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Una semana decisiva

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A estas alturas, escaldados como nunca, pocos analistas se atreven a vaticinar si este lunes, cuando abran los mercados financieros, se confirmará que lo peor de la tormenta ha pasado. La semana de infarto para la deuda española concluyó el viernes con la bolsa al alza y la prima de riesgo por debajo de esos terroríficos 500 puntos, y todo indicaba que la tensión brutal a la que estaba siendo sometido el Reino de España y su deuda empezaba a relajarse.

Lo cierto es que debería ser así; este lunes España oficializa en Bruselas su petición de ayuda para los bancos que necesitan capital; siguen los tira y afloja sobre la letra pequeña del préstamo y las condiciones del rescate bancario, pero el proceso comienza ya y lo hace en base a una cantidad que se ajusta a las previsiones. Nada hay que ponga más nervioso al dinero que la incertidumbre, así que el inicio del mecanismo debería actuar como bálsamo para quienes señalaban insistentemente a nuestro sistema bancario y lo que escondía bajo las alfombras, como el causante de toda la desconfianza hacia nuestro país.

En Roma, Rajoy, Hollande, Merkel y Monti escenificaron el pasado viernes algo importante: hay voluntad política de los dos grandes de no dejar a la deriva a los periféricos, especialmente a España e Italia. Y ello a pesar de que la canciller alemana sigue resistiéndose a poner en marcha cada una de las propuestas que tanto Monti, como Rajoy, como Barroso y hasta Lagarde desde el FMI proponen como solución a la exasperante y aparente inflexibilidad de los mecanismos que sostienen al Euro.

El corresponsal de La Vanguardia en Berlín, Rafael Poch, contaba este domingo la frivolidad con la que medios empresariales alemanes están coqueteando con la idea de que a Alemania le puede ir mejor sin el euro, cuando los datos son tozudos. El mayor cliente de Alemania es Europa, y cuanto peor nos vaya peor le irá a las empresas y a los bancos alemanes, como se está reflejando ya en los últimos indicadores económicos.

El Consejo Europeo de este jueves y viernes puede resultar, esta vez sí, crucial. Y definitivo a la hora de marcar una nueva hoja de ruta que libere al euro de las dudas sobre su propia existencia. El hecho de que Merkel empiece a conjugar el verbo "crecer" no es ni mucho menos el final de los problemas, pero sí quizás la señal de que las cosas están cambiando. Variar el rumbo no debería ser tan difícil cuando todo el mundo te advierte a gritos de que si sigues por donde vas, te despeñas. La canciller no puede seguir haciendo oídos sordos al clamor.

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