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Terremoto en Méjico: ahora ya sé qué es el miedo

20/09/2017 04:00 CEST | Actualizado 20/09/2017 14:57 CEST

ARMANDO MONROY /CUARTOSCURO.COM
Decenas de personas, entre cuerpos de rescate y sociedad en general, ayudan en las labores de rescate en Ciudad de México entre los escombros de edificios que colapsaron tras el fuerte sismo de 7.1. En la imagen, rescatistas sacan a una mujer en la calle de San Luis Potosí de la colonia Roma. 19 de septiembre de 2017.

Lo confieso: me asustó el sismo. Caminar a paso apresurado por los pasillos de mi trabajo mientras se iba la luz sí me hizo sentir insegura. Pero cuando salí del metro, al regresar a casa, ahí sí tuve miedo.

Llegué al andén del metro Miguel Ángel de Quevedo alrededor de las 3:30 pm, casi dos horas después del sismo. Estaba vacío. Dudé en quedarme, ¿qué tal que no hay servicio? Empezaba a maquilar ideas de cómo regresaría a casa cuando creí escuchar una alerta sísmica. Una señora, que no sé de dónde salió, me tomó del brazo: falsa alarma. Era una alerta ámber desde las pantallas del metro. "¿A quién se le ocurre eso ahora?", me dije.

Ya en el vagón, alguien grita: "Huele a quemado". Ya iban dos. Puros nervios colectivos que salieron caros: nos quedamos detenidos en un túnel como media hora. Y de ahí, estación en estación, minutos de espera... Me bajé estaciones antes y preferí caminar.

Gran error. A mi paso encontré lo que solo conocía de las películas y documentales. Gente llorando desesperada en las banquetas, que no se atrevía a regresar a su casa. No era para menos: las calles estaban llenas de vidrios, pedazos de ladrillos o cuerdas improvisadas con mecates y ropa, de por aquí no pase, que hay peligro.

Mientras avanzaba me encontraba con más y más caos. Cada tres edificios había alguno con daños. No podía creerlo.

Nelly Acosta
Nelly Acosta
Nelly Acosta

Lo peor estaba por llegar: el edificio derrumbado en la calle de Gabriel Mancera me hizo sentir en una zona de guerra. Saqué mi celular para tomar fotos; las manos me temblaban.

Una persona me pidió que le cuidara a su hija, necesitaba entrar a un edificio dañado para sacar sus cosas. Me vinieron a la mente infinidad de películas, ¿y si ya no regresaba? "Mejor las acompaño", le dije. No pasamos del primer piso: después del primer descanso de las escaleras ya no había pared... Se me hizo un hueco en el estómago.

Más adelante, otro edificio había perdido todo un lado: como si lo hubieran rebanado. Ya había autoridades ahí, los vecinos en las banquetas abrazando maletas. Todos se irían con familiares o vecinos, ahí ya no estaban seguros.

En todas partes alguien pedía ayuda. No había manera de negarme, aunque cada vez me alejara más de mi casa.

Yo quería caminar más rápido para llegar a casa pero era imposible: el eje 5 parecía la escena de una película, había tanta gente de un lado a otro que no se podía avanzar. Y en todas partes alguien pedía ayuda. No había manera de negarme, aunque cada vez me alejara más de mi casa.

Jamás he llamado a nadie en un temblor, asumo que no pasará nada, que ellos me contactarán, no hay que colapsar las líneas telefónicas, me digo. Ahora, lo que más deseaba, era llamar a mi mamá que vive en Villa Coapa, a unos pasos de las escuelas reportadas como destrozadas...

No sé cómo, pero después de casi 3 horas, llegué a casa, cuando el trayecto del metro a pie no me lleva más de 10 minutos.

No había daños: solo libros tirados por doquier. Ni luz ni internet ni nada. Mi celular prácticamente se había quedado sin pila.

Salí de nuevo: tenía que llamar a casa de mi mamá a como diera lugar.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.