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6 millones

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Me lo decía hace unos días el embajador de un país europeo: "España es asombrosa; en cualquier otro lugar, las calles estarían ardiendo, y aquí no pasa nada".

¿No pasa nada?

Romper la barrera de los 6 millones de parados es un golpe moral sin precedentes. Y es un grito en toda regla a la UE para que abandone de una vez la rigidez en las políticas de austeridad que están asfixiando ahora nuestro país, y lo que es más grave, amputando nuestro futuro. El nuevo mantra del Gobierno es que ya hemos tocado fondo, y es posible que tenga razón: el problema es que podemos quedarnos en el fango durante un larguísimo periodo, si nada ni nadie tira hacia arriba de la economía.

Por mucho que se empeñen, los datos de la Encuesta de Población Activa del primer trimestre de 2013 no son "menos malos": son pésimos, y auguran el enquistamiento de una situación endiablada. No hay país, ni seguridad social, ni cuentas públicas, ni pensiones, ni tejido empresarial ni familiar que soporten durante mucho tiempo la brutal radiografía de la EPA del primer trimestre de 2013:

- Un 27,16% de tasa de desempleo, que aún crecerá más a lo largo del año a pesar de que la población activa sigue disminuyendo.

- 251.000 trabajadores menos en el sector privado y 71.400 trabajadores menos en el sector público en el último trimestre, a pesar del efecto beneficioso que la temprana Semana Santa debería haber tenido este año en el sector turístico

- Casi dos millones de hogares con todos sus miembros en el paro, lo que agudiza el riesgo de pobreza y de exclusión social.

- Casi tres millones de parados de larga duración, los que llevan más de un año buscando infructuosamente empleo. Son más de medio millón en el último año, y uno de los síntomas más preocupantes: cuanto más tiempo pasa alguien fuera del mercado laboral, más difícil se hace su reincorporación.

- 1,8 millones de parados menores de 29 años, un colectivo que agrupa tanto a los jóvenes que abandonaron los estudios por el ladrillo durante los años de bonanza, como a los jóvenes bien preparados que acumulan títulos universitarios, aunque luego tengan que ocultarlos en sus currículo. Cada vez más emigran en busca de trabajo a otros países -lo que Fátima Báñez, ministra de Empleo, llama, en un ejercicio de cinismo, "movilidad exterior"-. Con 6 de cada 10 jóvenes menores de 25 años sin empleo, estamos estrangulando, directamente, a toda una generación.

(Francia, por cierto, también ha batido esta semana su récord histórico de desempleo: 3,2 millones de personas, en torno a un 11% de la población).

¿Qué dice Europa? El presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, ya alertaba esta semana de que la austeridad está llegando a su límite, por la falta de apoyo político y social entre los ciudadanos. El Banco Central podría recortar los tipos de interés la próxima semana para facilitar el crédito, y hay quienes apuestan por que vaya más allá y adopte medidas para estrechar la diferencia de costes que tienen para endeudarse los países periféricos frente a los ricos, algo a lo que apuntaba hoy el Financial Times. Pero desde Dresden, Angela Merkel ha señalado este jueves la gran contradicción: Alemania no necesita tipos más bajos, sino posiblemente lo contrario; y ello demuestra que Europa no sólo transita a dos velocidades, sino que lo hace en direcciones opuestas. ¿Es posible una política común que pueda abordar situaciones tan dispares?

Debería serlo, pero los europeos somos cada día más euroescépticos, aunque por distintas razones. Según el Eurobarómetro de Eurostat, en estos últimos cinco años de crisis, la confianza en la UE ha caído a niveles desconocidos en los seis mayores países de la Unión, y de manera notable en España (aunque los campeones, cómo no, son los británicos). Este desplome del apoyo ciudadano al proyecto europeo puede desembocar, tras las elecciones del próximo año, en un Parlamento lleno de grupos polítcos pequeños y dispares, muchos de ellos paradójicamente antieuropeístas, que recojan el voto de castigo de los electores, al tiempo que se alienta el nacionalismo y los extremismos en los parlamentos nacionales.

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Fuente: Eurobarómetro/Eurostat
Gráfico: El País

Eso, en Bruselas y en Estrasburgo. En nuestras calles, las protestas corren el riesgo de volverse cada vez más violentas. Acabamos de vivir el fracaso de la convocatoria del 25-A "Asedia al Congreso", que apenas convocó a un millar de personas, pero que marca una peligrosa tendencia: la radicalización, frente a las protestas relativamente pacíficas que hemos vivido hasta el momento. Lo mismo ocurre con los escraches, o con los incidentes que empiezan a brotar en las universidades. La ola de descontento se está transformando a pasos agigantados en desesperación, una materia altamente inflamable.

"Pero aquí no pasa nada", decía asombrado el diplomático.

Sí está pasando, embajador.