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El debate fallido

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DEBATE
EFE
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Que me lapiden ya los apóstoles de la nueva política: a mí lo que me gustaba del bipartidismo eran los cara a cara. Muero por ver a la astuta de Hillary Clinton lidiar con el energúmeno de Donald Trump, por ejemplo. Un debate a dos puede ser intenso, agrio o aburrido, pero es directo y elemental, como la tele. Un debate entre cuatro candidatos y las triangulaciones que genera puede volverte tarumba en cuanto pierdes mínimamente el hilo.

Dicho eso, ha sido muy revelador contemplar a Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias batirse en duelo televisivo por primera y última vez. Porque si hubiera un tercer round electoral -todos lo niegan, pero no descartemos nada-, es impensable que estos cuatro candidatos vuelvan a enfrentarse. Alguno(s) no llegará(n) vivo(s). Todo en el debate fue mejorable: la dinámica, la moderación, el propio set, el ritmo... pero al menos sirvió para afianzar algunas intuiciones:

-Que Mariano Rajoy no piensa hacer nada distinto a lo que hizo tras el 20D: es decir, fia el futuro del PP a la aritmética, y punto. Que no soporta a Pedro Sánchez. Que no puede con Albert Rivera. Y que desprecia a Iglesias, lo que no significa que minusvalore la fuerza que representa. Rajoy ya ha hecho el gran cambio que le suplicaban sus asesores: bajar a la calle, meterse en los platós, tomar cañas, debatir con niños y mostrarse -ejem- fieramente humano.

-Que Albert Rivera sueña con una gran coalición de Ciudadanos con el PP y PSOE tras el 26J que tiene como requisito sine qua non la retirada del líder popular. Pero que no volverá a esgrimir el "Váyase, Sr. Rajoy" que ya utilizó en la última y cortísima legislatura: como mucho, le pedirá 'que reflexione' sobre el daño que su presencia hace a la gobernabilidad.

-Que Pedro Sánchez morirá antes de gobernar con el PP, y que su arma ante la otra muerte que le acecha, el sorpasso de Unidos Podemos, es el concepto 'pinza'. Está convencido de que conjurar la memoria de la entente Anguita-Aznar para cristalizarla en Iglesias-Rajoy es su mejor baza ante un electorado socialista confuso y desanimado. Sonríe mucho para mostrar aplomo.

-Que a Pablo Iglesias no le sienta nada bien la entronización de Unidos Podemos en los sondeos. Ser segunda fuerza le obliga a domarse, a contenerse ante el PSOE y casi suplicarle que vayan de la mano. El plus es que él sí sabe, y sí dice, con quién quiere pactar. Pero convertirse en socialdemócrata tenía un precio.

-Que Pedro Sánchez y Albert Rivera han firmado otro pacto: el de no agresión en campaña, una decisión comprensible si quieren poner en valor el camino que recorrieron juntos en estos últimos cuatro meses. Pero bajo la piel de cordero, los dos compiten como lobos por el mismo espacio electoral en el centro del tablero.

-Que Grecia es la nueva Venezuela. Iglesias y los suyos no pueden renegar de Tsipras como lo han hecho de Maduro.

-Que el futuro de Cataluña seguirá siendo el principal nudo gordiano de la política española en los próximos años.

-Que las palabras Bárcenas, Gürtel, Caja B, Blesa, Rato, Barberá o Panamá mantienen su poder de demolición frente a los intentos de Rajoy de construir su relato en positivo en torno al hermoso y hueco concepto de "¡España es un gran país!".

-Que un debate a cuatro resulta muy poco eficaz a la hora de comparar y debatir propuestas concretas sobre impuestos, investigación, pensiones, salario mínimo, reforma laboral, educación o autónomos. De Europa, ni hablamos. Es decir, que lo más importante queda desdibujado. Y en esa nebulosa, los dos millones de empleos que machaconamente promete Rajoy brillan como un caramelo. Bling-bling.

-Que Vicente Vallés se las bastaba y sobraba él solito para preguntar y conducir el debate. Que la rigidez de los tiempos y los bloques favorece los eslóganes y es enemiga de la fluidez.

A modo de conclusión: no conseguí identificar al ganador del debate, por eso lo doy por fallido. Indecisos, sigan atentos a sus pantallas.