestra actitud real ante el sufrimiento exterior está en conexión, es la misma, que nuestra moral pública en los acontecimientos domesticos. Casos sobran que la reflejan. Por eso animo a la autora a que analice la degradación de la moral pública en nuestro pais. ¿Como se ha llegado a esta convivencia natural con las acciones y omisiones inmorales?