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Crónica de una investidura fallida

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Pedro Sánchez, alias 'El Renacido', fue el protagonista absoluto del martes, cuando pudo desgranar sin interrupciones su acuerdo con Ciudadanos y lanzar el guante a Podemos: 'empecemos la próxima semana ' dijo, después de exhibir todas las medidas sociales y políticas que cree compatibles con la izquierda. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, y Sánchez está huérfano de apoyos. Hoy, como Leo Di Caprio, casi muere devorado por un oso viejo herido de muerte, y por otro oso tan joven como hambriento. Los dos son muy peligrosos. Y a diferencia de la película de Iñárritu, es difícil que tanto sufrimiento acabe, para Sánchez, con un final feliz.

Al ver cómo su crédito político de desvanece, Mariano Rajoy ha desenfundado su habilidad dialéctica para atizar duro al candidato con una sarcástica, cruel y precisa arenga. "¡Un rigodón!", "¡Un vodevil!", "¡Una farsa!", "¡Una comedia!", "¡Un bluf!" ridiculizaba Rajoy, antes de clavar sus garras más profundamente: "¿Pero qué estamos haciendo aquí?". Y poco más: volvió a defender la gestión de su gobierno y abominar de la espantosa herencia recibida. ¿Hola? Sí, estamos en 2016, pero Rajoy es un clásico: no le gusta cambiar de argumentos. Su gran mérito fue calentar su bancada, llena de diputados populares que asisten, pálidos y zombies, a la descomposición del poder absoluto del que han disfrutado durante cuatro años. Si necesitaban un reconstituyente, Rajoy se lo ha suministrado con generosidad. El problema es que queda ya claro como el cristal que esa Gran Coalición que propugna para gobernar con Ciudadanos y PSOE es una entelequia, y no sólo porque Sánchez se niegue a ella. Los dos líderes del bipartidismo son químicamente incompatibles.

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La otra gran secuencia llegaba a las 10,15: el primer discurso de Pablo Iglesias en la tribuna. Casi nos convence de que la democracia empezaba en España justo en ese momento. Dio lecciones de historia a derecha e izquierda, convocó el espíritu de los ancestros socialistas y desplegó una soberbia sólo equiparable a la de Rajoy. Volvió su furia a Ciudadanos, y trató de sembrar la cizaña entre los dos flamantes socios: "Cuídese de la Naranja Mecánica, es un socio hábil que le entregará al PP", advirtió a Sánchez. Así dejó caer en el hemiciclo el mayor interrogante del momento. ¿Qué pasará con el pacto la medianoche del viernes? ¿Se convertirá la carroza en calabaza si Sánchez no es presidente? ¿O se transformará en el primer fascículo del acuerdo para una gran coalición? Iglesias fue más allá, e interpeló a Rajoy: "¿Acaso tienen a un Mario Monti en el armario?", apuntando hacia una posible Gran Coalición bajo la presidencia de un "independiente de prestigio". El oso hambriento que es Iglesias mostró aún más los colmillos durante la réplica, después de que Sánchez le reprochara su entusiasmo ante Otegi, ese preso político. "¡Eso es miserable!", le dijo, pero antes él había recuperado la cal viva en la que fueron enterradas las víctimas de los GAL. ¿Hola? Sí, estamos en 2016, pero también los nuevos políticos parecen incapaces de desprenderse de lo peor de nuestro pasado.

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En ese ambiente tan vibrante como áspero -suavizado por un beso en los labios de Iglesias a Doménech- llegó Albert Rivera, tan suelto, fresco y libre como Iglesias pero con un pacto bajo el brazo. Su defensa de ese acuerdo fue también vintage, pero con un aroma delicioso: Eau de La Transition. Desplegó palabras homeopáticas para curar tanto zarpazo: ilusión, coraje, valor, acción, diálogo, milagro, generosidad... Pidió la abstención de los demás grupos, habló en catalán para demostrar que su lengua no es patrimonio de los independentistas, y llegó a pedir una Catalunya Lliure.... de corrupción. Rajoy se ausentó en su discurso y Rivera aprovechó para cebarse con él: tal y como tiene el partido, dijo, no puede liderar la regeneración. Hubo piropos al PSOE, que fueron gentilmente devueltos. Rivera se desmarca de la bronca general y cada día hila mejor su papel de hombre de consenso.

Harto de esperar a Rajoy tras el 20-D, Rivera arriesgó su centralidad por el PSOE y su abrazo de oso mimoso ata corto a los socialistas: el dúo espanta a los nacionalistas. Es el punto débil: están de acuerdo en cerrarse en redondo a un referéndum de autodeterminación, pero solos no pueden hacer ningún cambio constitucional que resulte sugerente en Cataluña. Ahí Rajoy tiene la llave, y lo sabe.

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Visto lo visto, ¿qué cabe esperar en las próximas horas? Poco más: esta falsa investidura ya ha cumplido su gran virtud, que era desbloquear la situación endiablada que dejaron las urnas el 20-D. El tiempo avanza ya hacia el 26 de junio, fecha en la que muy posiblemente volveremos a las urnas. Todos dicen querer evitarlas, muchos tienden la mano, pero hasta ahora nadie parece dispuesto a sumar un sólo diputado más a los 90+40 que aportan Sánchez y Rivera. Algunos, como Alberto Garzón (IU), Aitor Esteban (PNV) o Joan Baldoví (Compromís) se emplazan para hacer un reset el lunes. También Rajoy debería verse pronto con Rivera, cuando Sánchez ya no sea candidato. El presidente en funciones asegura que hay margen, aunque no se presentará a una investidura si no hay acuerdo cerrado antes. Rajoy está muy molesto con el Jefe del Estado por haber anunciado desde Zarzuela su rechazo a formar gobierno: él sólo quería más tiempo. Pero la imagen del hombre que dijo no al rey se ha convertido en un estigma.

Quedan dos meses hasta el 3 de mayo, fecha límite para disolver la cortes. De hecho, esta sesión parlamentaria parece el primer acto de la nueva campaña. La contradicción es que ahora que el bipartidismo ha muerto, los nuevos actores del cambio parecen incapaces de navegar por las nuevas aguas: todos se aferran a su programa, programa, programa como si tuvieran la mayoría absoluta. Y ahí Sánchez y Rivera se han desmarcado: las urnas les juzgarán. Quedan dos meses, tic-tac, para dar por fallida esta legislatura, y enfrentarse al hartazgo y el mosqueo de los ciudadanos.

Salvo que, como decía Antonio Gramsci (cita de Garzón), el optimismo de la voluntad venza al pesimismo de la razón.

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