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La noche, las calles... y por qué no la tele, son nuestras

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Siempre me ha encantado Operación Triunfo. Lo confieso. No me perdí una sola gala de la primera edición, me aprendí de memoria cada canción -aún puedo cantarlas todas- y sufrí muchísimo con la ruptura de Bisbal y Chenoa. Más aún, confieso también que hace unas semanas entré en los estudios de Cuatro porque iba a una tertulia, me encontré a Chenoa por el pasillo y tuve que controlarme para no darle un abrazo y pedirle un selfie. Luego me arrepentí de no haberlo hecho. Tampoco he dejado de ver ni una sola de las entregas del "reencuentro", he disfrutado volviendo a ver hacer pucheritos a Bustamante, enterándome de cómo le va la vida de cada cual, recordando las canciones... y se me rompió el corazón con la comentadísima "cobra".

En ese momento no caí en cuál era la relación, pero me recordó a otra imagen que vi en televisión hace ya años. Fue el momento en el que, tras la victoria de España contra Alemania en el Mundial de fútbol, Sara Carbonero, una de las periodistas que cubría el evento deportivo, entrevistó a Iker Casillas, portero de la selección española y, casualidades de la vida, pareja de la periodista en cuestión. Casillas, emocionado como estaba, decidió interrumpir unilateralmente la entrevista para besar a su novia, sin darse cuenta el pobrecillo de que delante de la cámara no era "su novia" sino una profesional haciendo su trabajo. A primera vista, estas dos escenas son la antítesis una de otra: una mujer siendo besada y otra siendo rechazada. Pero en realidad tienen mucho que ver: dos mujeres profesionales, ejerciendo su profesión, son automáticamente relegadas a su condición de mujeres -siempre en subordinación a un hombre que decide besarlas o no, y una sociedad que se cree con legitimidad para juzgarlo-. En el caso de Sara Carbonero, una mujer afortunada por tener un novio tan romántico, en el de Chenoa, una pobre fracasada que morirá sola porque ningún hombre la quiere.

No regalemos al patriarcado espacios que nos permiten dirigirnos a la mayoría de las mujeres y hombres y ponerles gafas violeta, demos la batalla también desde ellos.

Y sí, señoras y señores, no digo nada nuevo, sabemos que ésta es la imagen de las mujeres que nos regalan a quienes somos fans de OT o vemos el mundial de fútbol, que por cierto, me atrevería a decir que somos la mayoría de los hombres y mujeres de este país, mal que nos pese. ¿Qué hacemos entonces quienes nos consideramos feministas? ¿Nos enfadamos y apagamos la tele jurándonos no volver a verla nunca? Ojalá tuviéramos otra cultura televisiva que no hiciera de personas y sus sueños productos de usar y tirar, que no denigrase así a las mujeres y nos convirtiera en bonitos objetos o en fracasadas que dan mucha pena. No voy a negar que me genera terribles contradicciones ver OT o seguir el mundial en Telecinco. Pero el caso es que lo hago, el caso es que tenemos la cultura televisiva que tenemos, y mientras trabajamos para cambiarla, no podemos obviar o dar la espalda a toda esa gente que va a seguir viendo OT, Gran Hermano o Sálvame, aunque nosotras hayamos decidido apagar la tele.

Por eso me alegré el día en que leí un artículo de Jennifer Aniston diciendo que, por el momento, no tenía ninguna gana de ser madre, y que no, no era una fracasada cuarentona por no quererlo, era feliz. Por eso lloré de emoción con el discurso de Emma Watson en la ONU. Por eso canté y bailé como si no hubiera mañana el "Who runs the world? Girls!" de Beyoncé. Por eso me encantó escuchar el "derribemos el patriarcado" de Jill Soloway en un escenario, aunque fuera el de los Emmy. Y fui muy fan de Inma Cuesta cuando denunció los retoques de Photoshop en sus fotos. Porque, dentro del mínimo margen que tienen, nos ofrecen otra forma de ser mujeres, ni la dama en brazos de su príncipe azul futbolista ni la cuarentona rechazada.

Quienes queremos hacer política, sea en el formato que sea, tenemos la responsabilidad de dar la batalla por el sentido común, y tengo claro que ese sentido común tiene que ser feminista o no me representará. Pero para eso, nos guste más o menos, tendremos que ser feministas donde esté el sentido común imperante, donde podamos arrastrarlo, tirar de él y construir uno nuevo a partir del que existe. Quizás las feministas lo podríamos hacer aún mejor que Jennifer Aniston o Beyoncè, quizás nosotras podemos ir más allá, podemos ser más ambiciosas, podemos tirar un poco más del sentido común, estirar más la cuerda, arriesgar más y ser más transformadoras. Una política feminista tiene que ser ambiciosa, pero tiene también que ser verosímil. Y no podremos estirar el sentido común si no partimos de él, si no hacemos feminismo desde donde la gente está y desde donde la gente piensa y siente el mundo.

No regalemos al patriarcado espacios que nos permiten dirigirnos a la mayoría de las mujeres y hombres y ponerles gafas violeta, demos la batalla también desde ellos. Peleemos también en su terreno. Para que cada vez haya menos príncipes azules futbolistas y más mujeres profesionales y empoderadas. La noche, las calles... y por qué no la tele, son nuestras.