Cada vez es más común, incluso entre las personas más informadas y formadas, afirmar que la UE no es democrática, en un salto cualitativo desde aquel "déficit democrático" que se atribuía hace años y con razón a la construcción europea. Considero que la política de austeridad ha fracasado, pero eso no me lleva a pensar que el Parlamento Europeo, el Consejo o la Comisión no tienen legitimidad democrática.
Los parlamentos, espacios de trabajo por excelencia de los representantes de los ciudadanos, se han convertido en verdaderas jaulas que impiden, tanto en un sentido como en otro, el acercamiento de los representantes con los representados. Si los ciudadanos no se pueden acercar a los políticos... ¿a quienes representamos?
Hace unas semanas nos sorprendió con unas declaraciones en las que afirmaba que los homosexuales deberían sentarse en el parlamento detrás de un muro. Parece mentira que un hombre que puso en juego su vida y pasó sus buenas temporadas en la cárcel por la democracia, tenga un sentido tan bastardo de ésta.
Hace unos días el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, salió con vehemencia en defensa del bipartidismo y el orden establecido. Y lo hizo para anunciar que si se hundía, España se convertiría en el paraíso de "partidos estrafalarios". Personalmente a mí lo que me parece estrafalario es un partido que paga a sus líderes en sobres; que lleva una contabilidad en B; que mantiene como ministros a personas sospechosas de estar en tramas corruptas. Yo creo que la ciudadanía lo que está reclamando a los partidos son: honradez, transparencia y democracia. Algo que en este momento está mucho más del lado de pequeños.
En la transición, el acceso a la democracia se puso por delante de cualquier otro objetivo. No fue un "cueste lo que cueste"; pero si costaba algo, se estaba dispuesto a pagarlo. Lo importante era el acceso a la democracia lo antes posible, pensando que, si bien ésta no solucionaba de un plumazo todos los problemas, era un instrumento adecuado para enfrentarse a ellos.
Contra lo que pensáis, sí podemos -y por supuesto debemos- obligaros a cambiar. No vamos a toleraros que confundáis responsabilidad de gobierno o de oposición con "tenemos un cortijo". Se acabó la era de la estética y llegó la de la ética, y esto no tiene vuelta atrás, mal que os pese. La transparencia ha llegado para quedarse.
En una situación tan compleja como la que vivimos es necesario que el poder judicial abra sus puertas a luz y taquígrafos, para dar ejemplo, y para revitalizar la confianza de los ciudadanos en valores democráticos esenciales, como la igualdad de todos ante la Ley. Ya no se trata sólo de derechos constitucionales, sino también de referentes éticos y morales.
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.
La dignidad que recita Lincoln en el filme se articula como la negación del poder de unos hombres sobre otros hombres, pero tal negación está afirmando su propio opuesto. El final de la guerra supuso para EEUU la metamorfosis definitiva del capitalismo feudal en capitalismo industrial, precipitando el triunfo del dinero como sustitutivo de la religión.
Nicolas Berggruen y Nathan Gardels defienden que es posible mejorar la gobernanza en este siglo XXI explorando lo mejor de los sistemas políticos de Oriente y Occidente. En un ensayo provocador, alertan sobre la perversión de las democracias liberales transformadas en democracias consumistas, que tienden a la gratificación inmediata y eclipsan el interés a largo plazo y el bien común.
La película, brillantemente fabricada, en ningún momento muestra interés ni por las motivaciones que han dado lugar al conflicto de fondo, ni por las consecuencias de lo narrado, evitando cualquier relación con una de las mayores crisis sociales y económicas que ha vivido Occidente desde hace décadas.
La fuerza del voto se ve cuestionada por el incumplimiento de los programas electorales o, peor aún, por hacer todo lo contrario de lo prometido en campaña. Pero las cosas podrían ser de otra manera si se introdujera un cambio tan sencillo como fundamental en el sistema: la elección por tercios cada dos años de los parlamentos.
Gente sin casa, casas sin gente. No se entiende, y si se entiende, peor. Afortunadamente, en este lúgubre paisaje hay luz: los Centros Sociales Okupados Autogestionados. Se fortalece el tejido social y las redes de apoyo mutuo, y se genera una bella simbiosis. El CSOA se acaba convirtiendo en un servicio esencial del barrio, y éste se empodera, despierta y eclosiona.