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La democracia y la coca cola light

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Resulta inquietante leer que la democracia en el mundo occidental está dando señales de fatiga que pueden poner en riesgo la capacidad de administrar los grandes retos a los que nos enfrentamos. Más aún si la comparación es con China, el coloso que en las últimas tres décadas -un tiempo récord- ha conseguido sacar de la pobreza a millones de ciudadanos y ha emprendido un despegue económico que, en 2013, va a suponer el 40% del crecimiento de la economía global. Y ello, con un sistema político autocrático, pero fuertemente anclado en la meritocracia , que no sólo no tiene como referente los valores democráticos occidentales sino que los desecha como ineficaces.

Si partimos de la base de que ambos sistemas tienen que renovarse para evitar la esclerosis, ¿podemos establecer vias intermedias entre Oriente y Occidente que nos hagan capaces de mejorar la gobernanza en el siglo XXI, entendida ésta como la capacidad para articular la política, la cultura y el sistema económico de una sociedad para darle a su pueblo la buena vida que desea?

Nicolas Berggruen y Nathan Gardels defienden que sí es posible. Y lo hacen en un ensayo provocador en el que alertan sobre la perversión de las democracias liberales transformadas en democracias consumistas, que tienden a la gratificación inmediata y eclipsan el interés a largo plazo y el bien común, lo que supone la vía -aseguran- hacia la ruina terminal. Lo denominan la cultura de la Coca Cola light; y ponen como ejemplo la burbuja inmobiliaria que surgió con las hipotecas basura: muchas personas que han querido consumir sin ahorrar ni estudiar, o tener infraestructuras y seguridad social sin pagar impuestos, "del mismo modo que esperan que los refrescos tengan un sabor dulce pero no tengan calorías".

En "Gobernanza inteligente para el siglo XXI. Una vía intermedia entre Occidente y Oriente" (Ed. Taurus), Berggruen y Gardels aportan propuestas concretas que nacen de su preocupación primordial por California, el Estado en el que las iniciativas populares, ideadas para ejercer de contrapeso a los magnates del ferrocarril, han acabado por convertirse en instrumento de los grandes grupos de presión; donde se destinan más fondos públicos a las cárceles que a la educación superior. También abordan la corrupción que la democracia liberal ha sufrido para convertirse en una "vetocracia" disfuncional, en definición de Francis Fukuyama, donde los grupos de presión "resueltos a conservar su parte del botín han secuestrado el presupuesto y el proceso legislativo"; algo que estamos comprobando estos días con la angustiosa negociación para evitar el abismo fiscal estadounidense y la incapacidad política de llegar a acuerdos sobre el límite de endeudamiento.

Europa merece un capítulo aparte, en el que los autores apuestan por una única respuesta posible: reconciliar la integración con la democracia. Sostienen que la crisis actual no es tanto del euro, sino del déficit democrático que arrastra la UE, aunque resolver la crisis de la deuda pueda convertirse -como ocurrió en 1789 en EEUU tras la Revolución americana, y como recordaba Guillermo de la Dehesa en su blog- en la base de una unión política que convierta a Europa en un pilar imprescindible del siglo XXI.

Cualquiera de sus tesis son un punto de arranque para el debate: una invitación a pensar y discutir sobre la gobernanza inteligente. Lo que no encontrán en el libro -y eso lo reconocen los autores- es la bala de plata que nos salve de todos los problemas que plantean unos tiempos excepcionales.