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El fracaso de Rajoy y de todos

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CONGRESO
EFE
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Alea jacta est: Rajoy ha recibido el sonoro portazo de 180 diputados y volverá a recibirlo el próximo viernes, cuando se cumplan las 48 horas preceptivas para la segunda votación de su investidura. Y comenzarán entonces los dos meses agónicos hasta que, si ningún candidato consigue ser investido, se disuelvan de nuevo las Cortes y queden convocadas unas nuevas elecciones generales. Que se celebren el 25 de diciembre o una semana antes, el día 18 -si saliera adelante la propuesta socialista para acortar la campaña electoral- es lo de menos. Lo importante es que estamos asistiendo a un fracaso político sin paliativos.

Todos los líderes arrastran su cuota de responsabilidad en este fiasco, pero no en igual medida. En primerísimo lugar, el candidato y presidente en funciones, Mariano Rajoy. Los resultados que el PP obtuvo el 26-J -quince diputados y medio millón de votos más- se le subieron como el champán a la cabeza: eran tan buenos comparados con las expectativas, dejaban tan en evidencia a sus rivales, que se envalentonó y dio por hecho que serían suficientes para anular cualquier resistencia a su investidura. Calculó mal. En estos meses -y ayer mismo en su discurso- ha demostrado una falta de cintura política pasmosa. El propio Rajoy se ha encargado de recordarnos hoy la cantidad de pactos que ha sido capaz de muñir, desde el pacto del Majestic con CIU a la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución con Zapatero. Pero el ecosistema político español de 2016 ha dado un giro sustancial, y las habilidades de Rajoy se han oxidado tras cuatro años confortablemente instalado en el Decreto Ley y las mayorías absolutas.

Pedro Sánchez explicó desde la tribuna de oradores -mejor que nunca- las razones para su numantino no a la investidura. Fue prolijo, contundente al recordar la corrupción y los recortes del ejecutivo popular que Rajoy obvió ayer, y eficaz al desarrollar la teoría del chantaje: si el PSOE se abstiene ahora, tendrá que abstenerse en todas las grandes votaciones que llegarán, por lo que la abstención acabará transformándose sí o sí en un aval del gobierno. Una lógica impecable que se estrella ante la falta de alternativas. Si el 'no' es a Rajoy y/o a cualquier otro candidato popular, y la alternativa no suma, nos situamos ante una nueva cita con las urnas, algo que Sánchez se había comprometido a evitar.

Y la alternativa fue posible tras el 20-D, pero no suma ya. Entonces la aritmética era endiablada, las reticencias inmensas desde todos los frentes, pero no era imposible forjar un gobierno alternativo al PP sumando a PSOE, Ciudadanos y Podemos. Pablo Iglesias calculó -mal- que le iría mejor una repetición electoral de la mano de IU y su sueño se desvaneció tras el recuento en junio. Ahora no resulta convincente su oferta al PSOE: la cohesión interna socialista, ya bastante debilitada, puede saltar por los aires si hay que contar con los nacionalistas/independentistas para construir ese gobierno patchwork.

Albert Rivera ha tenido que soportar el desdén de quienes le acusan de ser una marioneta, una muleta de los grandes, de no tener principios. El chicle de McGyver, le ha espetado Pablo Iglesias. Pero esas andanadas no le afectan: peor ha sido tragar con el inexplicable desdén que Rajoy le propinó en su primer discurso. Su apoyo ha sido tan inútil para el PSOE como lo está siendo para el PP, así que su futuro electoral es un auténtico misterio: le espera la gloria o la irrelevancia. En cualquier caso, sí ha obligado al PP a doblar la cerviz: algunas de las 150 medidas pactadas -la revisión de la amnistía fiscal, por ejemplo- suponen todo un trágala para el gobierno.

Es inútil ya pensar qué papel podría haber jugado el PSOE si se hubiera sentado a negociar no ya un gobierno de coalición, sino el precio político a su abstención. Hay un valor pedagógico en el liderazgo cuando afronta decisiones impopulares, que Pedro Sánchez ha decidido no asumir. Las miradas se vuelven a centrar ahora en él y en un partido aturdido que necesita urgentemente poner sobre la mesa qué estrategia quiere seguir -si es que tiene alguna-, y más profundamente, qué papel quiere jugar en el nuevo tablero de la política española. Las elecciones vascas y gallegas pueden retrasar formalmente cualquier decisión, pero por sí mismas no nos mostrarán la salida a este diabólico laberinto.