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La brutal herida del 1-O

01/10/2017 20:36 CEST | Actualizado 01/10/2017 22:44 CEST
EFE

No, lo que se ha vivido hoy en Cataluña no ha sido un referéndum. Una representación, en todo caso: caótica en su organización y tramposa en la ejecución. E inquietante en algunos aspectos, como la protección de los datos personales de millones de catalanes. Pero hay algo cierto: es el mayor éxito obtenido nunca por la causa independentista.

Fundamentalmente, porque cientos de miles de catalanes han hecho suya esa consulta: se han organizado y han colaborado para que fuera una realidad pese a la prohibición judicial. Han ocupado escuelas desde el viernes; han ocultando urnas y/o papeletas en su casa, han compartido información para sortear los obstáculos legales, han madrugado para llegar a los colegios antes que los Mossos y luego, bajo la lluvia, han esperado durante horas para votar o para garantizar el voto de los demás. Porque han participado incluso muchos de los que estaban en contra del referéndum hace dos semanas. Algunos se han enfrentado a la policía, y les han partido la cara. Y esas imágenes -yayas sangrando, jóvenes arrastrados por el suelo, adolescentes asustadas- han dado la vuelta a un mundo que hasta ahora había ignorado olímpicamente las ansias secesionistas catalanas.

Hoy, toda Europa se pregunta horrorizada qué está pasando en España, ese país conservador y estable, que ha dejado detrás la crisis económica y crece a buen ritmo. Lo que ha pasado es algo inédito: que un gobierno legítimo ha encabezado una insurrección en toda regla. Y otro gobierno ha lanzado contra ciudadanos pacíficos a las fuerzas de seguridad. Lo nunca visto.

Tanto Puigdemont como Rajoy, y sus gobiernos, son responsables directos de las imágenes de violencia que deja el día y que abren una herida profunda en nuestra convivencia. Puigdemont, por despreciar el estado de derecho que está obligado a defender y sostener la ficción de un referéndum legal contra viento y marea, aunque ni él mismo haya podido votar en su colegio electoral. Rajoy, por su miopía al confiar la contención del tsunami independentista no a la política, sino a la respuesta judicial-policial. Llevar a la Policía Nacional y a la Guardia Civil a cerrar los colegios electorales -el trabajo sucio que los Mossos no han querido hacer-, sabiendo la resistencia civil que iban a encontrar, ha sido temerario. Más de setecientos ciudadanos y una docena de agentes han resultado heridos.

Rajoy ha cumplido con su palabra: no ha habido referéndum. Pero sí ha habido urnas y papeletas, colas en los colegios, muchos jóvenes y muchísima gente mayor realmente emocionada depositando su voto. Era un clima de desobediencia civil y de resistencia festiva, y este debería haber sido el resumen del día: ciudadanos expresando su voluntad, en una consulta tan simbólicamente poderosa como legalmente inválida. Cuando esta mañana el Govern tuvo que sustituir el proceso de voto por un 'censo universal', controlado vía apps, democráticamente insolvente, bien se podría haber dado por finiquitado el referéndum y habernos ahorrado la violencia policial. Pero el empecinamiento del Govern en forzar la apariencia de legalidad ha acorralado al Gobierno central, que ha demostrado tanta fuerza como su absoluta carencia de cintura política.

Hoy, la causa independentista ha ganado visibilidad internacional, simpatizantes y posiblemente nuevos adeptos en Cataluña. Si Puigdemont convoca elecciones autonómicas ya -y no hay otra salida- puede aumentar el apoyo en votos al proyecto secesionista: esto, que nadie se engañe, también estaba en sus cálculos. Pero el precio a pagar es altísimo, tanto en convivencia como en descrédito de las instituciones. Y el diálogo entre España y Cataluña que será imprescindible para seguir adelante, juntos o no, parece imposible mientras los actuales dirigentes políticos continúen en su sitio. Después de tanto sobarla y retorcerla, de utilizarla como escudo unos y otros, la Democracia ha sufrido hoy una paliza monumental.

Actualización: Y la paliza continúa. Carles Puigdemont, convencido de que lo ocurrido hoy es un triunfo, acaba dar un paso que no tiene marcha atrás: trasladará el resultado de la votación al Parlament para que declare la independencia catalana, esta misma semana. Comienza una semana de vértigo. Las cosas sólo pueden ir a peor.